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Turquía: una potencia media con una gran apuesta estratégica

Tomada de Barcelo.com

José G. Castrillo M (*)

El orden internacional que se está fraguando ya no tendrá como centralidad únicamente a las capitales de las viejas superpotencias. En medio de la gran fragmentación global, un grupo de actores tradicionalmente etiquetados como «potencias medias,” como Turquía, Irán, Brasil, Sudáfrica e Israel, entre otras, están reclamando su espacio para participar en el rediseño del mapa geopolítico global. De todos ellos, ninguno ejecuta este papel con tanta audacia, cálculo y desafío como Turquía.

Ubicada geográficamente entre Europa, Asia y el Medio Oriente, Ankara ha dejado de comportarse como el flanco oriental dócil de la OTAN para convertirse en un actor con autonomía política para decidir y gestionar sus intereses nacionales, regionales y globales. ¿Su doctrina de acción para consolidarse como poder regional, con proyección global?, una calculada ambigüedad estratégica, que implica no casarse con ninguna potencia global.

La estrategia turca se basa en una premisa pragmática: en un mundo multipolar, las alianzas rígidas son una camisa de fuerza. En su lugar, el gobierno de Recep Tayyip Erdoğan ha institucionalizado la no-exclusividad calibrada. Turquía busca estar en todas las mesas posibles para evitar terminar en el menú de los gigantes. Esta ambigüedad no es indecisión, es una geometría política variable que le permite descolocar a aliados y rivales por igual.

 El ancla occidental y el guiño eurasiático: Turquía posee el segundo ejército más grande de la OTAN y custodia los vitales estrechos del Bósforo y los Dardanelos. Sin embargo, no tiene reparos en profundizar su cooperación energética y tecnológica con la Rusia de Vladímir Putin, o en coquetear abiertamente con los BRICS y trabajar con China. En la guerra civil de Siria, se alineó con actores contrarios a los Estados Unidos, y llegó a atacar a los kurdos-sirios, que tenían el apoyo estadounidense.

 Capacidades de defensa propia: Ankara ya no depende de las promesas de seguridad de Washington. Su industria militar nacional —simbolizada por sus ya célebres drones en escenarios desde Ucrania hasta el Cáucaso Sur— le otorga una capacidad de proyección material que respalda su retórica de independencia y autonomía. Cuenta con una base industrial militar desarrollada, ofreciendo sistemas de armas -tanques, misiles, drones- sofisticados y más baratos que los sistemas de armas de las potencias tradicionales.

Un mediador indispensable: al no alinearse rígidamente con ningún bloque de poder o coalición, Turquía se erige como un mediador o facilitador por excelencia en los conflictos regionales, un puente logístico, diplomático y energético capaz de hablar simultáneamente con Kiev y Moscú, o con Occidente y el Sur Global.

Para Occidente, la política exterior turca a menudo se tacha de errática, transaccional o poco fiable. Pero desde la perspectiva de Ankara, es pura supervivencia y ambición nacional en un entorno donde la hegemonía estadounidense se erosiona, a pesar de las acciones recientes de carácter militar de la administración Trump, en el ámbito internacional.

Sin embargo, jugar al equilibrismo en la cuerda floja de la geopolítica mundial puede tener un costo. La ambigüedad estratégica genera una profunda erosión de la confianza con sus socios tradicionales y puede exponer al país a represalias económicas y diplomáticas en un momento donde su economía interna lidia con una alta vulnerabilidad e inflación. El verdadero desafío de Turquía no es la falta de activos geopolíticos, sino la enorme dificultad de traducir su hiperactividad diplomática en una credibilidad institucional duradera.

Turquía está demostrando que una potencia media con suficiente audacia, peso militar y una ubicación geográfica privilegiada puede vetar decisiones de las superpotencias y forzar sus propios términos en la agenda global. Al rechazar las etiquetas binarias de «Oriente» u «Occidente», Ankara no solo busca protegerse de las turbulencias de la transición global, está ayudando activamente a moldear un mundo donde el centro de gravedad está cada vez más disperso.

En la reciente cumbre de la OTAN, cuyo anfitrión fue Turquía, esta nación se posicionó como un actor indispensable que mostró su poder. Trump eligió al presidente turco y anunció que levantaría el veto a la venta de los aviones F-35, decisión que se tomó cuando Ankara compró los sistemas de misiles S-400 a Rusia en 2019, siendo un miembro de la alianza atlántica.

En definitiva, esta potencia bisagra entre Occidente, Medio Oriente y Asia juega en un tablero tridimensional de competidor, aliado y socio, simultáneamente, según las circunstancias y sus necesidades estratégicas.

El rol de Turquía en el fraguado del nuevo orden global es el vivo reflejo de las dinámicas internacionales contemporáneas. El siglo XXI no pertenecerá a bloques ideológicos cerrados, sino a las coaliciones flexibles y acotadas.

(*) Politólogo / Magíster en Planificación del Desarrollo Global.

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