Opinión y análisis

Checklist para el cambio político

Opposition supporters sign a billboard during a gathering to protest against the Venezuelan government and in support of jailed opposition leaders Leopoldo Lopez and Antonio Ledezma in Caracas February 28, 2015. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins (VENEZUELA - Tags: POLITICS CIVIL UNREST)

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Benigno Alarcón Deza  – 4 de marzo de 2016

Cuando el objetivo es alcanzar una transición democrática, la coordinación entre los partidos y movimientos democráticos de oposición es una condición sine que non para lograr la ejecución de estrategias exitosas que, si bien pueden y deben variar de acuerdo con las circunstancias, obedecen por lo general a dinámicas comunes que han sido bastante bien estudiadas, y aunque su comprensión no se traduzca en recetas de fácil ejecución, ignorarlas tratando de reinventar la rueda, es garantía de fracaso.

“Las transiciones, y también las revoluciones, se dan por un motivo. Y ese motivo generalmente se aprecia después.”  

(Peter Ackerman)

En Venezuela venimos hablando, desde hace años, de la necesidad de un cambio político y, por supuesto, desde la muerte de Chávez, la elección de Maduro y el triunfo de la oposición en la Asamblea, aún con mucha más vehemencia, sin que hasta ahora el tan ansiado cambio se produzca.

Si bien es cierto que antes de la muerte de Chávez el cambio político era el motivo que dividía y polarizaba al país entre quienes veían en él la posibilidad de un cambio inclusivo, que nunca llegó pero que se permutó en la generación de una enorme red político-clientelar con una mayor e insostenible dependencia del Estado, y quienes veíamos en su proyecto irresponsablemente demagógico las semilla de lo que terminó siendo una de las peores desgracias nacionales, hoy la realidad es otra y el cambio político comienza a tomar los rasgos de un clamor general que amenaza con salirse de cauce si el secuestro institucional no permite su canalización por alguno de los medios establecidos en la constitución vigente.

buhonerosLamentablemente, como hemos insistido durante las últimas semanas en nuestra “Carta del Director”, la separación de poderes dejó de existir hace mucho en Venezuela y toda la institucionalidad cierra filas para evitar que se produzca un cambio político, mientras la crisis se vuelve inmanejable y el país pasa a un estado de emergencia en el que las acciones van ajustándose a la necesidad y vemos cómo las colas pasan, progresivamente, de “bachaqueros” que permanecen horas bajo el sol pare revender con ganancias exorbitantes que justifican el sacrificio, a venezolanos con hambre que luchan por la subsistencia propia y las de sus familias; de colas de gente paciente que hacía chistes mientras esperaba su turno para comprar, a otras que se van violentando y drenando su desesperación con insultos y agresiones a policías, guardias e incluso a quienes van a “bachaquear”, ante el temor de no entrar a tiempo para hacerse de la leche, la harina o cualquier otro producto de esos que han estado buscando infructuosamente. Pero también pasamos de la cola al saqueo, y del saqueo de los negocios, cada vez más difícil por la represión policial, al asalto al camión antes de que llegue a su destino. ¿Qué vendrá después? ¿Hasta dónde puede llevarnos la desesperación por la supervivencia?

Detener y revertir esta situación no es ya un asunto de preferencias políticas, es, textualmente, un asunto de vida o muerte. Una situación de esta naturaleza no tiene salida sino a través de cambios estructurales que son ya imposibles sin un cambio de gobierno. Estamos justamente en la coyuntura en la que los regímenes de esta naturaleza se autocratizan y mantienen el poder por la fuerza, porque ya no tienen los votos, a costa de sacrificar el país (Cuba, Guinea Ecuatorial, Siria, entre muchos otros), o se produce una transición pacífica y negociada, por los caminos constitucionales, o violenta si intentan mantenerse por la fuerza y a quienes les toca ejercer la represión deciden no acompañarles.

Ante la evidente falta de voluntad tanto del gobierno como de otras instituciones del Estado para permitir los cambios necesarios por las vías constitucionales, la respuesta debe darse en el campo de batalla político, que es el único en donde se tiene aún ventaja después de la última elección, y no a través de los canales judiciales e institucionales, en los que la Asamblea no tiene forma de imponerse. Es aquí en donde la lucha política y social necesitan darse la mano, si queremos lograr una transición pacífica y por la vía constitucional, impulsada desde la herramienta tan incomprendida y vapuleada de la resistencia civil.

Pero, ¿qué es la resistencia civil? La resistencia civil es una alternativa estratégica que ha demostrado su efectividad en muchos casos en los que la gente vive bajo opresión, lo cual obviamente es nuestro caso, y no quiere usar o no se cuenta con una opción militar viable, lo cual también es nuestro caso. En estas circunstancias la gente se vale de otras opciones, tales como los paros, las protestas, la desobediencia, los boicots, las recolecciones de firmas, etc., con el fin de revertir la dominación y subordinación al régimen autoritario.

Hoy en día, ciertamente, las personas no están dispuesta a protestar, inhibidas por los recuerdos traumáticos de las jornadas de 2014, cualquier cosa menos pacificas, gracias a una mezcla de ignorancia bien intencionada de parte de quienes protestaban y de la represión militar y paramilitar que buscaba, justamente, lo que logró: acabar con las protestas elevando el nivel de violencia, y con ella las barreras físicas, morales y psicológicas de quienes habrían participado masivamente para demostrar su desacuerdo bajo otras condiciones menos arriesgadas y cuestionables.

¿Qué se necesita entonces para que la lucha política y la resistencia civil puedan darse la mano y lograr el objetivo de impulsar el cambio político que hoy el país reclama?

De un intercambio reciente con un experto en procesos de transición, identificamos lo que podría ser un checklist que, tal como hacen los médicos cuando están en una sala de emergencia y deben reaccionar rápidamente siguiendo un protocolo, nos permite verificar y atender aquellas condiciones que pueden hacer la diferencia entre la vida y la muerte de una posible transición política:

Primero: ¿La oposición se ha unido en torno a una serie de metas y una serie de líderes? Resulta evidente que la oposición ha logrado un mayor nivel de unidad durante los últimos años, sobre todo en torno a sus estrategias y candidatos cuando un proceso electoral se acerca. Sin embargo, nos preocupa el hecho de que la falta de una estrategia unitaria y las luchas internas por el poder han originado el fracaso de muchos procesos de transición que pudieron haber sido exitosos. Los movimientos exitosos han adoptado un número limitado de metas y durante un período de tiempo han otorgado la responsabilidad y el liderazgo a una persona o lo han concentrado en un grupo muy pequeño que trabajó de manera unitaria. Sin esa unificación alrededor de líderes y metas no es posible el éxito, por lo que muchas veces el desorden y la confusión es aprovechado y estimulado desde el régimen.

Segundo: ¿Se han implementado tácticas no-violentas, como parte de una estrategia orientada a reducir el poder de dominación y subordinación del régimen sobre la población? En Venezuela hemos visto en muchas ocasiones, unas exitosas y otras no, el uso de las protestas de calle, que si bien son muy importantes, son tan solo una entre muchas posibilidades. En Sudáfrica, durante el proceso que sacó a Mandela de prisión y llevó al país a una transición democrática, los boicots (no comprar productos) a los negocios de los blancos fueron tanto o más importantes que las protestas de calle. El único límite que existe en cuanto al número de tácticas es la imaginación. Las tácticas pueden dividirse en:

o          Tácticas de comisión: Aquellas en donde se comete una acción contraria a la dominación del régimen. Por ejemplo, las protestas son una de estas tácticas de comisión.

o          Tácticas de omisión: Aquellas que se centran en dejar de hacer algo que el régimen necesita que se siga haciendo. Por ejemplo, las huelgas de trabajadores en Polonia fueron una expresión de estas tácticas de omisión.

Asimismo, debe considerarse la diferencia y mejor oportunidad para el uso de otros dos tipos de tácticas:

o          Tácticas de concentración: Que son aquellas que buscan reunir a mucha gente en un mismo lugar; y

o          Tácticas de dispersión: Aquellas en donde hay mucha gente actuando a lo largo y ancho de un territorio.

La elección entre estos dos tipos responde, principalmente, a diferentes perfiles de riesgo de riesgo de la situación. Las tácticas concentradas implican un mayor riesgo, pero también una mayor contundencia y son utilizadas normalmente en las etapas finales de una campaña, mientras que las tácticas dispersas implican un menor riesgo y se utilizan normalmente al inicio de una campaña. Asimismo, las tácticas de comisión implican una mayor exposición y riesgo, mientras que las de omisión son generalmente de menor riesgo.

Los estudios ha demostrado que los procesos más exitosos son aquellos que más han diversificado sus acciones. A un régimen represivo se le hace mucho más fácil contrarrestar una protesta en la calle si esto es todo lo que se tiene en el repertorio de lucha de un movimiento democrático. La diversificación de tácticas es una característica esencial de toda estrategia exitosa.

Opposition demonstrators take part in a protest against Venezuela's President Nicolas Maduro's government in Caracas February 12, 2014. One person was killed during standoffs at the end of an anti-government rally in Caracas on Wednesday, witnesses said, escalating the worst bout of unrest in Venezuela since protests against Maduro's April 2013 election. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins (VENEZUELA - Tags: POLITICS CIVIL UNREST)

En estos procesos, y sobre todo en el caso venezolano en donde hace algunos años vimos marchas de las más grandes del mundo, siempre se quiere lograr una mayor participación, y si no se logra sentimos que no vale la pena hacer nada. Es importante tomar en cuenta que las falsas expectativas sobre la participación pueden ser frustrantes. Lo normal, en cualquier país con una situación semejante a la nuestra, es que la mayor parte de la gente no salga a la calle a arriesgarse en una protesta. Según un reciente estudio de Erica Chenoweth y María Stephan (New York University, 2011) sobre protestas durante los últimos 100 años, se consideran porcentajes de alta movilización aquellos que alcanzan al 3% de la población. Con estos porcentajes de movilización, se logran los objetivos de la protesta en una proporción que supera el 50%, lo cual es un porcentaje de éxito muy elevado.

Para que ello sea posible, es esencial que las tácticas utilizadas sean no-violentas a fin de reducir las barreras físicas, morales y psicológicas, y aumentar así la participación general de la población a fin de lograr en el mediano y largo plazo elevar los costos de la represión. Ello, generalmente, origina la deserción de actores claves del régimen que no están dispuestos a mantenerse en el poder empeorando su situación al incurrir en la violación de derechos humanos por el uso de la violencia contra personas que reclaman sus derechos.

Cuando, por el contrario, se usan tácticas violentas, se corre el riesgo de que un proceso evolucione como el de Siria. En Siria se inicia, en 2011, en medio de lo que se conoció como la Primavera Árabe que permitió la democratización de Túnez,  un movimiento de resistencia civil que no se manejó adecuadamente y se tornó violento, lo que sirvió al Presidente Assad como excusa para iniciar una ola represiva que terminó en el genocidio de al menos unas 250.000 cuando una parte del ejército sirio desertó y comenzó a luchar contra el resto del ejército de Assad, dominado por los alauitas.

Tercero: ¿Existe un plan estratégico que organice una secuencia de tácticas en el tiempo con un objetivo claramente definido? Dwight Eisenhower solía decir:  “Los planes son inútiles, la planificación es vital”. Una estrategia no puede estar basada en una táctica única, sino en una combinación inteligente de tácticas que se van ajustando de manera permanente a la realidad creando un efecto acumulativo que permite alcanzar el objetivo.

Cuarto: ¿La tasa de participación de los ciudadanos a favor de un cambio está creciendo o disminuyendo? Una cosa es que la gente esté de acuerdo con el cambio político y otra muy distinta es que la gente esté participando a favor de su consecución. Lo primero es solo la expresión de un deseo, lo segundo consiste en estar haciendo algo para lograrlo. El estar de acuerdo no produce ningún cambio, la acción es necesaria para que concretarlo. El problema es que la gente normalmente no sabe que hacer para lograrlo y es necesario el liderazgo, la conducción política que le indique a la gente qué hacer, cómo participar, cuál es su rol en la construcción de las condiciones para materializar tal cambio.

Otro error común es que solemos limitar y equiparar la participación con la protesta cuando en verdad la participación y la resistencia civil pueden tener innumerables expresiones, como ya señalábamos anteriormente. El liderazgo que pretende impulsar un proceso de cambio político tiene que darle a la gente cosas que hacer, cónsonas con la realidad del momento y que les permita expresar lo que sienten y su voluntad de manera clara e inequívoca. Por ejemplo, en el caso de Egipto, que fue una transición fallida por las malas decisiones posteriores del gobierno electo de los Hermanos Musulmanes que pretendió instalar un nuevo autoritarismo al tiempo que elevaba los costos de tolerancia del sector militar, el proceso de resistencia civil de la gente se inició por una recolección de 15 millones de firmas. Táctica ésta de muy bajo riesgo, lo que no implica que sea la más adecuada en el caso de Venezuela, en donde tenemos la experiencia negativa de la lista Tascón. Pero lo importante de este ejemplo es que, entre la gente que se involucró y se atrevió a firmar contra el régimen, algunos se animaron a tomar el siguiente paso y salieron a la calle en olas progresivamente crecientes que alcanzaron los 10 millones de personas, lo cual generó la separación del sector militar del gobierno de Mubarack, forzó su renuncia, y logró la convocatoria a elecciones después de 30 años en el poder.

El problema es que la gente ve la resistencia civil únicamente en forma bipolar: protestar o no protestar. Así que cuando se habla de resistencia civil, mucha gente dice: “No, la gente no quiere salir porque tiene miedo.” Es importante tener claro que la resistencia civil no es igual a protesta no-violenta. La protesta no violenta es una táctica dentro del repertorio de la estrategia de resistencia civil.

Cinco: ¿Qué se esta haciendo para mitigar la represión? Cuando un autoritarismo competitivo, como el que gobierna a Venezuela, pierde su piso político y no puede sostenerse en el poder por la vía electoral, comienza a depender, esencialmente, de la represión. Ello explica el por qué se privilegia cada día más al sector militar en el gobierno, a un nivel tal que gobierno y Fuerza Armada se confunden hoy como lo mismo, y de ahí el importante nivel de deterioro de su imagen en los estudios de opinión. De esta situación se deduce la inequívoca intención de usar la represión necesaria para evitar cualquier cambio en el control del poder.

Esta situación obliga a la oposición a considerar los medios necesarios para lidiar con la amenaza represiva, y para ello la experiencia internacional ha identificado diversos mecanismos que han resultado exitosos. Por ejemplo, en el caso del proceso de transición de Polonia, los sindicatos de trabajadores de los Estados Unidos contribuyeron con fondos para apoyar a los huelguistas y protegerlos financieramente mientras el paro se extendía y el gobierno se negaba a pagar sus sueldos.

Lidiar con la represión implica consideraciones que van desde el diseño de las tácticas en las que la gente se involucrará, tales como la consideraciones entre tácticas de comisión u omisión, concentración o dispersión, hasta iniciativas que tienen que ver con la participación de organizaciones y observadores de derechos humanos nacionales y extranjeros en las movilizaciones, la exposición de los nombres y rostros de quienes reprimen, sometiéndolos no solo al escarnio público sino identificándolos y grabando los eventos que servirán para emprender posteriores juicios dentro o fuera de Venezuela si incurriesen en la violación de derechos humanos. Negociar con la comunidad internacional la imposición de sanciones inteligentes y personalizadas contra quienes ejercen la represión y contra el gobierno que la patrocina. En otras palabras, y como hemos dicho en muchas ocasiones anteriores, elevar el costo de la represión estatal y paraestatal.

Sexto: ¿Se está trabajando activamente para lograr la deserción de actores vinculados al régimen? En una situación como la actual, no todos quienes forman o han formando parte del régimen tienen el mismo nivel de responsabilidad en lo que sucede, ni comparten la tesis de mantenerse en el poder por vías distintas a la electoral. Muchos de estos actores, de hecho la mayoría de ellos, tienen el derecho a su propio espacio en el espectro político posterior a una transición, tal como sucedió con el PRI después de la transición mexicana, los conservadores después de la chilena, e incluso el fujimorismo que podría volver a la presidencia del Perú en la próxima elección. Este espacio en la vida política, después de una transición, no puede ni debe ser negado a quienes se mantuvieron jugando con las reglas democráticas, pero no debe ser jamás permitido a quienes se niegan a respetarlas y hacen llamados a sostener al gobierno por la violencia. Esos actores deben pagar por sus delitos dentro de un proceso de justicia transicional que debe ser manejado de manera justa y oportuna, para que sea justicia y no una burda retaliación que nos pondría al mismo nivel de todo lo que criticamos y luchamos por remover.

La deserción a la que nos referimos, no es la deserción de sus ideas, opiniones y principios políticos, a los que toda persona tiene el más sagrado derecho, es la deserción de un régimen cuando éste se sale de la institucionalidad democrática y pretende mantener el poder por otros medios. Esta deserción, que implica el apego de actores del régimen a los principios democráticos, pasa por una diversidad de actores políticos, sociales e institucionales, que casi siempre implica un proceso de comunicación que se impulsa desde la oposición, pero que una vez iniciado suele moverse muy rápidamente, produciendo un efecto cascada que termina acelerando los cambios, a veces a ritmos insospechados y hasta sorpresivos.

4432En este sentido, el dialogo y la negociación son aquí elementos esenciales, que deben comunicar dos mensajes muy claros. El primero, nosotros no participaremos en nada que pueda hacer peligrar la vida de ustedes o la nuestra, pero vamos a hacer todo lo necesario para lograr el cambio que la sociedad reclama y materializar una transición, que es ya inevitable. El ritmo de la deserción de actores del régimen será siempre proporcional a la percepción de pérdida de control del régimen y la inevitabilidad de una transición. El segundo mensaje, como comentábamos anteriormente, es el de que aquí hay un espacio para quienes jueguen limpio durante este proceso de transición y cambio político, que es ya inevitable y necesario.

Estos dos mensajes deben conformar el núcleo de la comunicación de la oposición hacia quienes se identifican con el “chavismo”. Es común que muchos procesos de transición no terminen por concretarse porque muchas actores políticos, sociales, e incluso institucionales, se quedan donde están porque no vislumbran qué harán después de un posible cambio, o porque sus costos a tolerarlo son extraordinariamente altos. Es importante hacerles entender que mientras  más desertores potenciales emerjan al mismo tiempo, más fácil será negociar un acuerdo con credibilidad y garantías que permita el cambio con menos traumas y menores costos para todos. La comunicación, en este sentido, no puede ser contradictoria entre voceros de la oposición, sino que tiene que ser coherente y acumulativa a lo largo del tiempo, reflejando avances en la construcción de una agenda de transición. Las probabilidades de éxito serán proporcionales a la cantidad y calidad de la comunicación que se tenga con quienes son desertores potenciales del ala radical del oficialismo que está dispuesto a mantener el poder por la fuerza.

Séptimo: ¿Está incorporado en todo este sistema una visión de cómo sería un futuro posible y estable después de la transición?  “Las transiciones, y también las revoluciones, se dan por un motivo. Y ese motivo generalmente se aprecia después” (Peter Ackerman). Cuando Chávez llega al poder en 1998 e inicia la transición hacía un régimen distinto, existía un rechazo generalizado hacia el estamento político que se había alternado en el poder desde la caída de la dictadura militar de Pérez Jiménez, en 1958. Este rechazo y deseo de cambio se originaba, al igual que hoy en día, de la percepción generalizada sobre la corrupción de algunos gobernantes, mientras que las clases menos privilegiadas económicamente se sentían excluidas del sistema. Esto generó las condiciones para que Hugo Chávez llegara al poder después de un intento fallido de golpe de estado, que le convertía en la encarnación misma del anti-partidismo, impulsado por un discurso populista que apuntaba a capitalizar dos poderosos motivadores del voto: la remoción de las élites gobernantes y la inclusión de los menos privilegiados.

Hoy en día, a los niveles de pobreza y la percepción sobre la corrupción generalizada, que vuelven a ser los más altos, se suman niveles de escasez e inflación que no habían sido jamás vividos en Venezuela, lo que contribuye, no solo a alimentar una demanda de cambio, sino a darle el sentido de urgencia que todos percibimos. A esto solo falta sumar una visión que, sin subestimar la inteligencia de la gente, legitime e impulse el cambio propuesto diciéndole a la gente cómo sería ese futuro mejor para todos después de una transición democrática, y cómo se construiría.

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