Opinión y análisis

Del Elitismo al Pluralismo, o nuestra necesaria transición

Fotografía: Martha De Barros

Juan Manuel Trak – 28 de agosto de 2015

En la Sociología y la Ciencia Política coexisten dos enfoques sobre la manera como se distribuye el poder, a saber: Elitismo y Pluralismo. La primera asume que la sociedad se divide en dos grandes grupos; gobernantes y gobernados, y que la democracia es una ficción que enmascara la competencia de las élites por el control del Estado. En este enfoque, la mayoría de las personas están en minusvalía frente a los grupos de poder como consecuencia de su poca capacidad de organización y respuesta rápida frente al proceso político. Refiriéndose a los Partidos Políticos, Robert Michels, autor alemán de principios del Siglo XX, indicaba que “quien dice organización, dice oligarquía”, pues ello supone la existencia una organización burocrática que impide el ejercicio de la democracia interna y, en consecuencia, la dominación de las bases por parte de los líderes de los partidos (a esto lo denominó La Ley de Hierro de las Oligarquías).

Por su lado, el Pluralismo supone que el poder está fragmentado en diferentes grupos con intereses que compiten por el poder. Dichos intereses son de orden económico, ideológico y social, lo que supone que la democracia sirve como mecanismo que garantice las reglas equitativas para la distribución del poder. En el pluralismo, se acepta la diferencia y la posibilidad de que el poder esté desconcentrado, esto sin perder de vista que pueden existir grupos con mayores recursos para incidir en la distribución del poder. Así, tal como diría Robert Dahl, la política es un proceso de negociación constante que garantiza que los conflictos se resuelvan pacíficamente. En cualquier caso, la mayoría no existe sino que las decisiones se toman como consecuencia de coaliciones entre minorías diversas que confluyen sobre dicha decisión en un momento y lugar determinado. Así pues, una visión pluralista de la política implica la aceptación de la distribución del poder bajo un conjunto de reglas consensuadas en las que hay la mayor inclusión y participación posible de los diversos grupos que componen la sociedad.

Enfoque 2

Más allá de su utilidad analítica, estas visiones de la política también se reflejan la manera como las organizaciones y sus dirigentes políticos asumen el ejercicio del poder. En el caso venezolano, el chavismo asume de facto una visión elitista del poder, pues se ha convertido en una oligarquía que defiende las prebendas de las diferentes corporaciones que lo componen. Así, intereses sectoriales como los Militares, Burocráticos, Partidistas, Empresariales sustituyen la relación entre Estado y sociedad; dejando a los ciudadanos excluidos del proceso político real, es decir, del proceso de toma de decisiones públicas que realmente tiene impacto en la vida cotidiana de la gente. Si bien no se puede afirmar que el chavismo es homogéneo, el mantenimiento del poder y los privilegios que de este derivan los obliga a estar juntos. Este elitismo asume las elecciones y las políticas sociales como un mero mecanismo de legitimación de su posición de dominación; más no cree en la distribución del poder sino en su concentración. De allí que la idea de pueblo sustituya a la de ciudadano, el pueblo supone una masa desorganizada de personas con intereses difusos, carente de derechos e incapaz de organizarse. La idea de ciudadanía en la que cada uno de los miembros de la sociedad es sujeto de derechos civiles, políticos y sociales es una amenaza a su dominación, pues los ciudadanos tienen capacidad de organizarse en la defensa de sus derechos y de participar democráticamente en la distribución del poder.

Enfoque 3

En la oposición la situación es parcialmente diferente, existe un elitismo intrínseco a la naturaleza de los partidos políticos que los lleva a defender sus posiciones de representación frente una ciudadanía cada vez más exigente. Sin embargo, la heterogeneidad de intereses e ideas que componen la Mesa de la Unidad los obliga a mantener algunos mecanismos de distribución de poder, pero únicamente entre sus miembros. Así pues, también se observan estas tendencias oligárquicas en la MUD que son una consecuencia de su propia estructura organizacional y la de los partidos que la integran. Sin embargo, fuera de los límites de la coalición partidista existe un conjunto de grupos y actores sociales que desean participar activamente en el proceso de toma de decisiones pero que no encuentra mecanismos institucionalizados para llevar adelante su acción, lo que genera e incrementa la frustración de múltiples sectores sociales que ven una desmejora sistemática y profunda de su calidad de vida.

Así las cosas, el país demanda un sistema democrático con una visión pluralista; de allí la necesidad de repensar nuestra democracia más allá de una mera sustitución de élites. Un nuevo proyecto de país implica repensar nuestras instituciones políticas: lo largo del mandato presidencial, los mecanismos de revocación de mandato, la reelección de los cargos electivos y de los poderes constituidos, la representación política y la descentralización; entre muchos otros. En resumidas cuentas, un nuevo proyecto de país requiere nuevas formas de distribución de poder que sean más democráticas e inclusivas, más cercanas a los ciudadanos y que den respuestas a las demandas de una sociedad cada vez más compleja, diversa y plural.

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