Espacio plural

Protesta: Disciplina y orden es la nota

Foto: Carlos Garcia Rawlins, Reuters

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Pedro González Caro  –  26 de mayo de 2017

“Calle, Calle, Calle” es el grito casi unánime que se oye en las protestas. “No hay retorno” dicen otros. Sin lugar a dudas, la protesta de los ciudadanos es un poder muy fuerte y la capacidad de canalizar ese poder ha demostrado en diversas oportunidades que conduce a cambios sociales y políticos que la gente exige.

Bajo el nombre de las revoluciones de colores, se han identificado una serie de movilizaciones políticas en el espacio ex soviético, en la Europa oriental en los años 2000, llevadas a cabo contra líderes autoritarios acusados de prácticas dictatoriales, violaciones de DDHH, amañar las elecciones o de otras formas de corrupción.

Todas estas manifestaciones populares tienen como común denominador la acción no violenta. Una segunda característica distintiva de esos movimientos fue el rol protagónico que tuvieron en su oportunidad los líderes políticos. El triunfo de cada uno de estos movimientos ha sido variado, pero su eco se ha hecho sentir en todo el espacio ex-soviético, donde líderes como Vladímir Putin, en Rusia, o Alexander Lukashenko, en Bielorrusia, han tomado medidas preventivas para impedir su extensión.

Foto: Panorama

La no violencia “pura”, como forma de manifestación popular, no existe.  “No podemos exigir un comportamiento pacífico y legal de los ciudadanos si el Estado toma decisiones que no están de acuerdo con la ley”, expresó la Fiscal General, Luisa Ortega, desde su despacho en Caracas durante una entrevista para el diario The Wall Street Journal.

Hannah Arendt también opinó sobre las manifestaciones no violentas: “Si la enormemente poderosa y eficaz  estrategia de resistencia no violenta de Ghandhi se hubiera enfrentado con un enemigo diferente, la Rusia de Stalin, la Alemania de Hitler, incluso el Japón de la preguerra, en vez de enfrentarse con Inglaterra, el desenlace no hubiera sido la descolonización sino la matanza y la sumisión”.

Claramente, ambas hacen un poderoso llamado de atención sobre las características del poder opresor contra quienes se enfrentan los no violentos. Ciertamente, sería absolutamente iluso y hasta irresponsable pensar que el opresor va a cumplir las normas y permitirá a los protestantes manifestarse “siempre que lo hagan sin violencia”. Las reacciones de los ciudadanos ante los abusos, las prácticas agresivas y el uso desproporcionado de la fuerza para dispersar las manifestaciones serán muy variadas. En ese proceso se corre el gran riesgo de comenzar una lucha en la que el objetivo de lograr las reivindicaciones se dispersa y la organicidad de las protestas en función de una línea estratégica se pierde, para ceder el paso a una respuesta impulsiva en la que el objetivo de vencer al opresor y doblegarlo es prioritario. En ese momento la protesta se pierde en la maraña de la desorientación y surgen divergencias en las posturas de los protestantes sobre tales acciones. Entonces la  enormemente poderosa y eficaz  estrategia de resistencia no violenta a la que Hannah Arendt se refería, pierde su esencia. Varias veces eso ocurrió en la India en cada ocasión fue necesaria una intervención oportuna del líder para recordar la razón de su lucha y reorientar la direccionalidad estratégica del proceso.

En un artículo anterior, “El mundo que queremos”, ya hacía referencia a esta circunstancia. Sin duda, estamos enfrascados en una lucha sin cuartel por salvaguardar los más sublimes principios de Libertad. La lucha es dura, en ocasiones cruel y despiadada, así que corremos el gran riesgo de que, bajo el fragor y la intensidad de la lucha, olvidemos la esencia misma de nuestra motivación.

En los días recientes hemos visto como algunos ciudadanos ya hastiados de tanta  indiferencia oficial y de más de 40 días de protestas, sin aparentes resultados, han decidido enfrentar al opresor con acciones que, según su apreciación, podrían precipitar el desenlace a favor de la libertad y de la democracia. Varias ciudades del país están auto-sitiadas y los mensajes por las redes sociales invitando a unirse a la “valiente” cruzada que ya algunos han emprendido corren sin cesar.

Es imperativo recalcar que el éxito de la lucha no violenta no está precisamente  en dejarse golpear y humildemente ofrecer la otra mejilla para seguir siendo golpeados. El éxito de las estrategias no violentas, para reclamar reivindicaciones y exigir las libertades ciudadanas, está, en primer lugar, en  el orden y la disciplina y en segundo lugar en mantener la direccionalidad estratégica que garantiza que los sacrificios no serán en vano y el esfuerzo  mantendrá la orientación que efectivamente apunta al logro de los objetivos.

No se trata de un falso dilema de protestar o abandonar la calle. De lo que hablamos  es de mantener la disciplina en la búsqueda estratégica de un objetivo que solo podrá ser alcanzado en la medida en que nuestras acciones estén sistemáticamente ordenadas y cumplidas en forma coherente, porque la mayor fortaleza de un pueblo, frente a  organismos opresores, está en la unidad de acción. El mayor desafío que afronta la dirigencia de un movimiento no violento  esta en asumir la gran responsabilidad de evitar a todo trance la repolarización entre quienes creen en acciones más radicales y aquellos más moderados que optan por la no violencia. El momento histórico exige de los dirigentes posturas ejemplares para orientar y direccionar el esfuerzo en el sentido correcto. Quiero despedirme citando a Mark Twain, para estimular la reflexión de los líderes de las manifestaciones: “No podrás equivocarte, si haces lo correcto”.

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