Columnistas

¿Feliz Año 2014? Depende de cada uno de nosotros…

storm.jpg w=520Por: Benigno Alarcón

Al momento de retomar nuestras actividades en el Centro de Estudios Políticos de la UCAB y salir al aire con la primera edición de este año de PolítiK@Ucab, porque queremos seguir escribiendo sobre Política de una manera distinta, se hace obligatorio, parafraseando a Cesar Miguel Rondón, desear a todos el mejor año posible, al tiempo que se me ocurre que una buena forma de iniciarlo es compartiendo algunas reflexiones personales en el ánimo, no solo de aprovechar el tener este medio a mano para escribir sobre lo que creemos importante, sino también en el de saber que piensan nuestros lectores. Por lo que ahora, cuando ya somos un número considerable quienes nos mantenemos en contacto a través de esta publicación, quisiera pedirles que nos escribieran sus propias reflexiones a (glmorenocep@gmail.com)  para nosotros compartirlas con nuestra comunidad de lectores a través de esta misma publicación, y así comenzar el año abriendo nuestra publicación hacia la participación de todos Ustedes.

Pasando ahora a las reflexiones prometidas, quiero compartir mi preocupación por el año que se nos avecina. El 2014 promete ser un año cargado de grandes incertidumbres, pero también de enormes oportunidades. El año 2014, así como casi la totalidad del 2015, será el período más extenso que hayamos tenido sin contiendas electorales desde 1998, al menos que el gobierno nos sorprenda con algún proceso que no teníamos previsto. Por lo tanto este año se constituye en un tiempo de sinceración política, en el sentido de que el cálculo electoral cortoplacista dejará de ser el eje en torno al cual se producen las decisiones de políticas públicas, y tanto gobierno como oposición tendrán que comenzar a mirar con mayor sinceridad sus fortalezas y debilidades de cara a un contexto que luce ya, de entrada, como el más complicado que hemos vivido en los últimos 50 años.

El país está quebrado económicamente. Hoy no solo se han dejado de producir los productos básicos que antes se exportaban o al menos se producían en cantidades suficientes para autoabastecerse, sino que además se han dejado de importar, porque el gobierno no tiene las divisas necesarias para cubrir la demanda. Ante la escases, los precios escalan como lo dictan las leyes económicas más elementales, ante esto el gobierno responde poniendo la responsabilidad sobre los hombros de los comerciantes a quienes acusa de participar en una guerra económica contra el gobierno, obligándolos a asumir prudentemente una liquidación de sus inventarios para evitar ser saqueados o intervenidos, liquidación que muchos celebraron ingenuamente por unos pocos días. Una vez liquidadas las mercancías, buena parte de este comercio cierra sus puertas perdiéndose puestos de trabajo y agravando la situación, mientras los productos que estos proveían ahora llegan en cantidades menores y se distribuye en un mercado negro exclusivo en donde su oferta es tanta veces menor como el número de veces por el que su precio se ha multiplicado.

Mientras todo este proceso se desarrolla, en medio de una realidad que ya habría puesto a más de un país de rodillas ante el Fondo Monetario Internacional (en donde no resulta descabellado que terminemos yendo en medio de un discurso altisonante que disimule la genuflexión), el país estrena alcaldes que nada pueden hacer para pelear una guerra económica, porque ésta no existe más allá de los laboratorios propagandísticos del gobierno que necesitaban parir, para ganar las elecciones municipales, una narrativa que permitiera responsabilizar a otros de los errores propios, evitando así el costo político de su propia abstención electoral. La situación aún hoy continua amenazando con convertirse en un tsunami cuando ya ni haciendo cola, ni el mercado negro, del que el buhonero es solo la cara visible de un iceberg en el que participa una amplísima red de corrupción, podamos encontrar aquellos productos que necesitamos consumir ya no por gusto sino por irrenunciable necesidad.

Esta situación, coloca al gobierno ante el inevitable dilema de escoger entre sincerar la economía para garantizar la viabilidad no ya del gobierno, sino del país mismo, o a continuar su marcha hacia un precipicio que puede terminar convirtiendo a Venezuela en un estado fallido. La segunda alternativa, es el caos en el que nada es predecible, y aunque algunos afirmen que del caos el gobierno puede obtener su mayor ganancia, en lo personal no estoy de acuerdo porque el caos es ingobernabilidad y en ella, tal cual la Revolución Francesa, nadie tiene su cabeza garantizada. El ajuste, aunque tiene costos políticos, implica la mejor opción para el gobierno y para el país en general, aunque esto implicaría el enfrentamiento del gobierno con el ala socialista más dogmática, y la necesidad de tener que sentarse a negociar condiciones de gobernabilidad con la oposición, o asumir el riesgo de mantener el control del país con más represión, lo que normalmente implica un costo poco digerible para cualquier gobierno que tenga la intención de continuar ocupando espacios políticos por la vía electoral.

Hoy, pese a los discursos desafiantes y altisonantes, el gobierno necesita comprar tiempo para lograr materializar una serie de ajustes económicos lo más pronto posible, por ello la reunión con los alcaldes y gobernadores. Toca ahora a la oposición saber aprovechar la coyuntura y no dejarse entretener en un supuesto diálogo convertido en debate estéril del que solo quien tiene el poder saca provecho mientras los días pasan. Toca a la oposición poner e imponer sus propias cartas sobre la mesa apoyándolas con acciones que obliguen a un dialogo que produzca compromisos reales y mecanismos que los garanticen, o le tocará ver cómo el gobierno se fortalece en la medida que vaya superando la actual coyuntura económica o nos vayamos acostumbrando a vivir con ella.

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