Espacio plural

Contra el odio

cardozo

Miguel Ángel Cardozo-Montilla[1]  / 26 de febrero de 2015

Al reescribir mi columna de este mes en PolítiKa UCAB –dados los más recientes acontecimientos que han conmocionado y enlutado al país–, la he despojado de todo rastro de tono académico, porque en momentos como el que actualmente padece el pueblo venezolano, que hoy llora el vil asesinato de un niño de tan solo 14 años –como consecuencia de ese sistemático envenenamiento de familias e instituciones que ha ocasionado la imposición de una perversa agenda política cimentada en profundos resentimientos y mezquinos intereses–, la voz que debe elevarse sobre las demás es la del común ciudadano.

Como ciudadano, desde hace tiempo he visto con suma preocupación el acelerado deterioro de eso bonito que llamábamos con orgullo “la venezolanidad”; un deterioro que escandalosamente se pone de manifiesto tanto en la cotidiana desvalorización de la persona humana como en la exacerbación de odios fratricidas devenidos soporte vital de un régimen en franca decadencia –aunque no por ello incapaz de asolar hasta los mismos pilares de la sociedad venezolana–.

Ese odio –sobre todo–, cuya masiva siembra se inició hace 16 años, ha dado lugar a una dolorosa cosecha de muerte y aflicción; un triste saldo al que hace pocas horas se sumó, restándonos como país, ese bochornoso suceso en el que la ilegítima aplicación de aquel esperpento jurídico denominado “Resolución 008610” no pasa de ser uno más de los tantos pretextos usados, a lo largo de estos tres infaustos lustros, para allanar el camino a un destructivo desenfreno.

El asesinato de Kluiverth Roa, por tanto, es la elocuente evidencia de la consecución –al menos en parte– de aquello que, quizás antes incluso de las criminales intentonas de golpe de Estado de 1992, se propuso lo que hoy se conoce como chavismo: la disolución, mediante el odio, de una sociedad democrática, afable y solidaria que se creía sólidamente afianzada en excelsos valores humanos.

Una disolución con la que se pretende, como fin último, perpetuar un inicuo sistema dictatorial en el que a cualquier costo, e impunemente, se sacrifique el bienestar de decenas de millones de venezolanos en favor de un puñado de inescrupulosos.

Por supuesto, hasta el más impensable de los despropósitos puede resultar de tal aberración, como el que subyace tras el trágico suceso que hoy nos apesadumbra y que a tantas reflexiones condujo luego de que se conocieran sus espeluznantes detalles: la utilización de jóvenes venezolanos como instrumentos de una brutal represión que llega a los herodianos extremos de la cruenta matanza de niños.

A esto hemos llegado entre reiterados lugares comunes, como el “no vale, yo no creo” o el “ya se tocó fondo, ahora sí va a pasar algo” –que por años se han escuchado como parte de una pesada letanía de estupideces–, y la suicida ceguera de quienes se niegan a terminar de entender que lo que está en juego es, nada menos, que su propia supervivencia.

Pero llegados a este punto no nos podemos dejar emboscar por un régimen que está apostando todo al desencadenamiento de una violencia que, de modo desesperado, ha intentado propiciar con su política empobrecedora –verbigracia, la reciente megadevaluación de la moneda nacional– y sus cada vez más frecuentes tropelías –como la arbitraria detención del Alcalde Metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, o la sanguinaria aplicación de la Resolución 008610–.

Ante ese odio germinador de violencia debe prevalecer la razón y una verdadera unidad nacional, ya que lo contrario sería contribuir al logro del oscuro propósito de aniquilación de toda una sociedad.

@MiguelCardozoM

[1] Profesor de postgrado de la UCAB e investigador. Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y Magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

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