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Editorial Nº 83: Lo democrático venezolano

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Lo democrático venezolano

                                                            Daniel Fermín Álvarez – 25 de septiembre de 2015

 

Merma la popularidad. Arrecia el militarismo. La relación es directamente proporcional. El gobierno del civil Nicolás Maduro, parece mentira, es hoy más militarista de lo que alguna vez lo fue el del militar Hugo Chávez. Socavadas sus bases de apoyo popular, lo monolítico de su alianza política y sus bases económicas y financieras de soporte, al régimen le queda apoyarse en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

Recordemos que esa Fuerza Armada venía actuando ya como actor político, como partido armado. Por eso es, a pesar de la Constitución y las leyes, “Bolivariana”. No es por Bolívar, eso lo sabemos. Son militares miles de funcionarios públicos: alcaldes, gobernadores, diputados, ministros, directores, presidentes de instituciones oficiales, concejales, y pare usted de contar. Hoy, el estado de excepción decretado, por ahora, en cuatro estados del país, oficializa la jefatura suprema de los militares en gran parte del territorio, lanzando a la irrelevancia a las autoridades electas por el pueblo y coartando los derechos y garantías de la ciudadanía.

Representa este avance del militarismo una gigantesca regresión que cabalga, a paso atropellado, por la primera mitad del siglo XX, con inequívoco rumbo al XIX, ese que representó lo peor de nosotros: la ruina, la guerra intestina, la reducción del pueblo a mero papel de espectador. Por un siglo nos matamos. Por un siglo fue imposible prosperar en esta tierra de gracia.

También esto moldeó nuestra relación con el poder y nuestra concepción de la política. El caudillismo, la concentración de poder, la persecución sin cuartel de toda oposición, la corrupción desmedida, la conspiración. El militarismo fue atraso, oscuridad y barbarie.

Esta situación fue la que inspiró a una generación de venezolanos a soñar un país distinto y un futuro mejor. Fueron jóvenes civiles los que desafiaron un sistema sólido y despiadado, a cuya cabeza estaba un también sólido y despiadado dictador que manejaba el país como si fuese su hacienda. En 1931, el Plan de Barranquilla pretendía, desde el exilio, ofrecer un programa alternativo, soñar el “después” en medio de la oscuridad, los grillos y la dominación militar. El primer punto, de entrada, es clave para entender la magnitud del cambio pretendido: “hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista”. El segundo punto se refiere a “garantías para la libre expresión del pensamiento, hablado o escrito, y para los demás derechos individuales (asociación, reunión, libre tránsito, etc.)”…

En nuestra sección Recomendados reproducimos un testimonio de todo esto. Se trata de “Una pequeña historia“, las conmovedoras palabras del periodista César Miguel Rondón en defensa de lo democrático venezolano, y que vienen como respuesta a las acusaciones de un régimen intolerante a la crítica, al libre pensamiento y al disenso.

En el marco del Proyecto Integridad Electoral Venezuela, Eugenio Martínez trae una nueva Baranda Electoral. En esta oportunidad, detalla la capacitación de 486 mil miembros de mesa por parte del CNE, lo relativo al sorteo y las multas que acarrea no cumplir con el servicio electoral.­

En Opinión y Análisis, Juan Manuel Trak ofrece la más reciente entrega de su columna Enfoque Político. En el artículo “Efectos del Estado de Excepción”, Trak analiza la situación excepcional en los estados Amazonas, Apure, Bolívar y Táchira y sus implicaciones electorales. Un trabajo que recomendamos ampliamente a nuestros lectores.

En Debate Ciudadano, Carlos Romero escribe “Juventud ¿Actor del desarrollo en Venezuela?”. Romero parte de la Declaración Final de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, de 2012, en la que se reconoce la importancia de incorporar a los jóvenes en el proceso de desarrollo, y prosigue a comentar la importancia de la juventud en los temas públicos y de participación ciudadana, para luego contrastar el limitado papel que las distintas iniciativas gubernamentales han dado a la juventud venezolana y la oportunidad que representa una nueva Asamblea Nacional para este segmento de la población.

¿Cuánto hemos retrocedido? Las banderas de 1931 son vigentes más de 80 años después. No se trata solamente de conocer la historia ni de lamentarnos por la regresión, sino de asumir la defensa de lo democrático venezolano y la reivindicación de una historia tantas veces maltratada por el discurso oficial, que ha hallado, y halló, suficiente eco en el opositor. Como Pedro, negamos una, dos, tres veces y más nuestra herencia democrática. Compramos la terminología oficial y la revendimos. Cuarta república, decimos. Puntofijismo, repetimos en el más peyorativo de los términos. De eso se nutre la bota, el atropello, la autocracia.

El militarismo usurpa la herencia de los libertadores mientras deja sin piso a los demócratas, desprestigiando la era democrática civil que, al final del día y sin lugar a dudas, fue el momento más glorioso de la República. No ha existido en nuestra historia mayor avance social, económico y político que en los vilipendiados “cuarenta años”. A algunos poco les importan estas cosas, piensan que la promesa de “futuro” es suficiente. Otros sí le prestan atención. Esos otros son los que se han empeñado en falsificar la historia, en reconstruirla a su antojo, a la soviética, minimizando el legado de un pueblo al que la democracia infiltró hasta los tuétanos y dejando a sus herederos en la orfandad histórica.

Ante el avance del militarismo, reivindicamos lo democrático venezolano y su perfil que, civilista, no denuesta de lo militar sino que lo dignifica en su justa medida. Así que, camino al 6 de diciembre, se descubren uno y mil significados a una elección que va mucho más allá de lo parlamentario, de la problemática del día a día, de si hay pollo o jabón, y que se ubica, también, en el plano de lo simbólico y de las viejas luchas que nunca pensamos reeditar, que creímos una vez ya saldadas: civilización o barbarie, libertad o tiranía, democracia o dictadura.  De eso, también, se trata.

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