Opinión y análisis

Dinámica democrática y resiliencia estratégica

Tomada de Monitoreamos

José Castrillo (*)

 La democracia es el paradigma de régimen político que, en términos teóricos, es el más apreciado y deseable, pero a su vez es el más complejo de gestionar, debido a su naturaleza política intrínseca, de buscar mínimos consensos dentro de la sociedad y sus representantes políticos.

El poder está distribuido en la democracia y, por tanto, el proceso de tomar decisiones es más lento y procedimental, porque los actores que ejercen el poder, que es limitado, deben buscar dialogar, negociar y convencer para lograr acuerdos y apoyos. Generalmente, ello implica más tiempo y ceder posturas maximalistas sobre cómo abordar un problema y formular la política pública para enfrentarlo.

Hoy, sin embargo, un fantasma recorre el mundo político, la pérdida de legitimidad o apoyo a este régimen político. La democracia como forma de gobierno está perdiendo respaldo popular, cuando revisamos estudios de opinión al respecto, como los resultados de la encuesta 2023 de la empresa Latinobarómetro, se indica que sólo el 28% de los ciudadanos están satisfechos con la democracia en América Latina.

Este dato es una señal de alerta para los políticos profesionales como para los ciudadanos, que hemos apostado a esta forma de gobierno. Hay un desencanto generalizado que es producto de la interacción de un conjunto de variables políticas, económicas y sociales. Este desengaño se expresa en el bajo apoyo, en términos valorativo, a la democracia como fórmula política, la indiferencia respecto al tipo de régimen político (sólo me interesa que resuelva los problemas) y una disposición o preferencia a favor de fórmulas autoritarias (caso Bukele y su política de seguridad en El Salvador).

Esta realidad de desapego o desencanto político por la democracia –formula imperfecta, pero la menos mala de las conocidas en la praxis política de la humanidad- es producto del aumento de la complejidad social del mundo contemporáneo: hay más demandas, más necesidades, más problemas, en un contexto que está cambiando aceleradamente, y los sistemas políticos (democracias) no han podido gestionar el ejercicio del poder en ese contexto, turbulento, conflictivo y de incertidumbre.

El desapego valorativo por la democracia tiene como causas subyacentes los personalismos, la debilidad de los partidos políticos, la corrupción en el ejercicio del poder público, el aumento de la desigualdad, en un entorno de abundancia material, sin parangón, y el bajo desempeño de los gobiernos para enfrentar en forma eficaz y eficiente los viejos y nuevos problemas que afectan a los ciudadanos, como la provisión de servicios públicos, seguridad social y oportunidades económicas para los jóvenes.

Las democracias deben, por todo lo antes descrito, revisar su marco de referencia política y de gestión para enfrentar de forma eficaz estos problemas y los desafíos que significan para su sostenibilidad en el tiempo.  Como sistemas, deben tener la resiliencia estratégica (capacidad de adaptarse) manteniéndose firmes y mejorar sus formas de actuar en ese nuevo mundo turbulento.

Ello pasa por formar los cuadros políticos de los partidos políticos, ampliar la agenda de problemas que han de ser procesado por el poder público, abrir diálogos con todos los sectores de la sociedad, mantener una actitud para la negociación y buscar fórmulas de consensos para enfrentar los problemas no resueltos, que generan desesperanza y la desafección por la democracia. Esto se alcanzará, efectivamente, si el liderazgo político en este contexto cambiante, mantiene su valentía y el carácter:  la valentía para elegir una dirección o política entre diversas opciones difíciles y complejas, y el carácter para mantener la decisión tomada, en función del bien común, y cuyos resultados, sean positivos o negativos, en el momento de la elección no están claros. Hay una crisis de liderazgo político, hay una carencia de estadistas que piensen en el bien común y en el largo plazo, sin perder la necesidad de gestionar el presente y el futuro a corto plazo.

 La noción de bien común y de servicio público debe orientar las ejecutorias de las elites políticas (políticos y burócratas que forman el aparato del poder público), para poder reconectarse con los ciudadanos. Sabemos que en un contexto de incertidumbre y de alta polarización política y social, lograr ese objetivo no será fácil, pero no podemos dejar que el menos malo de todos los sistemas políticos, decaiga y de paso a fórmulas autocráticas o tecnocráticas para ejercer el poder político.

Los profundos cambios que experimentamos en todos los ámbitos de la vida colectiva, generan miedos y un nivel de incertidumbre que deben ser gestionado en forma inteligente por los sistemas políticos democráticos, para evitar que las terribles simplificaciones explicativas terminen de fracturar el pacto social democrático.

La democracia con su dinámica de poder, debe poseer la suficiente resiliencia estratégica para navegar los mares turbulentos del mundo actual y sobreponerse a los desafíos inherentes a los cambios tectónicos que la humanidad, como comunidad imaginada, experimenta.

(*) Politólogo / Magister en Planificación del Desarrollo Global.

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