Opinión y análisis

La gestión de la desinformación en la sociedad digital

Tomada de Transparencia Venezuela

José G Castrillo M (*)

El uso de la información y su manipulación ha sido una constante a lo largo de la historia política, económica y social de la humanidad.  El conocimiento es poder y la información que se deriva de él, es fundamental para conservarlo o ampliarlo.

En la actualidad, el uso de la información es una de las mayores preocupaciones de las sociedades considerando que, gracias a la revolución de las comunicaciones y de las tecnologías de la información, su difusión de forma masiva y barata, fluyendo sin filtros o sin tratamiento es intensa y extensiva.

En tal sentido, las redes sociales e internet actúan como un potente vehículo con capacidad para difundir información, en forma instantánea. Ello implica, un mayor potencial para influir más y de manera más contundente y efectiva en la opinión pública.

Sin el control absoluto del conocimiento y la información por las organizaciones fundamentales de la sociedad, éstas pierden el monopolio de la verdad, su verdad.

En el mundo hiperacelerado e hiperconectado, donde la cantidad de información es imposible de procesar, con un criterio racional, la indigestión informativa es una de las características de la sociedad digital de hoy, aunque pareciera paradójico o contradictorio.

La información se ha democratizado, es cierto, pero también la desinformación como un arma estratégica, usada por los distintos actores de poder, a los fines de proteger sus intereses particulares, sobre el bien común.

La mente y los corazones de la gente se ganan vía redes sociales, a través de textos cortos, audios y videos, cuyos mensajes simplificados se fijan en el imaginario colectivo.

Frente a esa democratización de los medios y canales de comunicación e información, de bajo costo y con un alto grado de penetración, los actores de poder (político, económico y social), los usan intensamente para ganar adeptos y seguidores a sus planteamientos, construyendo relatos y narrativas que, en un marco de incertidumbre social permanente, generan ciertas certezas. Aunque sean sesgadas, estas narrativas se posicionan en el imaginario colectivo, predisponiendo a amplios segmentos de la sociedad.

En este contexto, la información y su contracara, la desinformación, navegan sin ningún tipo de control o regulación, haciendo más compleja y conflictiva las relaciones políticas, económicas y sociales. La facilidad para publicar información falsa, tendenciosa o manipulada, en las sociedades actuales, propicia que actores de poder expongan teorías conspirativas de todo tipo, para desacreditar o destruir a sus adversarios o competidores.

La desinformación en la sociedad digital tiene una incidencia en la democracia y en la cohesión social en la vida colectiva contemporánea, porque mediante ella se manipula a la opinión pública; se promueve la polarización y división social y política; se propicia la desconfianza en los medios de comunicación y se deslegitima a las instituciones políticas fundamentales como el gobierno, los partidos políticos, y el resto de las instituciones del Estado (judicial y legislativo).

La guerra de la desinformación es una condición inherente a la sociedad digital, usada por todos los actores sociales. Ésta es particularmente intensa en el ámbito político, cuando apreciamos el flujo de datos y hechos informativos manipulados y sesgados, para pescar en río revuelto: posicionar mi visión o idea sobre las ideas o visiones de los demás.

La desinformación deliberada en el ámbito político, se hace más intensa en el marco de la polarización política y social que recorre al mundo por los cuatros puntos cardinales: desde los Estados Unidos, pasando por Francia, Alemania, Brasil, India, entre otras naciones, somos testigos del aumento de la confrontación vertical entre actores e ideologías, donde se reducen las posibilidades de acuerdos o consensos mínimos, que en el marco de las diferencias, son pertinentes para garantizar la gobernabilidad y la cohesión social.

Las instituciones políticas deben afrontar el desafío estructural de fomentar el diálogo con los actores sociales y económicos para reforzar la confianza pública y propiciar herramientas para regular el uso de las redes sociales e internet, como el nuevo foro para la discusión pública. La información es un derecho legítimo, pero implica para quien la ejerce una responsabilidad sobre su contenido. Todo derecho o libertad debe tener un límite: el respeto al diferente, al adversario. La desinformación es inherente a la información como un hecho social intencionado, pero debemos acordar normas que limiten sus efectos perversos para la convivencia colectiva.

Es difícil gestionar la desinformación en la sociedad digital, pero hay que intentarlo con el mayor consenso posible de los actores involucrados: gobiernos, líderes de opinión, actores sociales, agentes económicos y empresas tecnológicas.

(*) Politólogo /Magister en Planificación del Desarrollo Global.

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