Opinión y análisis

Retorno triunfal, el fin del bono de la esperanza y su condena

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unidadPor: Héctor Briceño / Jueves, 03 de abril de 2014

Comienzan a salir las encuestas del primer trimestre del 2014 y junto a ellas se ratifica la tendencia iniciada en octubre de 2012, y que prosiguió tanto en abril y como en diciembre de 2013: el gran retorno.

Uno de los fenómenos que más intriga genera sobre la presidencia de Hugo Chávez fue el gran abismo que separaba la evaluación de la gestión de gobierno de su popularidad, de forma tal que la desastrosa gestión pública y su corrupta burocracia gobernante, que aceleró la velocidad de la caída del país hasta hundirnos en el foso económico, político y social en el que nos encontramos en la actualidad, no melló la percepción del electorado respecto al ex presidente.

¿Cómo fue esto posible?

Para responder la pregunta es necesario realizar una precisión: Chávez no fue completamente inmune, de hecho, es el candidato a la reelección que perdió más puntos porcentuales en la historia de Venezuela e incluso de América Latina. Así, Caldera aumentó en 1,4 puntos su votación en su segunda victoria presidencial respecto a la primera, al pasar de 29,1% a 30,5%. Por su parte, Carlos Andrés Pérez pasó de 48,7% en 1973 a 52,9% en 1988, aumentando su caudal en 4,2 puntos. En Chile, la hoy presidenta Bachelet obtuvo 53,5% en la segunda vuelta de las elecciones de 2006 y 62,2% en 2013. Chávez por su parte, disminuyó de 62,8% a 55% perdiendo 7,8 puntos. Hecha la salvedad, agregamos que el deterioro en la evaluación de la gestión sería mucho mayor al de la imagen de Hugo Chávez, generando esa gran brecha a la que hacemos referencia. Entonces, ¿cómo fue posible mantener esa desconexión entre popularidad y gestión?

El ex presidente diseñó una serie de mecanismos que lograron impermeabilizar su liderazgo frente a las tormentas que atravesaba. En primer lugar, habría asociado su imagen a “buenas ideas”, por lo que no importaba que él mismo afirmara que la misiones habrían sido inventadas por Fidel Castro, o incluso que se trataran de programas sociales originados en gobierno anteriores, la idea de las misiones como algo novedoso y positivo estaría siempre atada como marca registrada, a su nombre.

De igual manera, se presentó a sí mismo como un líder preocupado por los sectores más humildes, pero también como uno de ellos, incapaz de hacer acciones en contra de los suyos. Finalmente, desarrolló un mecanismo que le permitía distribuir culpas, evitando que se le pudieran atribuir errores de ningún tipo. Así, creó distintos anillos de culpabilidad: Los externos: que incluyen al imperio, las transnacionales, las oligarquías internacionales, el capitalismo, e incluso fenómenos medioambientales como El Niño. En segundo lugar está La oposición: que incluye tanto a los partidos políticos fundadores de la democracia venezolana, así como los que emergieron a finales de los 90 y comienzos del nuevo siglo. Forma parte de este grupo todo tipo de organización que haya nacido antes de su llegada al poder: ONG’s, empresarios, medios de comunicación, gremios, universidades, etc. Finalmente, un último grupo de culpables lo constituye el propio equipo de gobierno, incluidos sus más cercanos colaboradores: ministros y viceministros, alcaldes y gobernadores, todos fueron chivos expiatorios de Chávez. Este era el significado de las reuniones ministeriales televisadas: mostrar al líder ordenando, mandando, responsabilizando a los demás. Así, cualquier fracaso de gestión jamás podía haber sido atribuido al presidente, la culpa era siempre de alguien más, incluso de los que lo rodeaban.

Al revisar las más recientes encuestas así como los resultados de las dos elecciones de 2012 y 2013, todo parece indicar que este voto de confianza que representaba un “bono de esperanza” en la presidencia ha llegado a su fin, es decir, que presenciamos el retorno al escenario de la vinculación entre la popularidad del Presidente de la República y la evaluación de la gestión de gobierno, cerrando un paréntesis de la historia venezolana (que permitió la concentración, como nunca antes en la historia democrática venezolana, del poder político y económico en un sólo hombre). En este sentido, el gran politólogo venezolano Juan Carlos Rey habría definido el voto no sólo como un procedimiento de selección de liderazgos, sino también como un mecanismo de responsabilidad democrática del elector que se expresa a través del voto castigo hacia aquellos que incumplen las promesas o simplemente no logran satisfacer las expectativas populares.

Necesario es resaltar que este retorno triunfal de la racionalidad política trae consigo una sentencia para los gobernantes: están todos “condenados a Gobernar” y/o a sufrir sus consecuencias.

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