Opinión y análisis

La democracia de los números

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Fernando Arreaza Vargas – 16 de septiembre de 2016

La democracia es una palabra compleja. Hay definiciones, sí. Entendemos razones y alternativas, también. Sabemos sus pilares básicos e incluso muchos de los tiranos más crueles se disfrazan detrás de ella, puesto que hasta ellos entienden qué tan profundamente arraigada está la idea en todos nosotros.Sin embargo, en el debate diario, en las conversaciones de cada tarde, las discusiones familiares y hasta en los discursos de la mayoría de los políticos solo arañamos la superficie; se repiten las palabras de moda hasta que se conviertan en lugares comunes.

Una de nuestras primeras tareas debe ser elevar la conversación política. No se trata de “empoderar al pueblo”, ni de obligar a las instituciones a que escuchen todo lo que tenga que decir cada persona, ni se trata de satisfacer cada demanda que tenga cada ciudadano o cada comunidad. Se trata de crear las condiciones para que desde cada hogar y cada escuela la gente comience a conversar de la democracia de una manera realista, para que la mayor cantidad de hombres y mujeres sepan distinguir entre un político y un farsante.

Lo primero que tenemos que hacer es separar la democracia como ideal y como sistema. Mientras que los ideales democráticos se relacionan con nuestra manera de vivir y convivir, el sistema es esa estructura moderna que controla el sufragio, la participación y las instituciones públicas. Es en este punto cuando nos debemos preguntar ¿En cuál de los dos frentes debemos trabajar primero para mejorar el otro?
Para ello, nos tenemos que remontar a un debate milenario. Uno que pone en esquinas opuestas a pensadores como Aristóteles y Platón, o muchos años después a Dewey frente a Lippmann. Parte de los pensamientos de estos cuatro pensadores, juntos a muchos otros, giran en torno al rol que debe tener el ciudadano en las decisiones políticas. Platón y Lippmann en sus escritos advierten las limitaciones que tienen y deberían tener las personas en la toma de las decisiones públicas, mientras que Aristóteles y Dewey conceden mayor importancia al rol que cada persona debe tener en la sociedad.

imagesEl simple hecho de poner en duda las bondades de una mayor participación ciudadana en la política probablemente produzca resquemor en la mayoría de nuestros conocidos. En los últimos 20 años el chavismo demonizó cualquier otra cosa que no fuera la democracia participativa, así como demonizaron otras tantas cosas y solo lo hicieron como parte de la estafa discursiva. Más allá de lo anterior, yo creo en la democracia participativa como el método más apropiado para mejorar como sociedad. Sin embargo, hay trabas y obstáculos que tienen estancada esa propuesta como solución. Entonces es pertinente revisar lo que los defensores de la democracia representativa afirman, aquellos que opinan que la mayoría no está interesada ni tiene la capacidad para decidir. De esta manera quizás podamos identificar los puntos débiles que permitan formular mejores estrategias de participación política.

En primer lugar nos topamos con el dilema de los números. La democracia clásica promovía la participación en aquellas ciudades-estado que contaban su población en miles y la mitad eran esclavos sin derechos políticos. Entonces, era mucho más sencillo reunir a los individuos aptos para disertar sobre los problemas y llegar a un consenso. Los ideales participativos clásicos eran posibles bajo esas circunstancias, pero hoy no es así. El Pluralismo y Elitismo como propuestas aparecieron como respuesta a un dilema que crece con el tiempo: ¿Cómo balanceas la participación política con la eficiencia gubernamental? Es impensable un modelo en el que todos tengan voz activa para acordar un consenso cuando somos millones de personas.

Los aportes de otros pensadores y los avances de la humanidad se combinaron con los ideales clásicos para darle forma al sistema democrático que conocemos: la participación representativa, individuos electos que debían obtener la aprobación de sus iguales para tomar las decisiones por un determinado período de tiempo.

A medida que se instauró este modelo, el surgimiento de la burocracia y la racionalización de los procesos, aparecieron las herramientas para medir la opinión pública de una manera efectiva y costeable. Las encuestas, en un principio rudimentarias, se refinaron hasta el punto de convertirse en el método favorito de medición. La autora Susan Herbst explica en sus textos cómo los expertos se centraron en estudiar la medición y dejaron de lado los estudios sobre el concepto, tanto así que provocó que la encuesta de opinión pública terminase sustituyendo al propio concepto de opinión pública.

Herbst identifica dos patrones en el desarrollo de las encuestas y los métodos de participación política. Aunque advierte que el significado de opinión pública está determinado por su contexto, la línea histórica revela dos tendencias: la privatización y la estructuración de la participación. Para ilustrar estos cambios ella hace un contraste entre las manifestaciones públicas, los debates en los salones y cartas a las instituciones contra las elecciones, los cuestionarios cerrados y la programación de los medios masivos políticos. Aunque las primeras siguen existiendo, perdieron terreno antes la eficiencia y alcance de los segundos.

Entonces aparece el siguiente dilema: el diseño de las nuevas herramientas ciertamente busca incluir de todos, pero a su vez disminuye la calidad de su participación en la política.

En este punto es cuando nos preguntamos si es factible y es necesaria la participación activa de todos los miembros de la sociedad. En cuanto a la factibilidad ya vimos que se necesitan nuevas ideas. Algunos pueden argumentar que las redes sociales son una manifestación de un progreso en esa dirección; puede ser, pero en mi opinión la herramienta ya sufrió un proceso natural de colonización. Aunque todos podemos expresarnos, los líderes de opinión siguen apareciendo y la distancia entre la influencia sobre la opinión pública que tiene la cuenta de twitter de CNN y la de una persona corriente es similar a la de la programación televisiva de la cadena de noticias y la del individuo gritando en una plaza.

En cuanto a la necesidad, volvemos al debate de Lippmann versus Dewey. Lippmann defiende el rol limitado de los miembros corrientes de la sociedad argumentando que la gran mayoría de la gente no está capacitada ni interesada en participar en las grandes decisiones. En principio, Lippmann explica como los estereotipos en todos nosotros son tan fuertes que están hechos para defender nuestro lugar en el mundo, lo que ocasiona que cada individuo luche por sus intereses y no por el bien común. Entonces es mejor tener un grupo de representantes electos que decidan bajo las demandas de todos, lo que resultaría en decisiones más justas por la necesidad de aglutinar la mayor cantidad de voluntades. Otro argumento para el bando de Lippmann es la preparación de cada persona para participar. Incluso en las encuestas modernas, las políticas públicas frecuentemente están cargadas de respuestas sin fundamento. En un estudio se le pregunta a un individuo su opinión sobre si se debe aumentar o no el gasto público, y aunque el sujeto carezca de la información apropiada para tomar esa decisión responderá en base a sus experiencias sin considerar otros aspectos. Este bando propone el gobierno de los expertos, que saben mejor lo que le conviene a la sociedad.

images-1Dewey tiene mayor confianza en la participación ciudadana. En una de sus frases expone que quizás la mayoría de la gente no es sabia, pero hay algo que sabe mejor que todos los expertos: los problemas que enfrenta. Dewey propone un ideal en el que la participación ciudadana comienza en cada comunidad, en cada casa, en cada escuela. El debate en sus propias parcelas los nutre para crecer intelectualmente y poder ser parte de las grandes decisiones con el fundamento suficiente. En cuanto al interés de la gente, su tesis nos dice que la gente no es que está desconectada porque no tiene interés; más bien está desinteresada porque no le permiten conectarse. Dewey opina que la participación fomenta más participación y permite a las personas desarrollarse. Mediante la participación, los ideales democráticos se adhieren a los huesos.

Aquí es cuando nos preguntamos: ¿Cómo estimular la participación real y productiva?
Las asambleas locales, las redes sociales, los proyectos parroquiales y otras fórmulas son intentos puestos en práctica desde hace tiempo, pero siguen siendo incompletos. La educación política en las escuelas puede ser una propuesta, pero seguramente antes ha sido formulada. Dewey propuso democratizar los grupos en cada comunidad (la iglesia, las escuelas) para desarrollar la mentalidad democrática participativa de las personas. Sin embargo, pareciera que hace falta un paso anterior que permite poner en marcha esa dinámica.

Creo que las falencias que identificaron Lippmann y otros autores son el punto de partida para encontrar mejores caminos.

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