Opinión y análisis

Postgrados express

Tulio Ramírez

Uno de los indicadores a tomar en cuenta para valorar la posición de las universidades en los rankings internacionales, es el número de profesores con el título de maestría y doctorado. Si bien es cierto que tales rankings han sido severamente cuestionados, también lo es el que muchos de los indicadores, tomados aisladamente, siempre han servido para distinguir la calidad de las instituciones universitarias, por lo que las mismas se han preocupado por hacer lo conducente para fortalecerse en ese campo.

De hecho, y tomo el caso venezolano como referencia, las universidades nacionales y autónomas, obedeciendo un mandato de ley y conscientes de que la formación de su personal docente y el desarrollo de la investigación son factores importantes para el crecimiento de  la academia, crearon estructuras de financiamiento para estos rubros. Son los llamados Consejos de Desarrollo Científico y Humanístico o sus equivalentes,  los entes encargados de administrar los recursos destinados a investigación y formación de los profesores.

Afortunadamente el legislador de la ley de universidades tomó esta previsión, entendiendo que la misión de la universidad no está solo centrada en la profesionalización de los estudiantes, sino también en la producción de conocimientos y tecnologías. Para lograr esto, hay que contar con un talento humano formado con los más altos estándares académicos, capaz de transferir sus conocimientos no solo en el aula, sino también en los procesos de investigación e innovación.

Esta política de formación de talento hizo posible que los profesores universitarios pudiesen formarse en estudios de cuarto nivel en las mejores universidades del mundo. Así, se creó una masa crítica que hizo posible que se desarrollara la investigación en todas las áreas del conocimiento en nuestras universidades. Esta política hizo que Venezuela alcanzara para finales de la década de los 90, el 5to puesto como mayor productora de artículos científicos en la región, solo superada por Brasil, México, Argentina y Chile.

Otras iniciativas complementaron esta política. El Programa de Becas Gran Mariscal de Ayacucho, ideado durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, extendió el beneficio, hasta ese momento disfrutado por los profesores universitarios, a profesionales talentosos que se desempañaban en otras áreas laborales.

Al regresar al país, estos profesionales se desempeñaron con alta calidad en empresas estatales como la petrolera y otras empresas públicas, potenciando la calidad del servicio para todos los venezolanos.

Por supuesto, estos programas de formación fueron posibles gracias a los recursos obtenidos por la venta del petróleo y a una empresa altamente eficiente y productiva como PDVSA. Por lo menos en este campo, se hizo realidad aquella recomendación esbozada por Don Arturo Uslar Pietri, sobre la necesidad de “sembrar el petróleo”. 

Hoy las cosas han cambiado ostensiblemente. La debacle de la industria petrolera venezolana ha hecho que los recursos por la venta del crudo hayan disminuido de manera importante.

Las razones de esta catástrofe son harto conocidas. La inexperiencia de un tren gerencial recién llegado a la industria, el despido de los trabajadores mejor formados en materia petrolera, la disminución de la producción por la falta de mantenimiento de las instalaciones, la corrupción generalizada y el regalo de buena parte de la producción a países políticamente afines, han impedido que el país goce de una renta que le permitía financiar programas como los arriba señalados.

La consecuencia de tal debacle está a la vista. Buena parte de los profesores universitarios más productivos en términos de investigación escogieron atender ofertas de trabajo en la región y en el mundo que les garantizaran medios dignos de subsistencia.

Las universidades nacionales y autónomas, otrora productoras del 80% de las publicaciones científicas en el país, por falta de recursos han visto cerrar sus laboratorios, centros de investigación así como las membresías a importantes bases de datos. Los Consejos de Desarrollo Científico y Humanístico, se convirtieron en cascarones vacíos por la imposibilidad de financiar investigaciones, publicaciones y formación del talento profesoral.

La consecuencia directa se observa en los rankings mundiales. Las universidades venezolanas han bajado en sus posiciones, y en términos de producción científica, para 2022, nuestro país no aparece entre los 10 primeros de la región en producción de artículos científicos. Ya no estamos por debajo de los gigantes históricos productores de papers. Ahora también nos supera Colombia, Ecuador, Perú, Uruguay, Cuba y Costa Rica. Ni hablar en materia de patentes.

Algunas universidades venezolanas, ante la imposibilidad de enviar a sus profesores a formarse en las mejores universidades del mundo, han desarrollado programas de postgrados para atender a la demanda. Esto, en sí mismo, no es malo, por el contrario, es una respuesta ante la crisis que se está viviendo. El problema surge cuando se crean programas de baja calidad académica.

En vez de resolver el problema lo agrava. En los últimos años han surgido una cantidad de postgrados de dudosa calidad por la poca o nula exigencia a sus cursantes. Se está inundando a las disciplinas  de “postgraduados” que no escriben artículos ni libros, no participan en congresos, no producen patentes o innovaciones, ni mejoran su práctica profesional. La razón, no han desarrollado las competencias requeridas para ello.

El aspirante a cursar un postgrado debe indagar exhaustivamente las características de la oferta. Sobre todo si se trata de instituciones que no tienen tradición en la formación de postgraduados. No solo hay que verificar la calidad del tren profesoral sino los diseños curriculares de sus programas académicos así como la empleabilidad de sus egresados.

Hay muchas razones que explican esta proliferación de postgrados express y de baja calidad.  Los postgrados “fáciles” son siempre una fuente de financiamiento segura y continuada. Esta lógica mercantil se ha infiltrado de manera perversa en algunas instituciones de educación superior. Otro caso, es el de algunas universidades de nuevo cuño que por razones ideológicas bajan las exigencias académicas por considerar que es “resabio de una educación elitista y burguesa que caracterizó a la IV República”.

De seguir las cosas como van, pronto  nos presentaremos ante el mundo como uno de los países con más “postgraduados” por habitante y, paradójicamente, con la más baja producción científica y el más alto consumo de tecnología foránea.

La comunidad académica venezolana está mostrando preocupación por el supuesto otorgamiento de Títulos de Doctor por la sola acreditación de experiencia y sin presentación y defensa de Tesis Doctorales. Ojalá sean solo rumores.

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