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Editorial Nº 99: Es la economía… ¿Y la política?

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Es la economía… ¿Y la política?

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Daniel Fermín Álvarez – 5 de febrero de 2016

¿Qué puede comprar usted con un bolívar? ¿Y con dos? ¿Con cinco?… saltemos a la más alta denominación: ¿Qué puede comprar usted con cien bolívares? Ni un café. La imagen que acompaña este Editorial, y que se viralizó por las redes sociales, ya se hizo vieja y la referencia que aspira ilustrar quedó atrás, víctima de la inflación. Un menú estudiantil cuesta mil bolívares. ¡Un millón de bolívares de los viejos! Y es una promoción, la “oferta” económica. Hace rato perdimos la pena de pagar con un billete grande, de no tener sencillo en alguna taquilla o quiosco. Según el Wall Street Journal, tres docenas de aviones de carga 747 trajeron recientemente parte de al menos cinco mil millones de billetes importados por el gobierno porque, en el país, y a pesar de la cacareada soberanía, para imprimir nuestra moneda tampoco hay, ni tinta ni papel.

Este cargamento, pese a la interpretación dogmática del gabinete económico, confirma y promueve aun más la inflación que asfixia la economía de los venezolanos. Inflación que, para Bloomberg, es causante de que Venezuela repita el penoso galardón de ser la economía más miserable del mundo. Luego de un show mediático rimbombante, cuyo telón de fondo fue la soberanía nacional, el Banco Central negocia con el Deustche Bank canjes de oro, buscando liquidez, de acuerdo a Reuters. El modelo hace aguas, y con él el país, sin que el gobierno, entrampado ideológicamente, haga nada para detenerlo. Paños calientes, medidas improvisadas, todo para reafirmar la supuesta y, de nuevo, negada, infalibilidad del gobierno. Parálisis ante el fracaso, inacción en las medidas que todos saben que hay que tomar.

Está claro, sí, que el principal problema que afecta a los venezolanos, junto al desborde del hampa guapa y apoyada (tema para un próximo Editorial), es la economía. El planteamiento económico del chavismo se agotó. No funciona con el barril de petróleo a $20. Ahora culpan al mercado petrolero de la crisis, como parte de la guerra económica mundial contra la revolución bolivariana. Cualquier sensato sabe que esto no es así.

Un déficit de caja calculado en $27.000 MM, déficit fiscal de 20% del PIB; importaciones reducidas a la mitad de lo que fueron en 2015, junto a una crisis gravísima en los servicios de agua y electricidad, 80% de desabastecimiento en medicinas y escasez generalizada pintan un cuadro lúgubre para 2016. Si además le sumamos la deuda de PDVSA, la situación es peor. La pobreza, como muestra la ENCOVI que presentamos en esta Edición, ha dado un salto estrepitoso en medio de este panorama.

Aumentarán el precio de la gasolina. Tardaron mucho. No resolverá nada. Las empresas nacionales hacen magia mientras las multinacionales empiezan a mostrar señales de estar haciendo las maletas… Sí, el problema es económico, y esto ha hecho que analistas, dirigentes y opinadores reafirmen el carácter económico de la crisis, muchas veces para, en la misma oración, destacar su carácter mutuamente excluyente con lo político. “Enfocarse en lo económico, no en lo político”, es más o menos el planteamiento.

Todo lo contrario. El problema es económico Y el problema es político. Más aún, el problema de fondo, el que nos ha llevado al despeñadero económico, es fundamentalmente político. No tiene el presidente de la República un proyecto político capaz de sacarnos de la crisis. Comentaremos más al final de estas líneas…

Abrimos la Edición con la segunda entrega de la Carta del Director. El profesor Benigno Alarcón se pregunta por cuánto tiempo más puede evitarse una confrontación que parece inevitable, a la vez que aboga por el establecimiento de reglas claras que hagan posible las soluciones institucionales que reclama el país.

Carlos Romero abre la sección Opinión y Análisis insistiendo, en su columna Debate Ciudadano, en la problemática del agua. En “El municipio y la respuesta institucional al desabastecimiento de agua”, el autor contrasta las posturas que ante la sequía han tenido las instituciones de Venezuela y Colombia. Mientras en el vecino país se reconoce al municipio como actor fundamental en la resolución del problema, con transparencia y acceso ciudadano, en Venezuela se le ignora y las instituciones centrales no logran darle respuesta a la ciudadanía.

Fernando Arreaza estrena Bitácora del Poder, su columna fija, con “El día después de mañana”. Valiéndose del título de la conocida película, el autor comenta sobre un poder que ya no es el que era, y las alternativas que se vislumbran “después de pasada la tormenta”.

En El Faro, presentamos la primera parte del más reciente artículo de Benigno Alarcón. “¿Es posible para la oposición lograr un cambio de gobierno? (I)” analiza la crisis actual y las implicaciones del nuevo balance de poder tras la elección de la Asamblea Nacional en las posibilidades de una transición democrática en Venezuela.

En Cable a Tierra, Guillermo Ramos Flamerich escribe “De la catástrofe revolucionaria a la Venezuela compartida”. El autor traza una comparación entre la Venezuela actual, la que nos ha traído a la crisis, y la que requerimos para salir adelante.

En el Espacio Plural, José Bucete nos trae “Calma y cordura”. Bucete parte del célebre consejo del presidente López Contreras para asentar su opinión sobre la actitud del liderazgo político opositor de cara a los proyectos personales y partidistas en la coyuntura actual.

Finalmente, en Recomendados, publicamos la presentación del apartado relativo a la pobreza y las misiones sociales contenido en la última Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela (ENCOVI), elaborada en conjunto por la UCV, la USB y nuestra UCAB. Este alarmante documento del profesor Luis Pedro España muestra un ascenso importante de los niveles de pobreza de la población, el abandono de las principales misiones y los distintos escenarios que se manejan para 2016. En las semanas sucesivas, presentaremos los apartados sobre seguridad personal y vivienda y sobre servicios, respectivamente.

Decíamos que el problema es económico, pero también político. De hecho, que lo político viene a determinar, en gran medida, la crisis económica que padecemos. El presidente Maduro se ha mostrado incapaz de manejar la crisis. La oposición, presta a dejar que sea el gobierno quien asuma los costos de la crisis que, ciertamente, generó su modelo, tampoco se atreve a ser quien proponga las medidas duras que hace falta tomar.

Como ya comentamos, todo esto nos tiene en un gran estado de parálisis. Hay que devaluar, pero nadie lo dice. Hay que tomar decisiones económicas de impacto, pero prevalece el chantaje que toma cualquier medida de sentido común por “neoliberal”. El discurso de Hugo Chávez sigue presente en ambos lados del pasillo político.

No puede haber divorcio entre lo político y lo económico. Una propuesta de cambio democrático en Venezuela, y la legitimidad de esa propuesta, pasarán necesariamente por la capacidad de respuesta efectiva a la crisis económica y el colapso general. Si hemos de lograr una transición hacia la democracia (derrotando la latente amenaza de una transición hacia modos cada vez más autocráticos), esta se hará sobre la base de un programa mínimo económico de carácter consensuado. La transición es, en ese sentido, doble: es política y es económica. Por allí pasaron los países del bloque soviético, por citar solamente un caso.

Acuerdos nacionales, estrategia clara, programa alternativo. Sí, el problema es económico, pero la solución pasa por lo político. Será clave la capacidad de armar un programa político incluyente, orientado a la superación de la crisis y, más allá de eso, al reflote verdadero de un modelo productivo venezolano, adaptado a los requerimientos del siglo XXI. Sin pretensiones de originalidad, las medidas urgentes las conocemos: superar el rentismo, promover la producción nacional, atención social sobre la población más vulnerable, compensación y protección de los más desfavorecidos a través de transferencias directas, más que de subsidios. Procurar financiamiento internacional, actuar con rapidez. Comunicar muy bien cada paso, cada medida, construir con la gente la salida a la crisis. Es la economía… y también es la política.

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