
Tomada de Analítica
Tomás Straka 02.05.25
Las batallas de la memoria
Las guerrillas son un recuerdo difícil para los venezolanos. En un primer momento por razones similares a las que, por ejemplo, hacen traumáticas sus memorias en países como Perú, Colombia, Guatemala o El Salvador, con las heridas que dejaba la guerra, las investigaciones de Derechos Humanos en curso, y políticas de justicia y reparación. El problema es que Venezuela se adelantó en unos veinte o treinta años a aquellos procesos, y para 1969, cuando la mayor parte de los frentes guerrilleros se disuelve en medio de un proceso de pacificación, nada, o muy poco, de aquello existía, y los venezolanos optamos por algo que en un primer momento pareció exitoso: simplemente no hablar del asunto. Ello generó dos cosas a largo plazo: que debajo del aparente consenso en torno a la democracia triunfante, mucha gente siguió anhelando una revolución comunista, e incluso conspirando por lograrla; en tanto, la siguiente generación de venezolanos creció sin enterarse del asunto, no estudió nada del tema en la escuela, o lo estudió muy superficialmente; no oyó al respecto en los medios, no lo discutió en su formación política o incluso en su formación militar, si fue el caso de que llegó a tenerlas. Nada y, en memoria, la nada está llena de peligros. Es un caso muy particular para el estudio de la historia pública y las políticas de la memoria.
Cuando en 1999 Hugo Chávez llegó al poder, rápidamente reivindicó a los guerrilleros como precursores de su causa. En efecto, estuvo muy influenciado por uno de los grupos que siguieron insistiendo en la revolución, el liderado por Douglas Bravo, que de hecho fue el que inventó el marxismo-bolivarianismo. Aunque las figuras guerrilleras más importantes no lo apoyaron, otros se incorporaron a su movimiento y después ocuparon cargos de gobierno. Ante esto, en su conjunto, la sociedad no tuvo demasiado que decir, ni para apoyarlo ni para oponerse. El ejército, que había salido victorioso de aquella guerra, no pareció tenerla como uno de sus puntos de honor; los ciudadanos, cuyos padres en ocasiones combatieron al comunismo, no se acordaban de aquello, y si lo hacían, no les importó demasiado; los venezolanos, en general, no tenían una idea clara de lo que podía representar Cuba, de lo que aquella guerrilla buscó y, por eso, de lo que podía conllevar una propuesta que los declaró sus precursores. Rescatada del olvido en el que básicamente estaba, puesta de nuevo en el debate público, las simplificaciones ideológicas y las manipulaciones propagandísticas entraron en acción. En la historia oficial, los guerrilleros fueron unos idealistas que se rebelaron contra un Estado burgués, sometido al imperialismo, hartos de las grandes injusticias sociales. En aquel visor, había pocas diferencias entre la democracia venezolana y el régimen de Somoza. Por su parte, en la contrahistoria que surgió para responderle, los guerrilleros eran sólo unos jóvenes universitarios, obnubilados, manipulados, armados y entrenados por Cuba, que sin ningún respaldo popular se alzaron en armas contra un gobierno electo democráticamente, con el objetivo de instaurar un régimen comunista, similar a los que habían fracasado completamente en casi todo el mundo. La historia demostró que nunca tuvieron razón y que su derrota era más que merecida. Nunca hubo alguna razón legítima por la que pudiera haber alguien descontento, o para que alguien fuera comunista en 1960.
Se trata de una de las típicas batallas por la memoria que se han dado en el chavismo: su interpretación de Simón Bolívar y, con eso, su bolivarianismo; su interpretación global de los cuarenta años de democracia que le antecedieron, de líderes como Rómulo Betancourt; toda la idea de una IV República que va desde 1830 hasta 1999 (otra idea, por cierto, impulsada por un guerrillero, Kleber Ramírez), cuando Chávez fundó la quinta; todo el chavismo echó mano de su versión de la historia para legitimarse, generando polémicas con historiadores que desde lo académico alertan sobre manipulaciones, o con movimientos de oposición que contraponen sus propias versiones. Hay que admitir que la guerrilla, tal vez por su poca presencia en la memoria, no ha sido de los temas más discutidos, pero, de todos modos, entre ambos extremos, hacía falta un poco de investigación. Esa nada que era la guerrilla en la memoria venezolana debe llenarse de otra forma. Y esto es lo que ha buscado el historiador Isaac López (Coro, 1964) con el libro que se prologa con estas líneas. Veamos brevemente lo que hizo y qué ideas podemos sacar de ello.
El elenco de una ilusión
Todo comenzó con un trabajo de historia regional, tema al que Isaac López ha dedicado gran parte de su esfuerzo académico. Aunque estudió en Mérida, donde ha hecho vida como profesor de la Escuela de Historia de la Universidad de Los Andes, y Caracas, donde hizo los estudios de maestría y doctorado, nunca se desligó de su Falcón natal, en particular de Paraguaná. Es uno de los fundadores del Grupo Tiquiba, una asociación cultural que entre otras cosas reunía a poetas y narradores en Paraguaná, organizaba exposiciones y obras de teatro; y es un activista a favor de todo lo que pueda hacerse por el Archivo Histórico del Estado Falcón, lo que siente por su región es un amor militante. Pero no por eso es un historiador regional de los que se limitan a hacer crónicas, más o menos emotivas, de sus matrias. Hay que recordar que es también uno de los mejores paleógrafos de Venezuela y un historiador muy consciente de la importancia de la historiografía. Por ello entiende que toda historia regional es más que crónicas (y eso a pesar de su interés por la crónica, que cultiva, pero sin confundirla con sus monografías). El resultado son estudios donde encierra problemas teóricos y metodológicos amplios, en los que lo regional es solamente una escala de análisis. Así, por ejemplo, su estudio sobre la heroína Josefa Camejo, es un ensayo acerca de la construcción legendaria de los héroes en la Historia Patria; y su estudio sobre el prócer Juan Garcés, es una monografía acerca del liderazgo de las elites locales en la construcción del Estado-nación durante la independencia.
En los últimos años ha venido reflexionando sobre la izquierda venezolana, de la que ya publicó un libro de ensayos, Tormentos y pasiones revolucionarias. Notas sobre las izquierdas venezolanas (edición digital, Mérida, Universidad de Los Andes, 2024), y comenzó a hacer una amplia investigación sobre la guerrilla en la región de Coro, probablemente el lugar de Venezuela en el que tuvo más asidero social. No se imaginó las sorpresas que le depararía el trabajo. López ha estado toda la vida oyendo historias de su región, se ha vinculado con su mundo académico, artístico y literario, donde había muchas personas de la izquierda, incluyendo exguerrilleros, y sin embargo, a medida que reunía datos y papeles, iban apareciendo muchos nombres desconocidos. De algunos apenas halló una mención en la prensa o en un parte policial, de otros comenzó a encontrar referencias sueltas y a veces contradictorias, lugares distintos en los que fueron abatidos, fechas distintas de su subida a la montaña como guerrilleros, o de sus apresamientos, o de cuando los fusilaron sus compañeros, o de cuando los atrapó el gobierno para no volver a saberse de ellos, o de cuando desertaron y se entregaron a la fuerza pública, o de cuando volvieron a la montaña como delatores y policías, o de cuando se acogieron a algún indulto y salieron al exterior con una beca. Algunos personajes que usaron distintos alias y por eso no fue hasta después de mucho indagar que supo que eran el mismo hombre. A algunos los encontró y pudo entrevistarlos. O halló a sus viudas, hijos y nietos. Así, poco a poco, fue llenando fichas y construyendo el elenco de las doscientos setenta y siete personas vinculadas a la guerrilla, bien como combatientes, o bien como partes de sus equipos logísticos, propagandistas o simpatizantes, cuyas biografías presenta en este libro.
Es el elenco de una ilusión trágica. Una que llevó a aquellos hombres y mujeres a hacer apuestas muy altas que, esencialmente, perdieron. Algunos, la vida, y en todos, su juventud, en parte y completa. A veces incluso perdieron más que la juventud, porque regresaron de las montañas, de las cárceles o de los exilios con cicatrices físicas, psicológicas y morales. Fue un fracaso que se sintió más hondo con la caída del Muro de Berlín: indistintamente de cómo haya salido la apuesta en su momento, en principio era un error. Muchos, incluso, ya pensaron así en los sesentas, cuando al recibir entrenamientos o a pasar sus extrañamientos en Europa Oriental, Cuba o la URSS, comenzaron a desencantarse ya entonces. ¿Para esto es que estamos luchando? Fue la base de la amplia revisión de Teodoro Petkoff que llevó a la fundación del disidente Movimiento al Socialismo (MAS). No es cualquier cosa que muchas de las grandes figuras guerrilleras -Petkoff, Américo Martín, Pompeyo Márquez, Héctor Pérez Marcano, Antonio García Ponce, incluso Douglas Bravo- adversaran al chavismo, todos haciendo una gran mea culpa, proclamando cuán equivocados estaban. Ya antes, Alfredo Maneiro había hecho otro tanto.
No obstante, hay que ver las cosas con calma. Como nos advierte López apelando al sentido histórico, eso es mucho más fácil de ver en 2024 que en 1961. De allí la importancia de identificar los claroscuros. A inicios de los sesentas, Cuba había hecho lo imposible: zafarse el control norteamericano y hacer una revolución en una sociedad llega de desigualdades. Y el comunismo no sólo había convertido a la antigua Rusia, tan pobre y atrasada, en una de las superpotencias del mundo, capaz de tener bombas atómicas y de poner un satélite artificial en el espacio; estaba transformando a la también pobre y postrada China en una potencia, apoyaba a los pueblos africanos y asiáticos a lograr un prodigio como el cubano con las potencias imperialistas que los habían sometido y, en general, humillado; impulsaba en países atrasados la reforma agraria, la igualdad de la mujer, la escolarización masiva, la electrificación…De hecho, eso que los académicos norteamericanos habían llamado el appeals of Communism no se debía tanto al fin de la lucha de clases o las injusticias del capitalismo, que idearon sus inventores europeos, como a las posibilidades que ofrecía para independizar y modernizar a los países del Tercer Mundo. Y, viendo los resultados, parecía que de verdad “el futuro funciona”. Más bien los dementes, o los vendidos al capitalismo o al imperialismo, podrían pensar distinto. Se trata de un tipo de razonamiento que hay que tomar en cuenta para comprender a aquellos hombres y mujeres que Isaac López fichó. De otro modo sus vidas pierden sentido. Cuando lo dejaban todo para irse a la montaña, estaban convencidos no sólo de que la razón los acompañaba, sino de que la victoria sería fácil. Algunos se desencantaron muy rápido, pero otros insistieron una y otra vez, pasaron penalidades, se enfermaron, fueron a prisión, recibieron golpes y otros tormentos, y no cejaron en su empeño. No pocos, incluso, lo pagaron con su vida.
La derrota de la guerrilla fue tan rápida y estrepitosa, como lo fueron las ilusiones puestas en ella. A diferencia de lo que señala la leyenda dorada actual, el régimen democrático no era como el de Somoza o el de Batista. Con el apoyo del petróleo, pero sobre todo con empeño e ideas, generó reformas tanto o más amplias que las llevadas adelante por cualquier país comunista del Tercer Mundo, y eso en un clima de libertad y con los atractivos de la sociedad Occidental, cuyo confort nunca pudo ser alcanzado por ningún plan quinquenal, ni siquiera en los mejores tiempos. Algunos exguerrilleros señalan que el ejército cometió abusos con los campesinos, lo cual en algunos casos fue cierto, pero la reforma agraria, la apertura de caminos y, en ocasiones, su asfaltado, la electrificación y la entrega de casas, todo lo cual solían hacer los militares, hizo tanto para derrotar a los guerrilleros como los combates y las operaciones policiales. Si, como indican los manuales de contrainsurgencia, hubo de trasladarse campesinos, acá se hizo otorgando casas modernas que en general fueron agradecidas. Los resultados electorales en los campos dan cuenta de ello.
Betancourt era, por lo tanto, un líder muy popular, de hecho la principal competencia continental a Fidel Castro; tenía la legitimidad electoral, su partido Acción Democrática había logrado organizar y politizar a gran parte de la población, poseía el control de los sindicatos, había establecido alianzas con el empresariado y la Iglesia, logrado una convivencia amistosa con los militares y ganado el favor de los Estados Unidos. También emprendió una exitosa reforma militar. El gobierno de Raúl Leoni, que siguió al de Betancourt, propinó algunos de los golpes más duros que sufrió la guerrilla (algunos no exentos de polémica, como el caso de Alberto Lovera), al punto de descalabrarla militar y políticamente. Y pronto estuvo en condiciones de ofrecer medidas sustitutivas a los guerrilleros que depusieran las armas (y si además daban información o incluso se incorporaban a las fuerzas del Estado, mejor). Como veremos esas condiciones se convirtieron en otro problema para la memoria, pero, para las elecciones de 1968, ya permitieron que los comunistas participaran con un partido-fachada, la Unión Para Avanzar (UPA). En 1969, ahora bajo el gobierno del segundo partido más importante de Venezuela, el socialcristiano COPEI, se creó una Junta de Pacificación bajo la dirección del Cardenal José Humberto Quintero, la mayor parte de los grupos guerrilleros se desmovilizaron, y los dos partidos comunistas que habían impulsado la rebelión, el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), deciden volver a la vida democrática.
Todo esto explica la decisión de voltear rápido la página, tal vez demasiado rápido. Hubo torturados y torturadores que no quisieron hablar más del asunto, y nadie, o casi nadie, se ocupó en preguntarles; comunistas que con los años se hicieron empresarios, o socialdemócratas, o neoliberales, o las tres cosas al mismo tiempo; escándalos de muertos y desaparecidos de los que no se volvió a hablar, quedando sólo como un asunto de sus familias. Los guerrilleros que habían aprovechado todas las oportunidades que dio el Estado para que se pacificaran, no siempre quisieron reconocerlo, en pos de forjarse un currículo heroico. Y eso sin contar que muchos se convirtieron en agentes de seguridad del Estado. Otros usaron su experiencia en secuestros y atracos “revolucionarios” para convertirse en simples delincuentes. Los que vieron o participaron en los fusilamientos “revolucionarios” de compañeros, los que no aguantaron el hambre en los campamentos, los que huyeron, los que delataron al entregarse o tan pronto comenzaban los interrogatorios, todos ellos, comprensiblemente, no quisieron hablar del asunto. Y, de nuevo, nadie, o casi nadie, les preguntó. Muchos se hicieron profesores universitarios, diplomáticos, funcionarios, incluso ministros. La mayor parte sinceramente se integró al sistema, aunque otros, como se demostró en 1998, sólo esperaban una oportunidad.
La literatura y el cine fueron una excepción. Adriano González León, Eduardo Liendo, Miguel Otero Silva, Ángela Zago, Argenis Rodríguez, entre muchos más, escribieron sobre el tema, en general glorificando la guerrilla. Un historiador, Agustín Blanco Muñoz, comenzó a recoger los testimonios, dejando un aporte invaluable. En los últimos años por fin hay historiadores que se han puesto a estudiar con calma el proceso, como Edgardo Mondolfi y Fernando Falcón. Pero, primero, son cosas que no llegaron al gran público. En segundo lugar, siempre son escritas desde la perspectiva de los guerrilleros: quienes los combatieron y vencieron, en general, no se ocuparon del tema, cosa que explica por qué al traer Chávez el asunto de vuelta, la mayor parte de quienes le adversaban no tenían qué responderle. Dicho sin rodeos: el político opositor promedio no sabe nada, o prácticamente nada, de la lucha guerrillera; el chavista, la mayor parte de las veces, tampoco, pero tiene al menos la historia oficial que recitar.
No deja de ser extraño que los militares no hayan cultivado la glorificación de su victoria. Venezuela es el éxito contrainsurgente más contundente de la historia. En general las guerrillas fueron victoriosas, como ocurrió en casi todas las guerras anticolonialistas de África y Asia, o como los afganos y los vietnamitas lo fueron frente a la URSS y a los Estados Unidos; o se rindieron sólo después de décadas de enfrentamientos, cuando el desgaste ya hacía inviable su lucha. Pero una derrota en menos de diez años no tiene comparación. Lo único que se le aproxima es lo que el Reino Unido logró en Malasia y, con todo, allí se echaron al menos doce años. En el Reino Unido esa victoria es un asunto de honor, además de un tema de estudio en todos los cursos de contrainsurgencia. Ahora bien, en cierto sentido, esta opción por el silencio tuvo un aspecto positivo. Comparada con los enconos que suelen quedar de procesos similares, que los venezolanos se hayan olvidado de aquello, no deja de tener un lado positivo. Pero, como hemos visto, echar simplemente el polvo debajo de la alfombra no hace que el polvo desaparezca. Tan pronto alguien lo invoca, se puede convertir en una tormenta.
* Extracto del prólogo a Isaac López, Guerrillas del Estado Falcón 1962-1972. Trazos para una biografía colectiva de la subversión de izquierda venezolana, Mérida, Universidad de los Andes, 2025
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