Entrevistas

Ya el gobierno venezolano no hace el ruido que hacía antes

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Gabriela López Escalante / 07 de mayo de 2015

Entrevista a Elsa Cardozo

El discurso constante de confrontación clamado por el presidente Maduro en sus relaciones internacionales ha situado al gobierno venezolano en un tablero de ajedrez donde ha resultado un peón. Elsa Cardozo, internacionalista egresada de la casa que vence la sombra, analiza la posición actual de Venezuela y sus relaciones geopolíticas

El decreto del presidente Obama, el papel de Venezuela en la Cumbre de las Américas, los recientes trabajos de exploración de Exxon Mobile en el Esequibo y las sanciones internacionales a funcionarios venezolanos representan en la política venezolana el descalabro de una institucionalidad que trasciende las fronteras nacionales. Así explica Elsa Cardozo —internacionalista de la Universidad Central de Venezuela, docente e investigadora de esta casa de estudios y de la Universidad Católica Andrés Bello— sobre la disminución del impacto de la presencia del Ejecutivo venezolano en el panorama internacional durante los últimos 10 años.

Cardozo señala que el gobierno de Venezuela actualmente resulta un recurso útil en las negociaciones de países como Estados Unidos y Cuba. “Para el presidente Obama anunciar el ejercicio de presión sobre Venezuela es un recurso estratégico importante. Es como si dijera: estamos dispuestos a acercarnos con Cuba, pero no estamos dispuestos a permitir que las dificultades que nos está planteando Venezuela en distintos frentes sigan avanzando”. La internacionalista señala que el juego geopolítico latinoamericano ya no demuestra tanta fidelidad al gobierno venezolano, quien otrora representaba la primera fuente de ayuda económica de la zona pero que ahora se perfila vulnerable económica, social y políticamente.

08—¿Cómo se podría evaluar la reciente participación de Venezuela en la Cumbre de las Américas 2015 sobre todo en el contexto de la dinámica que se dio entre Estados Unidos y Cuba?

—Se reflejaron cambios que ya venían preparándose en la escena internacional y en la escena hemisférica. Venezuela ha cambiado, en primer lugar, en sus relaciones con Cuba, quien revela a espaldas de Venezuela cuál es el verdadero sentido de la relación en la que Venezuela se sentía pieza fundamental y pareciera que no lo es. La relación de Estados Unidos con el resto de los países latinoamericanos ha ido mejorando y se ha hecho más fluida. La presencia de Venezuela en esa cumbre fue una presencia bastante marginal, ya no solo en términos del discurso del presidente Maduro, que fue un discurso muy agresivo que contrastó con los de la mayoría de los otros presidentes, sino también por el tema venezolano: el presidente había creado la expectativa de que las sanciones del gobierno de Estados Unidos eran de una política injerencista y, sin embargo, en el momento de la cumbre ese tema quedó diluido en el marco del reacomodo de las relaciones de Estados Unidos, no solo con Cuba sino con el resto de América Latina.

—Tomando en cuenta este reacomodo de Estados Unidos en América Latina y con países aliados de Venezuela, ¿cómo se analiza la vigencia del discurso antiimperialista sostenido por el Ejecutivo?

—El tema de fondo es cómo el gobierno venezolano ha concebido la relación con Estados Unidos, por las mismas características del régimen político que se comenzó a construir en Venezuela a partir del año 1999 y al que de manera acelerada se le dio impulso a partir del año 2004. Digamos que el papel de los Estados Unidos, para este régimen, ha sido el cerco externo, el país que es un enemigo; pero, por otra parte, el país que es un socio económico muy importante. Cuando uno examina las relaciones económicas externas de Venezuela, no hay que revisar muchos datos para recordar que la principal exportación de la que depende Venezuela es Estados Unidos y es un buen pagador: las divisas frescas que llegan provienen fundamentalmente de ahí. Ese discurso tan complejo de que Estados Unidos es a la vez el enemigo y el socio económico se ha mantenido a lo largo de los años, pero en el presente se le ha hecho mucho más difícil al presidente Maduro manejar esta contradicción. Venezuela necesita más que nunca divisas en una situación económica tremendamente precaria y, además, Estados Unidos ya no es el enemigo político de su gran socio que era Cuba.

—¿Cuáles son los puntos más estratégicos para Estados Unidos actualmente en América Latina?

—Yo creo que ahí hay dos puntos estratégicamente fundamentales. Brasil, porque aún en medio de las dificultades que confronta el gobierno de Dilma Rousseff sigue siendo una referencia geopolítica importante en la región y sigue teniendo una voz que pesa en las distintas instancias de organización: desde la OEA hasta la más novedosa comunidad de estados latinoamericanos. En el Caribe tendríamos dos espacios interesantes: uno es Centroamérica y sus acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, región en la que también tenía puesta la mira el presidente Chávez en sus aproximaciones bastante polémicas y conflictivas en Nicaragua, El Salvador y Honduras. Por el otro lado, el Caribe Insular. En este, en particular el caribe anglófono, el gobierno del presidente Chávez había hecho una apuesta muy grande con la creación de la Alianza Bolivariana y Petrocaribe como mecanismos de cooperación y esa apuesta venezolana se está debilitando porque han disminuido las entregas de petróleo a las condiciones preferenciales que otorgaba Venezuela. Lo que se perfila en adelante es una situación más vulnerable del gobierno de Venezuela y, en contraposición, Estados Unidos se ha movido velozmente con esta iniciativa de cooperación energética que ya estaba preparada desde hace tiempo.

—¿Y cuáles son los beneficios geopolíticos que tendría Estados Unidos en estas zonas?

—Hay un reconocimiento de que la ayuda venezolana, en primer lugar, ha sido muy importante para las islas del Caribe. La estimación de hace algunos meses es que 40% de las necesidades energéticas de esas islas era cubierto por Venezuela. Son islas muy vulnerables desde muchos puntos de vista, en el energético en particular, y el hecho de que Venezuela les entregase petróleo en condiciones muy favorables, dando incluso la posibilidad de que se le pagara con bienes y servicios, era una ventaja enorme. El gobierno de los Estados Unidos lo que está viendo ahí es la posibilidad de sustituir esos programas de Venezuela por un acuerdo de cooperación en el cual esas islas pudieran desarrollar diversos tipos de energía. Son proyectos mucho más a largo plazo pero muy atractivos para países que se saben muy vulnerables y que han demostrado, por otra parte, frente al gobierno venezolano, que no están dispuestos a renunciar a sus propios intereses a cambio de la ayuda. Como ejemplo de eso, Guyana, en el tema de limitación, es la evidencia más grande.

—Precisamente, el Esequibo es un tema de política exterior que el Gobierno ha mantenido reservado. En marzo de este año se iniciaron operaciones de compañías extranjeras en territorio venezolano apoyadas por el gobierno de Guyana. ¿Cuál es la lectura actual del panorama?

—De algún modo, que el gobierno de Guyana se haya sentido en la libertad de la disposición y con el derecho de otorgar las concesiones que ha otorgado, que son concesiones ya no solo en la Zona en Reclamación sino también en las áreas marinas y submarinas aledañas, se explica por la actitud del gobierno venezolano. El presidente Chávez, si bien a inicios de su mandato mantuvo la política venezolana de protestar cada concesión que hizo Guyana en la Zona en Reclamación, después hizo unas declaraciones muy desafortunadas que descalificaban la reclamación venezolana. En lo que ha ocurrido últimamente que ha hecho el gobierno de Guyana hay que distinguir dos situaciones: una, el otorgamiento de concesiones en espacios de reclamación, tanto terrestres como marinos y submarinos. Pero también hay otra zona sobre la cual Venezuela declaró su soberanía, que es la proyección natural de la frontera terrestre que se ejerce desde el Delta del Orinoco y que es vital para Venezuela, porque debe proteger la salida a través de cursos de agua por los que transitan recursos estratégicos para el país, no solo la riqueza mineral natural de la región de ese corazón venezolano sino el tema del petróleo, la faja bituminosa petrolera del Orinoco. Lo cierto es que el derecho a protestar sobre la Zona de Reclamación, a no reconocer las concesiones, dejó de hacerse. Felizmente, a finales del año 2013 la Armada Venezolana hizo la captura del barco de exploración petrolera Teknik Perdana y con ello se envió una señal. Sin embargo, esa señal no se ha sostenido en el tiempo y que el gobierno no sea más firme en sus reclamos es lo que hace de esta situación algo tremendamente riesgoso para la soberanía venezolana.

IMG_9088—¿Cuál es el riesgo que enfrenta Venezuela si el Gobierno deja de protestar?

—Sería muy grave que sucediera, perder el Delta es bloquear la salida del Orinoco, la salida natural que tiene Venezuela hacia el Atlántico. Además, aunque la fachada caribeña de Venezuela está rodeada por una cadena de islas en las está casi el equivalente de lo que tenemos en territorio nacional —se estiman unos 800 mil kilómetros cuadrados— no es suficiente. La salida al Atlántico desde el Delta del Orinoco es muy importante. ¿Cómo se puede prevenir eso? Reforzando lo que no se ha hecho hasta ahora que es la tarea de los mecanismos previstos ya por el Acuerdo de Ginebra, el de la Secretaría General de las Naciones Unidas, que finalmente condujo a la labor de los buenos oficios. El otro camino es el camino judicial que es el que preferiría Guyana.

—¿Por qué entonces el Gobierno ha dejado a un lado los reclamos limítrofes?

—Son las prioridades más geopolíticas que económicas las que le importan al gobierno venezolano. Y más geopolíticas por esa obsesión de proyectar a Venezuela como un país con muchos aliados internacionales, contar con los votos de los países del Caribe en las instancias internacionales. Lo contradictorio es que ese interés geopolítico no se ha traducido en lo que geopolíticamente es esencial: la protección del territorio, de las fronteras, de la seguridad nacional amenazada hoy en día —no por invasiones precisamente de otros países— por ilícitos de diversa naturaleza como movimientos insurgentes, narcotráfico, redes criminales trasnacionales. Lo curioso es que eso se ha descuidado mientras se ha tenido un discurso geopolítico general a partir del cual se justifican concesiones y se dejan pasar por debajo de la mesa temas que habían sido de tradicional preocupación para Venezuela. Lo que esto transmite es que para el gobierno de Venezuela es más importante conseguir aliados para el ejecutivo que proteger los intereses del Estado más a largo plazo.

—¿Cuál es la imagen que proyecta actualmente Venezuela en el panorama internacional y cuál es el contraste con la representación que tuvo durante el gobierno del presidente Chávez?

—Hubo un momento, desde el gran aumento de los precios petroleros, que le permitió al presidente Chávez tener una gran plataforma en la que por su discurso movilizador de los sectores inconformes con las políticas de apertura, críticos de la política exterior de Estados Unidos lo hicieron vocero de ese gran movimiento. En el caso de la política exterior hacia América Latina, se crearon canales muy interesantes de conexión con los gobiernos más influyentes de la región: Argentina, que parecía tan lejana a Venezuela, se convirtió en un socio muy cercano; Brasil; Nicaragua y por supuesto Cuba que era la gran caja de resonancia para Venezuela. Eso cambió muchísimo. Ya el gobierno venezolano no hace el ruido que hacía antes, ya no cuenta con los aliados incondicionales que podían decir un discurso en coro sin desafinar; el discurso en Panamá fue muy desafinado. En general, el ambiente en Panamá era de comprensión de la importancia de Estados Unidos para los países latinoamericanos y de procura de acercamiento en el sentido muy práctico: negocio, empresas, inversiones. Ahí Venezuela se queda muy aislada porque sigue teniendo un discurso confrontador, en el cual el acercamiento pragmático es muy limitado: se reduce al sector petrolero y de la recepción de divisas, pero no a la apertura y a la generación de confianza para inversiones. Además, existe un ruido de fondo que son las denuncias recientes acerca de ilícitos cometidos por altos funcionarios o ex altos funcionarios venezolanos.

—¿Por qué no han sido investigadas estas sanciones por las instituciones venezolanas?

—El gobierno venezolano ha preferido descalificar al denunciante antes que investigar la denuncia. Eso ha sido un patrón de mucho tiempo. Lo que sucede últimamente, y en eso también hay una diferencia muy grande entre el presente y el pasado no tan lejano, es que las denuncias ya son muchas y son muy graves. En particular, a partir de lo acontecido en el año 2014 en materia de represión de las protestas por el gobierno venezolano, se removió una capa de sensibilidad de países latinoamericanos que es difícil dejar pasar por alto. La reunión más reciente de la Unasur, entre las dos resoluciones finales que produjo, señaló la necesidad de que la crisis política venezolana se resolviera a través del diálogo, la institucionalidad y el venidero proceso electoral. En otro momento, habría sido mucho más difícil que se propusiera esto, pero ahora es muy difícil ocultar el descalabro institucional venezolano, el tema del poder judicial, las denuncias no atendidas, casos de corrupción que proliferan en la prensa nacional. Es más difícil apagar ese fuego para el gobierno y eso sí es un cambio importante. Eso hace que la comunidad internacional tenga un papel muy importante que desempeñar en la solución institucional.

—Con respecto al decreto del presidente Obama, la premisa de Venezuela como amenaza fue utilizada por el presidente Maduro para transmitir un mensaje de confrontación que ha calado en su masa electoral. ¿Cuál es la lectura que se debe entender a partir de este decreto?

—El gobierno del presidente Maduro fue muy hábil en atrapar ese primer mensaje no solo internamente, internacionalmente generó muchos respaldos regionales porque América Latina tiene una tradición desde hace algunas décadas de rechazar medidas unilaterales y de favorecer el multilateralismo. El problema es que los propios latinoamericanos han debilitado las respuestas multilaterales porque han debilitado la fuerza política y el compromiso político con la democracia, con la corrupción y con muchas amenazas no convencionales a la seguridad. En cuanto a la interpretación del decreto, yo creo que la manera constructiva sería: está bien, quéjese de que es una medida unilateral, pero atienda el problema de fondo. Lo que le convendría al gobierno es investigar y limpiar su nombre. Pero la reacción que prevalece es descalificar a quien hace la denuncia y adjetivarlo. Además, no solo se ha desentendido sino que ha nombrado en cargos muy importantes a esos funcionarios sancionados; lo que no deja de ser, ya no digo ofensivo para el país que impone las sanciones, sino ofensivo para los venezolanos. Si efectivamente es un abuso de la instancia internacional, que se proteste, pero que primero se investigue porque es una obligación frente a los propios venezolanos.

—¿Hubo una equivocación del presidente Obama en generalizar a Venezuela como una amenaza?

—En realidad es una formalidad legal. Para que el presidente Obama tuviese la prerrogativa ejecutiva de ser él quien administrara las sanciones a estos funcionarios y la manera cómo se iba a aplicar lo que el congreso había aprobado ya como ley, debía sancionar una orden con este prerrequisito por la legislación interna de Estados Unidos. Solo declarando que hay una amenaza a los intereses de Estados Unidos, era posible aprobar estas sanciones y administrarlas independientemente del poder legislativo. No hay que ser ingenuos. Aparte de eso hubo otras razones de política interna de Estados Unidos y razones fácticas también que han hecho que tanto los opositores más radicales a Obama —que los tiene— como parte de la opinión pública de Estados Unidos, se preocupen por lo que está sucediendo en Venezuela y por lo que significan cosas como lavado masivo de dinero. Eso, naturalmente, hace a muchos norteamericanos percibir a Venezuela como un país generador de amenazas y dificultades.

—Si Cuba sigue fortaleciendo lazos con Estados Unidos y el Gobierno venezolano mantiene este discurso antiimperialista, ¿dónde queda Venezuela ubicada geopolíticamente?

—La situación es muy incómoda para el ejecutivo y para los venezolanos, porque es una situación en la que estamos frente a una política tremendamente inconsistente e insostenible en el tiempo. Para el gobierno es muy incómodo porque fue a cuyas espaldas se hizo un reacomodo que lo deja solo en el tablero: bastón de uno y de otro pero sin propia iniciativa. Pensemos en la reunión de Panamá: mientras el presidente Raúl Castro le estrechaba la mano a Obama y se producía todo aquel acercamiento, con financiamiento venezolano organizaciones supuestamente civiles hacían un ruido terrible en el foro de la sociedad civil. De modo que en ese sentido Venezuela es un recurso para la diplomacia de La Habana. Para nosotros como venezolanos es incómodo porque nos preguntamos dónde queda de verdad la soberanía, lo que conviene a Venezuela en este momento en el que todo el vecindario está haciendo ajustes de políticas económicas y ajustes geopolíticos con los demás vecinos mientras el gobierno venezolano queda aislado y encerrado en un discurso radical.

—¿Qué medidas se podrían adoptar para evitar un aislamiento político internacional?

—Las medidas comienzan por la política nacional, medidas de naturaleza interior. Venezuela está en una crisis que algunos analistas consideran presagios de una situación de crisis humanitaria, por escasez de lo más esencial, comenzando por las medicinas. El primer tema es cómo atender los problemas de escasez, de inseguridad, de la inflación. Eso supone una revisión profunda de la política económica y social del gobierno y supone sentarse a conversar con quienes haya que conversar: productores, escuchar voces disidentes, hacer una transformación de fondo. La política externa vendrá después.

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