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Decisiones sin soluciones

Alonso Moleiro

El decepcionante desempeño de la oposición venezolana en este tiempo no se expresa, precisamente, en la anunciada disolución del llamado gobierno interino. Algunos de los argumentos expresados en torno a la obsolescencia de esta instancia, sus falencias, y su verdadera utilidad ante el cambio de circunstancias políticas que vivimos, lucen bastante razonables, y al menos tendrían que ser discutidos.

Mucho más grave es constatar los tejidos rotos, las acusaciones mutuas, la ausencia de compañerismo, la desconfianza sembrada, los vicios administrativos, la complicidad partidista, la total incapacidad para trazarse horizontes estratégicos compartidos actuando con corresponsabilidad. Los mismos motivos que han concurrido en fracasos anteriores.

La suma de parcialidades y egos de la oposición venezolana no logra ensamblar un cuerpo político responsable y eficaz. No está a la altura del problema. Un hipotético gobierno de la Unidad Democrática en Miraflores, con el chavismo en la acera opositora, no pasaría de los seis meses en el poder con el desempeño observado en los últimos meses.

Las insuficiencias del sector político venezolano, y los perniciosos efectos de sus aproximaciones sectarias y sesgadas, tocada por los intereses personales, sin visión de conjunto, se alojan y se reproducen en la sociedad civil, y sus consecuencias se expresan con asombrosa virulencia en las redes sociales. En este maridaje está escrita la historia de nuestro fracaso.

El resultado final de este coctel lo tenemos a la vista: una nación incapaz de dosificar sus esfuerzos ni de retener haberes o victorias parciales; de hacer respetar sus disposiciones institucionales; de construir narrativas afirmativas sobre los esfuerzos que hace. Un país en eterno recomienzo, especializado en crucificar a sus ídolos, que no logra salir del estado adolescente. Una sociedad que, personificada, no pasa de ser un muchacho de 17 años de edad.

Se abusa de aproximaciones tendenciosas; se hace lo necesario por restarle autoridad a las decisiones políticas; a veces da la impresión que, inhibidos de hacer señalamientos a los verdaderos responsables de esta tragedia por temor a las consecuencias, algunos actores parecen haber escogido intrigar puertas adentro para poder justificar su propia existencia.

El gobierno interino pudo haber entrado en la mesa de negociaciones políticas en México, ofrecido como instrumento a cambio del fortalecimiento de un acuerdo de garantías para concurrir a unos comicios presidenciales pacíficos, justos y decentes, que es finalmente el planteamiento medular que se le ha hecho al chavismo en este tiempo. Haberlo sacrificado anticipadamente deja a la conducción política democrática sin sujeto, sin cartuchos para la operación política, potencialmente debilitada ante el careo con el chavismo en México.  

Suma la oposición venezolana otro fracaso en su agónica lucha por trascender la hegemonía chavista, y se cierra con esta historia uno de sus capítulos más controvertidos, que más ilusiones y desencantos ha despertado en la gente. La historia se encargará de poner las cosas en su lugar, por encima de las supercherías, como ya le va sucediendo a Carlos Andrés Pérez.

La pasantía por el gobierno interino de parte de algunos gerentes públicos calificados constituyó, en no pocas ocasiones, una amarga experiencia, en la cual no fue posible sobrepasar el estado general de sospecha; sobrevivir en la picaresca de la corrupción; dejar de lidiar con las insuficiencias culturales del recurso humano nacional; y en la que fue necesario alinearse en bandos partidistas.

 Esta es una realidad que sobrepasa con mucho la voluntad de Juan Guaidó –atado, como se sabe, a las decisiones del parlamento opositor- y que interpela directamente a los partidos del g-4, los fiadores de todo este tinglado, creadores de la dinámica vigente, administradores de los activos internacionales; responsables últimos de esta maqueta de gestión.

Es cierto que el gobierno interino terminó su ciclo sin haber cumplido su mandato estratégico, esto es, regresar al país a la zona del Estado de derecho y la legalidad democrática, con lo cual habría que consignar su fracaso. Juan Guaidó pasó demasiado tiempo prometiendo un horizonte infuso, amoblado con consignas, para el cual no tenía herramientas disponibles.  Se ha hablado de manera reiterada de fallas comunicacionales, de salidas peregrinas, de atajos extra-políticos inconsultos que han fortalecido el arraigo autocrático del gobierno de Nicolás Maduro.

También es verdad que la irrupción de Juan Guaidó desde la Presidencia de la Asamblea Nacional de 2015 logró movilizar, en una misma dirección, como nunca antes, a millones de personas, dentro del país y fuera de él, que el relato de la disidencia antichavista pudo finalmente ser comprendido en foros internacionales y espacios noticiosos, y que ese asedio tuvo sus consecuencias: la más importante de todas, la cristalización de las denuncias sobre la corrupción desbordada, la crisis humanitaria y las violaciones a los derechos humanos que se registran en Venezuela, la atención prestada al respecto en la OEA y Naciones Unidas, y la definitiva caracterización del régimen político chavista como una dictadura.

El mensaje del país democrático llegó entonces más lejos que nunca. El fracaso de la intentona del 30 de abril consolidó las rupturas e hirió de muerte cualquier esfuerzo de regresar a la democracia.

Nada de esto supo reconocerse, poco pudo retenerse, aun siendo necesario correctivos. Desde la mezquindad y la mediocridad, ciertas graderías, empeñada en agradar al poder político que usurpa funciones, se empeñaron en alterar el orden de prioridades al momento de ejercer la crítica, en considerar al chavismo como un supuesto natural mientras se desprecian los esfuerzos para trascender sus efectos inhibidores de la alternabilidad republicana.

Hoy la Plataforma Unitaria centra sus esfuerzos en las elecciones primarias, reenfocados sus objetivos electorales ahora que entramos en una nueva etapa de la política local, mientras las conversaciones con Maduro avanzan, y con cierta regularidad se complacen sus peticiones en México.

El esfuerzo por convocar a la población a una consulta para escoger un liderazgo unificado y legitimado tendrá ante sí un intrincado camino en el cual están sembradas todas las tentativas del fracaso, algunas promovidas por el chavismo y otras por la felonía oportunista del tradicional fuego amigo.Muy poco podrá hacer este hipotético abanderado para trascender el marco autocrático actual si a sus espaldas se crean leyendas, si los derrotados se niegan a hacer campaña, si se sabotea su mensaje, se intriga para urdir nuevas conjuras, se trabaja pare que fracase y se maniobra para restarle coherencia gracias a la envidia y las ambiciones desmedidas.

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