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Hablando con militares

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Andrés Caleca

Desde el mismo momento en el cual el General en Jefe José Antonio Páez es restituido en su cargo de Jefe Civil y Militar de la Provincia de Venezuela por la Cosiata, en contravía a las decisiones de Bogotá, Venezuela comienza a emerger como república independiente de Colombia bajo la égida de la fuerza militar, de sus prohombres y caudillos. Así fue y así sería a lo largo de nuestra atribulada historia hasta el día de hoy: primero, el Ejercito Libertador; luego los caudillos y sus montoneras, enfrentados entre sí o aliados en torno a un primus inter pares; hasta la llegada de los andinos y la creación del ejército nacional como guardia pretoriana del General Juan Vicente Gómez, de su séquito y su régimen. Solo un interregno no exento de tribulaciones, conspiraciones y retrocesos: la breve república civil de 1958 a 1998, la democracia centralizada de partidos, según la exacta caracterización del Prof. Carrera Damas, para regresar a las andadas por la vía electoral, después de fracasar en dos sangrientos golpes de Estado.

Ha sido el militarismo el hilo conductor, la “tradición” política, la realidad predominante de Venezuela. Con sus contradicciones, sus altos y sus bajos, sus corrientes reaccionarias y también, hay que decirlo, con ideas modernizadoras en algunos casos, la historia nuestra es la historia de los militares en el poder.

Hoy, además, ese predominio ha adquirido, como nunca antes –con excepción de los años en guerra- un carácter ecuménico. ¿Hay en Venezuela un gobierno civil con apoyo militar, o se trata más bien de un gobierno militar a cuya cabeza figura un civil? Los estudiosos y especialistas sobre militarismo en América Latina siguen haciéndose esa pregunta sin lograr una clara respuesta.

Los políticos venezolanos que se oponen al régimen chavista, rehúyen del tema como gallina que mira sal, a pesar de que ningún proyecto de futuro será viable, y ni siquiera sostenible, si este tema crucial no es abordado con realismo, serenidad y respeto.

Los militares también evitan la conversación. Alrededor de la institución militar se ha erigido un claustro impenetrable al cual solo tiene acceso, desde el mundo civil, el partido gobernante, con el cual la Fuerza Armada se confunde en ideología, narrativa y proselitismo político como nunca antes había ocurrido.

Pero esta conversación debe tenerse. Como no se puede sostener en privado, so pena de ser acusados de conspiración o cosas peores, no queda otra vía que hablar al viento, con la esperanza de que las palabras lleguen a los oídos a las cuales están dirigidos.

Pero antes, una precisión indispensable. La oposición en Venezuela es variopinta, diversa, plural y difícil de encasillar en una única definición; por lo tanto aclaro que las palabras que escribo, son a título personal, de un ciudadano sin militancia partidista que cree en la democracia como forma superior de gobierno; la democracia sin adjetivos: civil, con separación de poderes, pluralidad política, alternancia en el ejercicio del gobierno y bajo el imperio irrestricto e indiscutible del Estado de derecho. Con una lógica, una tradición y una formación inmersa en la lógica, la tradición y la cultura occidental, tal como lo fueron los padres de la República, desde Miranda hasta Bolívar, Roscio, Mendoza y el resto de nuestros particulares fundadores.

Aclarado esto, les digo que queremos, proponemos y aspiramos a refundar una república civil. En esa república, concebimos a la Fuerza Armada como una organización funcionalmente especializada en la defensa de la soberanía y la integridad territorial de la nación. Soñamos con un aparato militar bajo control de la autoridad democráticamente electa, leal a la Constitución y al gobierno en funciones, independientemente de la orientación política de este. Brazo armado de ciudadanos libres e iguales, a quienes les han concedido el privilegio, la confianza y los recursos para defenderlos en caso de agresión.

Aspiramos que estén enfocados en la tarea que les ha sido asignada; que alcancen en su ejercicio el más alto nivel de destreza profesional posible; que los mandos militares sean los mejores, los más capacitados mental y físicamente, de entre un cuerpo general también de alta calificación; dotados de los medios, la tecnología, los recursos adecuados para cumplir cabalmente con el resguardo del territorio, del espacio aéreo y de la plataforma marítima que nos corresponde.

Pensamos, respetuosamente, que cualquier extensión generalizada, permanente y estructural de ese rol fundamental, entorpece la misión para la cual existen y, en consecuencia, pone en peligro a la nación entera.

Creemos que la crisis del Estado y del gobierno, no debía y no debe resolverse por la vía de la militarización de la sociedad, como no se ha resuelto efectivamente, sino por la reconstrucción de la sociedad civil, de sus partidos, sus instituciones y el derecho.

Creemos en una fuerza armada cuyos componentes centren su fortaleza en la excelencia funcional y operacional; en las inversiones directas y también en la inspección altamente calificada, de una industria armamentista nacional con el nivel adecuado a nuestras necesidades; con las más altas cotas posibles y necesarias en el nivel tecnológico, eficiencia y confiabilidad en la inteligencia y contrainteligencia militar; con equipos, dotación e infraestructura suficientes para cubrir el extenso territorio y con personal con capacidad, formación, entrenamiento, moral y excelencia para competir y combatir con éxito.

No concebimos a la Fuerza Armada como una fuerza de ocupación, sino de defensa y en consecuencia creemos más en la calidad que en la cantidad.

Como demócratas sabemos que la experiencia histórica, la nuestra y la universal, confirma que la expansión del rol de la Fuerza Armada, bien sea para utilizarla como guardia pretoriana, bien sea para el proselitismo o la persecución política interna, o incluso, para que asuma, más allá de ayudas puntuales y claramente delimitadas, la asistencia para el desarrollo, conduce indefectiblemente a erosionar la democracia y a cimentar el autoritarismo. No queremos una Fuerza Armada como sustituta de la burocracia del Estado y del gobierno. La queremos brillando, destacándose como una de las mejores en nuestro contexto, orgullo de todos los venezolanos y no de un grupo, una oligarquía o una parcialidad política o ideológica determinada.

Así pensamos, sin ser especialistas en la materia y sé que muchos piensan de otra manera en el marco de una concepción diametralmente opuesta. Pero aquí estamos todos y tendremos que hablar… pues hablemos. Y parafraseando a Don Bosco, hablemos con respeto a todos y sin miedo a ninguno.

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