Columnistas

La cancha electoral

Luis Salamanca – 6 de noviembre de 2015

En días pasados, el equipo Barcelona, Futbol Club, fue derrotado por el Celta de Vigo, en el marco de la Liga Española de balompié. El resultado es lo que se conoce como un categórico revés en el lenguaje deportivo: 4 goles a 1. El Barca contó con todas sus estrellas, entre otros, con el mejor jugador del mundo, Lionel Messi. Por su parte, el Celta hizo un brillante partido con buenos jugadores pero que no poseen el nivel mundial de los catalanes. Futbolísticamente hablando, el nivel del Celta está por debajo del Barca. En otras palabras, el Barca tiene un nivel competitivo mayor que el Celta y es esperable que aquel gane siempre como lo indica el historial entre ambos equipos. Pero ganó el equipo más modesto, el de menos recursos, aquel que ante el grande despliega su potencial competitivo al 100% y aprovechó que su rival, el millonario culé, jugara su peor juego de la temporada. Esto ocurre porque el Celta hizo un juegazo, las reglas son iguales para todos y el árbitro pitó correctamente.

El resultado de ese juego permite analizar el concepto de competitividad electoral de cara a las elecciones del 6D de 2015. Hay una semejanza entre la competencia futbolística y la electoral en que se enfrentan dos o más equipos. Para las elecciones del 6D, si bien hay varios contendientes, sólo dos tienen opciones de llevarse el título. ¿Por qué decimos esto? Uno porque tiene grandes ventajas en dinero y tantísimos otras ventajas institucionales; el otro porque tiene apoyo popular a pesar de no contar con las “ventajas” del otro. Lograr la preferencia del elector es equivalente al talento, grandes condiciones físicas y experiencia los jugadores de futbol profesional. Lo demás es que se respeten las reglas, que estas sean iguales para todos y que el árbitro pite correctamente.Testigo 2

La competitividad significa que cualquiera puede ganar en igualdad de condiciones. Si el Barca hubiera influido en el árbitro previamente y durante el juego, a lo mejor lograba otro resultado, pero de la forma como jugó no le ganaba a nadie. Pero tendría que haber afectado profundamente las reglas del juego y comprado al árbitro. La competitividad tiene, pues, dos aspectos: el subjetivo o personal que tiene que ver con la capacidad del aspirante al título para lograrlo; y el objetivo o institucional, relacionado a las reglas del juego justas y equitativas y con el desempeño del árbitro que no puede ser sesgado. El futbol español es competitivo por estas razones.

Las elecciones son como el futbol: dependen del talento personal de cada jugador y del accionar colectivo del equipo. Pero también depende de las reglas de juego que son iguales para todos los equipos y jugadores y del comportamiento del árbitro. En el futbol, la cancha es del mismo tamaño para las dos selecciones, no está inclinada de un lado; el arco mide lo mismo en ambos lados del terreno y siempre está en el mismo lugar (no se mueve); las faltas son tipificadas por igual para todos los jugadores; las tarjetas amarillas sancionan faltas duras contra el adversario y ofensas contra el árbitro; las tarjetas rojas sancionan faltas muy graves contra la integridad física o moral del contrario o del árbitro y conllevan expulsión; el gol consiste en meter la pelota en el arco pasando completamente la raya horizontal demarcada en blanco, y así.

El juego es dirigido por los árbitros quienes se suponen conocen las reglas y se aseguran de que todo esté en orden al inicio del juego y deben aplicar las reglas tal como las establece el Reglamento; no pueden cambiarla a capricho. Aquí entramos en la dimensión humana del arbitraje. El árbitro se puede equivocar en una decisión; también puede haber sido sobornado (ha habido casos pero son los menos y han sido castigados severamente); o puede sentirse presionado por el público o por la jerarquía de los equipos. Lo cierto es que todos los juegos transcurren y se completan con normalidad y hay equipos que ganan y pierden. Terminan dándoles la mano al árbitro y a sus adversarios y hasta el próximo encuentro.

El futbol y el deporte dependen de la competitividad del deportista más que cualquier otra actividad humana. Es decir, de su capacidad atlética para competir exitosamente pero si a alguien se le ocurriera favorecer a un deportista o a un equipo, o si un equipo grande logra cambiar las reglas del juego, poniéndole su arco más pequeño al contrario y haciéndolo más grande para sí mismo; o inclina la cancha en contra del otro, entonces es muy difícil que alguien le ganara al equipo que manipula las reglas. Si a Usaín Boylt, el corredor de 100 metros planos más rápido de la historia, le pusieran un obstáculo en su línea de carrera, o le pusieran 110 en lugar de 100 metros, a diferencia de los otros corredores, por más que sea el más rápido, no ganaría, porque tendría unos obstáculos que los demás no tienen. Y los demás tendrían, por tanto, unas ventajas que Usaín no tiene.

Testigo 5

Si el Barca hubiera inclinado la cancha, o hubiera reducido su arco al Celta, éste no lo hubiera ganado. Y si esto lo permitiera la liga de futbol entonces sería imposible para los equipos de menores recursos ganarle a los grandes; o sería imposible el futbol mismo. Por suerte, eso no es así. El futbol y el deporte suelen ser cosas serias y, salvo excepciones, se maneja seriamente.

Como en el futbol, la competencia electoral tiene unos jugadores (los candidatos) cuyo talento (competitividad personal) se mide en función de su capacidad para expresar y captar el voto del público (los electores); unas reglas del juego que en principio deben ser iguales para todos los equipos y un árbitro cuyo arbitraje debe ser escrupulosamente legal, aunque se reconoce el error humano involuntario más no el de mala fe.

Sin embargo, en las elecciones venezolanas se ha hecho costumbre que el jugador de más recursos juega en una cancha en la cual cuenta con ventajas de todo tipo que no tienen los demás. Y que suelen no tener los candidatos de mejores propuestas, o el candidato más apreciado por los ciudadanos. Y el árbitro suele tener unas preferencias por cierto equipo en lugar de arbitrar el juego para todos por igual. A veces, se ha puesto distintivos del Real Madrid o del Barca; a veces califica el juego de ciertos equipos pero sobre todo toma decisiones que le dificultan el juego a unos equipos lo cual favorece a otros.   Y hay cierto equipo que vive dándole loas al árbitro, halagándolo como el mejor del mundo, asumiendo a veces sus atribuciones o defendiéndolo de presuntos ataques de otros equipos que consisten en querer ganar el campeonato. Imaginemos que el Barca o el Real Madrid halagaran públicamente a uno de los árbitros españoles. ¿Qué pasaría?

Aún así hay que jugar, no perder por forfait como ocurrió en 2005. Y jugar como el Celta frente al Barca. Uno de los equipos juega con 12 jugadores en lugar de 11; el arco donde mete sus goles es más grande que el arco donde los opositores buscan meter los suyos; no le hacen control antidoping; el árbitro le concede penaltis que no lo son; saca tarjetas amarillas a granel contra el otro equipo opositor; expulsa del juego a varios de los jugadores contrarios cuyos reclamos no son atendidos o son considerados irrespetuosos por el árbitro quien expulsa a los reclamantes y permite las peores agresiones al equipo opositor. En esas condiciones parece imposible ganar pero puede pasar, si el equipo en desventaja hace el mejor juego de su vida.

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