Espacio plural

La política del all-in

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Fernando E. Arreaza Vargas – 5 de diciembre de 2015

La política no es perfecta, es lenta, y es lo mejor que tenemos para trabajar un país. Creo que es un error visualizar cada jornada electoral como terminante, puesto que la victoria o la derrota son solo umbrales que definen el trabajo que viene.

 

La política venezolana está en medio de una profunda crisis. Es una realidad que los problemas que aquejan a los ciudadanos están empeorando dramáticamente, lo que desemboca en peligros y oportunidades para la política en el futuro próximo. Esta coyuntura criolla se junta a un fenómeno global en la política y el poder, que podría representar el punto de partida para construir unas bases más fuertes.

Sin embargo, para precisar estas oportunidades tenemos que diagnosticar los vicios que hoy dificultan que Venezuela desarrolle una dinámica moderna en sus procesos políticos. Cabe aclarar que no pretendo identificar todos los problemas, pero si pretendo esclarecer el panorama en al menos uno de ellos. En ese sentido, voy a utilizar la única analogía que puedo encontrar cuando pienso en esta traba para nuestra sociedad: el poker.

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A nivel mundial hay millones de mesas, físicas y virtuales, donde diferentes individuos se enfrentan con las cartas que el azar les proporciona. No me considero un experto en este juego, pero lo he jugado lo suficiente para reconocer a los expertos y a los novatos. Los expertos entienden que es una carrera de resistencia; saben administrar las “manos” buenas y las malas, saben que a veces perder una ronda les permite posicionarse mejor para la próxima, saben que la clave no está en las fichas apostadas, está en la reserva que les dé estabilidad. Los expertos se toman el tiempo para estudiar a sus rivales, y las potenciales amenazas en la mesa. La paciencia es clave para el éxito en este juego. Por otro lado, los novatos no juegan al poker, el poker juega con ellos. Cuando reciben cartas malas se frustran, cuando reciben buenas se precipitan y generalmente las desaprovechan. Los novatos juegan pensando en el próximo premio, quieren resolver todas sus necesidades en la siguiente ronda, y subestiman la tarea de construir progresivamente una reserva de “fichas” que les permita seguir jugando en una mejor posición.

Bobby Baldwin, ganador de la Serie Mundial de Poker de 1978, dijo una vez “la marca de un jugador élite no es la cantidad de dinero que gana cuando está en una buena racha, es la manera en la que administra sus derrotas. No importa si ganas 30 días seguidos si en el día 31 tienes una mala noche y botas todo lo que tienes”. En pocas palabras, todo lo que toma tiempo construir se puede derrumbar en una sola sentada.

Por fortuna el poker y la política difieren en muchos otros aspectos. No obstante, la esencia de cómo abordar el juego se asemeja a cómo podemos, en principio, abordar la política. Lamentablemente, en los últimos años la mayoría de los venezolanos hemos abordado la política como los jugadores novatos abordan las mesas de juego: con impaciencia. Es comprensible que cuando las condiciones de vida se agravan día tras día la desesperación se apodere de las personas y demanden resultados inmediatos; incluso los jugadores más experimentados pueden estar ansiosos si ven que su reserva de fichas se está desangrando. Sin embargo, es en ese momento cuando tenemos que estar más activos y más pacientes.

En los últimos años hemos visualizado el siguiente paso como la victoria o la derrota definitiva. Cada elección es un punto crucial de extrema importancia, cada revés lo vemos como el final del camino. Jugamos a la política en un constante “all-in” (apostando todo), queriendo construir Roma en un solo día. Por supuesto que todo proceso conlleva un valor y debemos tomarlo con seriedad, pero no debemos ver estos eventos como una bifurcación que separa al éxito y el fracaso total. En primer lugar, esa visión ha generado que nos estanquemos en un círculo de “borrón y cuenta nueva”; los proyectos y candidatos que no lograron el objetivo final son descartados de manera radical cuando estos no consiguen ganar, incluso aunque estos hayan logrado importantes avances. En ese camino hemos perdido logros y propuestas valiosas. El descarte de opciones es una consecuencia inherente a la política, pero la idea de execrar al primer fallo todo lo que tanto cuesta construir no lo es. En segundo lugar, esta visión extrema desgasta el sistema. El poder está atravesando un proceso natural de desgaste a nivel mundial, como señala Moisés Naím en su libro El fin del poder [1]. Todos los sistemas, democráticos o no, están sintiendo los temblores de importantes cambios. Si a esto agregamos una carga emocional que disfraza la democracia en una constante lucha crucial, muy pronto las personas dejarán de ver la democracia como la respuesta a los problemas. El desgaste será demasiado. No hace falta explicar la gravedad de la premisa anterior.

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Al único actor que le conviene el desgaste y la frustración es al que controla en el statu-quo. El que tiene la fuerza. Es decir, el gobierno. El régimen actual vende cada proceso como una confrontación decisiva por dos motivos: primero, es una manera barata de motivar a sus seguidores. Segundo, porque dentro de sus condiciones ventajistas, saben que cada derrota será un golpe moral que desmotive la participación opositora en el futuro.

Por ello, es urgente que implementemos una pedagogía que nos permita internalizar que la política es un maratón, no un sprint. Y más importante aún, es un maratón sin una meta clara. La única manera de saber que estamos ganando es cuando tenemos un largo tiempo en el camino, siguiendo los estamentos básicos de la democracia. Paradójicamente en este maratón, la alternabilidad democrática (la posibilidad de que diferentes actores lideren al país) es el vaso de agua que refresca al maratonista. Este aprendizaje nos va a permitir entender que el país es mucho, mucho más que su gobierno. El cambio de cabezas no va a generar que tengamos que volver al punto de partida, puesto que una democracia y una política fuerte controlan a los gobernantes y no viceversa. En cambio, el continuismo solo frustra a la sociedad hasta el punto que no sabe si la democracia es el camino correcto.

Al escribir estas líneas todavía no conozco los resultados de las próximas elecciones parlamentarias. Pero de algo estoy seguro: estos resultados no son decisivos. Son importantes, son valiosos e incluso fundamentales… pero no definitivos. Son un paso. Quizás nos toque llevarnos el premio en esta ronda que nos coloque en una excelente posición de cara al futuro, pero queda trabajo por hacer. Quizás nos toque dividir el pote, que no cubre nuestras expectativas, pero nos deja en una mejor posición en la correlación de fuerzas.

Es evidente que nuestro repartidor de cartas no es imparcial. Por años el oponente que controla la mesa se ha asegurado de tener las mejores cartas. Pero también es evidente que su estrategia y ambición lo ha llevado a una situación comprometedora, su suerte está cambiando dramáticamente. Además, ellos mismo se condicionaron al sentarse en la mesa de cartas años atrás. Por más que amañen el juego, siempre hay un margen para que pierdan. En cualquier caso, las situaciones adversas no se revierten abandonando la mesa. Si alguien se va a desesperar y darle una patada al tablero, que sean los del gobierno. Trasladando la metáfora, nosotros tenemos que seguir jugando con paciencia a la política. Por nuestro futuro.

Creo que vienen tiempos importantes. Ninguna fuerza se acaba después del 6D, simplemente se baraja y se reparte una nueva mano. Podemos trabajarla mejor.

[1] Naím, Moisés. The End of Power. Venezuela. Editorial Melvin. 2014.

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