
Tomada de Tal Cual
Nelly Arenas 09.09.25
Al igual que el populismo, el término autoritarismo se ha extendido notablemente no solo en el lenguaje académico sino en el habla común. Tiene que ver esto con la proliferación, en las últimas décadas, de gobiernos en el planeta que se alejan ostensiblemente de las formas democráticas. Si en el pasado, a estos tipos de gobierno se les arropaba con el calificativo de dictaduras, en el presente, es el autoritarismo el que está cumpliendo esa función.
Como concepto, el autoritarismo es relativamente nuevo en el dominio de las ciencias políticas. El mismo vino de la mano del sociólogo Juan Linz quien, en los años sesenta del siglo pasado, lo acuñó para dar cuenta del franquismo, distinguiéndolo de otras experiencias despóticas del poder político como el fascismo italiano y el nazismo alemán. El caso español constituía igualmente una experiencia no democrática, pero distinta a su vez. De este modo, por ejemplo, mientras que en el totalitarismo la frontera entre el Estado y la sociedad civil, así como entre lo público y lo privado, se disuelven, en el autoritarismo no se produce esta fusión y, tanto la sociedad civil como la vida privada, mantienen parte de su autonomía. Establecer esa distinción era necesario. Es este el mérito de Linz para quien un régimen autoritario es un tipo de sistema político suigéneris y no una forma compuesta de totalitarismo y democracia. De acuerdo con este autor, lo significativo en cuanto a los criterios que permiten diferenciar a los regímenes autoritarios de los totalitarismos y de la democracia, es la forma de ejercer el poder, las maneras de organizar los sistemas de creencias y de valores, la conexión del poder estatal con la esfera social, así como la asignación de roles a la población en el proceso político. Tres son las dimensiones centrales del autoritarismo: pluralismo limitado, despolitización o participación limitada y mentalidades.
En el contraste que hace Linz entre regímenes no democráticos, es de principal importancia el pluralismo limitado, lo cual denota que hay más de un actor de élite que es influyente para el régimen. El pluralismo limitado es la característica fundamental de los autoritarismos. El apelativo limitado indica la presencia de control y opresión por parte de quienes ejercen el gobierno. Es esto lo que permite demarcarlos de las democracias liberales cuyo pluralismo es ilimitado por principio, pero también de los totalitarismos los cuales se distinguen por su monismo, esto es, por la concentración del poder en una sola entidad (el partido, por ejemplo) o individuo. El pluralismo limitado se refiere a los actores que son decisivos para sostener al régimen, los cuales no son políticamente responsables al no reconocer la independencia de los actores de la comunidad política ajenos al régimen. El concepto de pluralismo limitado se engarza con el de coalición dominante. Este alude a los actores, institucionales o no, que componen la alianza que le brinda estabilidad a un autoritarismo en concreto.
En las etapas en las que el autoritarismo goza de mayor solidez, la política de los gobernantes será la de desalojar a la sociedad civil del territorio de lo político. Para alcanzar este objetivo, será preciso contar con eficaces aparatos represivos capaces de garantizar la desmovilización de la sociedad.
En los autoritarismos las elecciones no tienen significado real y no se caracterizan por una genuina competitividad. Si el pluralismo presupone el hecho de que ningún actor pueda ser dueño exclusivo de todos los recursos de poder, puede entenderse, en consecuencia, cómo en esta clase de regímenes se ha diseñado también un espacio objetivo para los factores opositores. De allí que pueda ser conveniente consentir un cierto grado de oposición o mantener una pseudo-oposición que brinde un “barniz liberal” al régimen autoritario, como llama la atención Leonardo Morlino (1995), estudioso de la obra de Linz.
Con relación a la justificación ideológica de los autoritarismos en busca de su legitimación, Linz sostiene que es más adecuado hablar de mentalidades que de ideologías. Estas últimas tienen contornos claros y están sistematizadas, mientras que las mentalidades funcionan de manera amorfa. Valores generales y ambiguos como el patriotismo, el nacionalismo o el orden, permiten a los dirigentes de los regímenes autoritarios, una orientación más pragmática en la formulación política. Esto les posibilita establecer acuerdos entre distintos actores con diferentes visiones e intereses. Por consiguiente, no hay en este tipo de regímenes elaboraciones ideológicas articuladas y complejas que les sirvan de justificación y de sostén, como sí las hay en los sistemas totalitarios.
El concepto de autoritarismo no se restringió solo al estudio de este género político en Europa. El mismo encontró asiento en América Latina donde comenzó a ser usado por los académicos para dar cuenta de las formas súbitas de acceso al poder que, entre los años sesenta y setenta principalmente, ocurrieron en la región. Fueron estos los casos de Brasil en 1964, así como de Argentina en 1966, países en los cuales se instalaron sendas dictaduras militares mediante golpes de Estado. La seguidilla de este tipo de asaltos al poder perpetrados por las fuerzas armadas en los países del Cono Sur, despertó la necesidad intelectual de comprender esta clase de regímenes. El concepto de Estado Burocrático Autoritario (EBA) creado por Guillermo O’ Donnell, vino a saldar esa necesidad. Dicho concepto combina la autoridad burocrática con la opresión política. En los EBA, una elite militar concentró el poder limitando severamente la participación de la sociedad civil y reprimiendo a las oposiciones. A pesar de que no todos los EBA expiraron al mismo tiempo, lo cierto es que, a mediados de los noventa, la mayoría de los países que padecieron estos regímenes, habían hecho su transición a la democracia. Es el caso de Republica Dominicana (1978), Perú (1980), Bolivia (1982), Guatemala, Brasil y Uruguay (1985), Chile (1990) entre otros. De manera que la década de los ochenta estuvo signada por un gran optimismo democrático. Lo que estaba aconteciendo en la región, efectivamente, se encadenaba con una ola democratizadora global. Esa ola, no obstante, fue acompañada de advertencias sobre una eventual regresión autoritaria, como nos recuerda Andreas Schedler (2006). En la década de los noventa, y la de los dos mil, se confirmaría esa presunción cuando en algunos países de América Latina emergieron liderazgos de este corte, con las particularidades respectivas. Alberto Fujimori en Perú (1996), Hugo Chávez en Venezuela (1999), Daniel Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador (2006), son sus más notables ejemplos. Tales líderes fundaron gobiernos con fuerte concentración personal del poder y desprecio por las instituciones de la democracia liberal. La diferencia sustancial con los autoritarismos precedentes, radicó en su legitimación electoral. De este modo, la categoría de autoritarismo competitivo vio la luz en el campo de las ciencias políticas para nominar a esta clase de gobiernos. El autoritarismo competitivo es un tipo de régimen híbrido que integra elementos de democracia y autoritarismo. Se trata, como apunta Claudia Lesgart (2020), de una democracia entendida como producto de un gobierno elegido por el pueblo, a través de elecciones abiertas, competitivas, no siempre libres, ni limpias, pero en donde el ingrediente del Estado de derecho, la separación de poderes, y las libertades individuales, estarían diezmadas. Según Schedler, los regímenes autoritarios electorales juegan el juego de elecciones multipartidistas celebrando comicios regulares para el jefe del Ejecutivo y para la Asamblea Nacional. Sin embargo, violan los principios de libertad y justicia tan profunda y sistemáticamente como para convertir las elecciones en un instrumento de gobierno autoritario más que en uno de democracia. Los autoritarismos competitivos, en síntesis, son producto del sufragio a partir del cual procuran legitimarse. Con ello queda claro que, en estos tiempos, no necesariamente los regímenes autoritarios se instalan a punta de balas, como en la América Latina del pasado.
A partir de la noción de autoritarismo competitivo nuevas combinaciones se generaron sobre la base de esa matriz de análisis. Con frecuencia, hemos oído hablar de autoritarismo hegemónico o de autoritarismo cerrado. Ambos conceptos caracterizan las derivas cada vez más radicalizadas de los autoritarismos competitivos cuando los mismos son ya incapaces de sostenerse en el poder gracias al voto de los ciudadanos.
Finalmente, como nos advierte el propio Linz, las características que tipifican al régimen autoritario son abstracciones y de ninguna manera réplicas exactas de la realidad. La importancia del concepto propuesto por este académico excepcional, es la de mostrar en qué consiste este tipo de regímenes así como la significación que el mismo ha tenido para diferenciar distintos sistemas políticos no democráticos. No resulta en vano hacer tales distinciones si se pretende un conocimiento de estas formas políticas, con más alto grado de rigor y mayor poder explicativo.
Bibliografía
G A. O’ Donnell (1972) Modernización y autoritarismo, ediciones Paidós, Buenos Aires, 1972
Lesgart, Cecilia (2020) “Autoritarismo. Historia y problemas de un concepto contemporáneo fundamental”. Perfiles Latinoamericanos vol. 28, num. 55 enero-junio.
Linz, Juan José (s.f) El régimen autoritario. Biblioteca jurídica virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM
Morlino, Leonardo (1995) “Los autoritarismos” en Pasquino, Bartolini y otros Manual de Ciencia Política, ediciones Alianza Universidad Textos. Madrid.
Schedler, Andreas (2006) Electoral Authoritariam. The Dynamics of unfree competition, Lynne Rienner Publisher, Colorado.
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