Opinión y análisis

Bye bye General

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Hector Briceño / 05 de marzo de 2015

Una de las tareas más importantes que tiene la democracia venezolana por delante es la desmilitarización del Estado.

Hoy por hoy Venezuela tiene un gobierno cuasi-militar que visto desde nuestra experiencia histórica, puede tener dos lecturas.

Desde el nacimiento de la República hasta nuestros días, el rol militar ha sido preponderante. En este sentido, desde 1811 hasta la creación del Ejército Nacional, el Caudillismo y los ejércitos de los caudillos se disputaron el dominio y destino del país. A partir de 1910 (año de creación de la Academia Militar) hasta 1935, las riendas le pertenecen al General Juan Vicente Gómez a pesar de la fachada que adjudicaría nominalmente el poder a varios civiles. Tras la muerte de Gómez comenzaría un (quizás muy) rápido proceso de traspaso del poder que culminaría en la elección de Rómulo Gallegos en 1948, en un giro civil-militar nunca antes visto en Venezuela. No obstante, la balanza retornaría a su acostumbrada posición pocos meses después tras el golpe del 48.

Texto HéctorDiez años pasarían para un nuevo giro. El inicio de la democracia en 1958 y las elecciones del 63, y 68 representarían una experiencia nunca antes conocida por los venezolanos.

En 1963 por primera vez en la historia venezolana, se daría un cambio de gobierno (aunque del mismo sector político) sin una intervención al menos determinante, de los militares en el proceso de traspaso. 1968 sería aún más sorprendente: se daría el segundo traspaso del poder de forma consecutiva en paz ysin intervención determinante del mundo militar, ésta vez entre élites políticas distintas (AD y COPEI).

Desde entonces y hasta 1992, el país vivió un lapso en el que el poder militar dejaría de ser determinante para el ascenso y mantenimiento del poder, aunque se mantendría como un factor importante de la gobernabilidad.

Desde 1992 hasta 1998 la influencia del sector militar se incrementó y “desde ese momento los sucesivos gobiernos han dependido para su permanencia del apoyo del sector castrense” hasta convertirse en 1998 en actores principales del sistema político.

Hoy nadie duda que el ejercicio del poder político del actual gobierno así como de cualquier gobierno posterior, debe contar con el apoyo militar para su supervivencia.

Pero la militarización no se limita al regreso de los militares a los espacios de poder.

Quizás más importante es la propagación y difusión de la retórica y prácticas militares, incluso allí donde no hay militares.

En Venezuela hoy ya no hay políticas públicas, hay misiones. No hay problemas económicos, hay guerra económica. Los partidos no se organizan en comités sino en unidades de batalla, y no piden reflexión y discusión a sus militantes, sino máxima lealtad.

Las cadenas de distribución de alimentos se sustituyen rápidamente por operativos: camiones que reparten al pelotón la comida. Los adversarios políticos son enemigos, y los ciudadanos ejércitos.

Por esto una tarea fundamental de la democracia venezolana no se limita a regresar a los militares a los cuarteles, ni la subordinación del poder militar al poder civil. Es también sacar de la vida social y política venezolana la retórica y praxis militar. Para lograr esto es necesario desarrollar y consolidar una retórica y praxis civil alternativa.

Decía que la historia venezolana tiene desde este punto de vista dos lecturas: una en la que la experiencia democrática que logró la subordinación del poder militar al civil (1958-1998) es un paréntesis, tras el cual la historia retorna a su cauce “natural” a partir de 1998, asentado en la tradición, en la cultura y en el inconsciente colectivo venezolano.

La segunda lectura entiende la historia política venezolana justo al revés: como la lucha por la libertad y el dominio civil. En ésta versión, los paréntesis en lugar de encerrar, rodean el relato principal: )1958-1998(.

Demandando que el actor principal deje de ser el General o incluso el Presidente, para dar paso al ciudadano. Los ciudadanos.

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