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El populismo, una respuesta simple

Tomada de mcn.org.gt

Nelly Arenas

‘’Algo huele a rancio en el reino de la política” es la primera oración que se lee en el conocido texto de Fernando Vallespín El futuro de la política. Publicado en el año 2000, el politólogo español afirma la tesis de un cambio profundo de la política expresándose este en una ‘’crisis del Estado en su capacidad de dirección y de integración normativa y simbólica así como en un cansancio y desorientación de la política democrática misma”.

Mas allá de la reflexión politológica propiamente,  las ciencias sociales en general, advertían antes del fin  del milenio,  sobre hondas transformaciones en la sociedad planetaria que afectaban definitivamente las dinámicas sobre las cuales la misma transcurría desde hacía siglos.

Huelga hablar en extenso aquí de la  globalización y sus efectos. Baste recordar que esta amplió como nunca antes los intercambios de todo género homogeneizando la economía, sobre todo en su trama financiera. Ello, gracias a la descomunal revolución tecnológica operada en las comunicaciones, las cuales se exacerbaron a ritmos insospechados hasta ese momento. La palabra Internet, por sí sola, lo dice todo.  La McDonalización del mundo se convirtió en la imagen más socorrida para representar la uniformidad cultural, cuya magnitud y alcance no tenía precedentes. Organismos supraestatales como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea, adquirieron enorme relevancia. Esto se tradujo en una pérdida de soberanía de los Estados nacionales incontestada hasta ese momento.  Se resquebrajaba así el orden de Westfalia montado desde el siglo XVII sobre el reconocimiento a la soberanía de los Estados nacionales en Europa.  “Un mundo desbocado” fue la frase  que el sociólogo inglés Anthony Giddens utilizó para dar cuenta del vértigo que se apropiaba de la vida de cada uno de nosotros.

Son estas las coordenadas más gruesas en las cuales encajaron distintos fenómenos sociopolíticos. En este sentido pueden nombrarse:  una  profunda fragmentación social que desvaneció el sistema de clases (obrera, empresarial, campesina) estructuralmente diferenciado como lo conocíamos; el desdibujamiento de los referentes ideológicos tradicionales  izquierda y derecha, estimulado por la caída del orden comunista; la profundización de la crisis del estado de bienestar forjado a la sombra de la socialdemocracia en la posguerra; la intensificación del fenómeno migratorio y una conexión intercultural sin precedentes en su velocidad y alcance.

El universo de las tradiciones comenzó a resentirse sin excluir el de las religiones. El sistema de vida de millones de seres humanos perdió estabilidad y soporte. Diversas culturas se sintieron amenazadas lo que despertó movimientos fundamentalistas. La llama de los nacionalismos, nunca apagada totalmente, volvió a encenderse. 

Con la mundialización, las economías domésticas cayeron en cuenta de su debilidad y la de sus gobiernos para tomar decisiones con la relativa autonomía acostumbrada. Las posibilidades de generar empleo disminuyeron al tiempo que la vorágine tecnológica encabezada por la robótica mermó la generación de empleo en las unidades industriales ahora sujetas a nuevos modelos de operación y de gestión, cuando no desaparecidas. El desempleo y la falta de oportunidades en los distintos países fue asimilada subjetivamente por los trabajadores como consecuencia de la mano de obra barata aportada por las migraciones.

En este contexto emergieron liderazgos populistas de distinto signo, tanto en Europa como en América Latina, laboratorio por antonomasia de este tipo de gobiernos.  En Europa reivindicando la soberanía menoscabada por la integración a la UE, así como la defensa de las identidades nacionales percibidas en jaque gracias al intercambio vertiginoso con otras culturas. Tanto el ataque a las torres gemelas, así como la crisis financiera de 2008 potenciaron el  miedo y desolación  de los ciudadanos de ese continente.

A finales del siglo XX el término populismo comenzó a hacerse familiar en el discurso cotidiano. Tanto para calificar sujetos políticos de tendencia derechista en Europa, como el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen en Francia, o la organización Forza Italia de Silvio Berlusconi en Italia, el populismo como concepto pretendió dar cuenta de estos movimientos  los cuales se posicionaron políticamente con un discurso xenofóbico y de reivindicación nacionalista.

No exactamente por idénticas razones que en Europa, en América Latina, liderazgos mesiánicos como el de Menem, Fujimori o Chávez, en la perspectiva de lo que Sergio Zermeño acuñó como “el regreso del líder”, inauguraron una etapa en el estilo de gobierno tan personalista como lo fueron otrora los de Juan Domingo Perón o Getulio Vargas.

Todos estos líderes apelaron al pueblo como si el mismo formara un monolito, libre de fisuras, aviniendo imaginariamente lo fragmentado; enfrentaron  simbólicamente a un enemigo irreconciliable, bien el imperialismo, la oligarquía o los corruptos y,  ofrecieron restaurar  la soberanía  popular por la vía de una democracia directa, sin mediaciones partidistas.  

De este modo, los cambios profundos que se estaban produciendo recibían respuestas instintivas, simples, por parte del   liderazgo populista  escapando así  de “la carga que impone la historia” como diría  Donald Mac Rae.  El mundo, que exigía fórmulas políticas novedosas y de vigor para enfrentar los desafíos que la nueva realidad comportaba, comenzó a ser interpelado con un discurso  vacío y polarizador. Desalojar del poder a las elites con el fin de conquistar la  emancipación de la sociedad, se convirtió en la promesa mayor.

Este  discurso no se ha evaporado en las dos décadas que van del siglo XXI  por más que las complejas circunstancias lo demanden. Todo lo contrario, sigue refugiándose en la vacuidad y la confrontación, extendiéndose y ganando apoyos a lo largo del planeta. Al  punto de que, una de las sociedades en donde teóricamente era menos probable  su concreción, los Estados Unidos,  el acceso a la presidencia y el calado social  y político de un líder extremadamente elemental como Donald Trump, sigue sorprendiéndonos.  

Referencias bibliográficas

Giddens, Anthony (1999) Un mundo desbocado EDic. Taurus, Madrid.

Mac Rae, Donald (1969) “El populismo como ideología” en Ghita Ionescu y Ernest Gellner, comp., Populismo. Sus significados y características nacionales, edic. Amorrortu, Buenos Aires.

Vallespín, Fernando (2000) El futuro de la política Edic. Taurus, Madrid.

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