Editorial

Editorial N°166: El héroe interior

Foto: Reuters / Carlos Barria

Editorial N°166:

El héroe interior

Elvia Gómez

El agobio que ha tomado con velocidad y fuerza creciente la cotidianidad de la enorme mayoría de los venezolanos les hace sentir dentro de una película…de horror. La ficción, sea cinematográfica o literaria, brinda a los seres humanos la enorme dimensión de lo posible, sin  necesidad de vivirlo, y especialmente, sin sufrirlo. He allí su enorme atractivo y también su utilidad. Ese sentimiento que está activo desde muy temprana edad, como es la empatía, ayuda a proyectarse y prever, aproximadamente, cómo reaccionaría cada uno ante hechos reales de similar calibre.

Si se revisa la filmografía sobre distopías futuristas, así como las dramatizaciones de hechos históricos sobre las experiencias comunistas en el mundo, será inevitable para los venezolanos de hoy encontrarse retratados en múltiples aspectos. De allí que cuando llegó al país el film alemán “La vida de los otros” (Das Leben der anderen-2006), la gente recomendaba a sus amigos ver “La vida de nosotros”.

Pero la ficción no ofrece a los venezolanos que viven y sufren el autoritarismo chavista-madurista sólo referentes para la angustia. El país ha sido llevado, por la fuerza y la violencia del Estado, a un umbral totalitario y el peligro real de traspasarlo irremediablemente es cada día –o cada hora– más palpable. En este espacio se habló dos semanas atrás de la diáspora que huye del país, que ya pasa de los dos millones de personas, mayormente jóvenes. Pero el territorio nacional alberga a cerca de 30 millones de almas, no todas podrán ni querrán marcharse. ¿Qué les espera?

La certeza de que lo que el Gobierno de Nicolás Maduro impondrá será muy parecido al modelo que impera en Cuba desde hace casi 60 años sume a la colectividad en la desesperanza. Desde el pasado mes de abril, los venezolanos han dado una pelea en las calles contra un régimen que dilapida ingentes recursos públicos en sofocar la disidencia y los reclamos de democracia. Pero el campo en el que los venezolanos están llamados ahora, de manera más urgente, a librar una batalla es en el interior de cada uno. Es una lucha introspectiva, vital, por la supervivencia del espíritu. ¿Son los venezolanos del presente ciudadanos o solo “pueblo” que es instrumento del proyecto político?

La jornada cívica del 16 de julio –hace apenas un mes– no se circunscribe a los 7,5 millones de personas que votaron en el plebiscito que rechazó la asamblea constituyente espuria. Involucró a muchísimas más personas que coadyuvaron a hacerlo realidad, incluyendo a extranjeros a los que les duele esta sociedad de la que forman parte. ¿Ese espíritu y convicción que materializó una proeza que ha ganado la admiración mundial se disipó en 30 días? No parece posible, porque tampoco surgió de la nada, siempre ha estado allí a la espera de un mensaje y un propósito que active los resortes del sentido crítico, de donde sale la fuerza para enfrentar al poder. Evidentemente, todavía los valores democráticos y de paz son mayoritarios en la población venezolana.

En 1946, en el inicio de la post guerra, Frank Capra dirigió una película que se convirtió en un clásico de Hollywood, repetida y repetible en cada Navidad también en Venezuela. “Qué bello es vivir” (It’s a wonderful life) es la historia de un hombre que en una circunstancia extrema considera quitarse la vida, pero un ángel enviado a tratar su caso para ganarse las alas y entrar al cielo, le acompaña a desandar los hechos, como un espectador, y le muestra lo que habría sido de su entorno si se cumpliera su deseo de nunca haber nacido. Así, lo que había sido un pueblo próspero con él existiendo, y ejerciendo su ciudadanía, se le mostraba como un reflejo desventurado, entristecido y pobre. Entonces, viendo cómo lo que él había considerado una existencia inútil había impactado de formas inimaginables para el bien, pidió al ángel que le concediera el deseo de vivir de nuevo.

Cambiando lo cambiable, la película de Capra, quizás algo ingenua para los tiempos que corren, puede servir de inspiración para la evaluación que los venezolanos deben hacer en estos momentos tan aciagos. Sobre todo desde que se patentizó más la deriva autoritaria del régimen y sus perniciosos efectos sobre la economía nacional y familiar, los venezolanos vuelven sus ojos hacia afuera, buscando en otros el mensaje que les devuelva la esperanza perdida. Es común minimizar la importancia y el efecto transformador de los actos individuales, cotidianos, en la lucha por preservar la democracia, y ella comienza por los espacios más íntimos y familiares, que son el más resistente amparo para los valores. Eso comienza dentro de cada uno, en el combate interior, por ejemplo, para no caer en comportamientos delictuales propiciados por un sistema deletéreo cuyo propósito es pervertir y acabar con el honor y la dignidad.

Si miramos con atención, en Venezuela la acción de resistencia individual y moral de las personas ha adquirido dimensiones colosales. Baste citar las redes solidarias sin fines de lucro que han surgido, casi espontáneamente, para la consecución de medicamentos en tiempo récord. Salvan vidas, y todo tuvo su origen en un tuit. Imaginen por un instante, como en el guión de la película, que ese mensaje nunca hubiera sido enviado. Es, pues, recomendable hacer ese ejercicio introspectivo para todos los actos de la vida en este país abatido. Primero, hay que evaluar la propia fortaleza interior, de lo que se es capaz y a lo que se está dispuesto; luego, cómo esos pequeños gestos, actos y omisiones, aparentemente triviales, sí pueden hacer la diferencia en la dura pelea que la sociedad venezolana todavía tiene por delante.

Hay en Venezuela millones de personas que resisten cotidianamente, sin tener que sentir vergüenza por lo que hicieron cada día. Son personas conscientes de su dimensión única, de que son individuos, ciudadanos que ponen en práctica su acervo moral para enfrentar el poder. No son héroes en el sentido estricto de la palabra, pero sí son protagonistas de una obra personal, familiar y profesional que, articulada en una red de seres que actúan en el mismo sentido, hacen historia.

El reto más inmediato en el país es el de superar las barreras del discurso oficial del amigo/enemigo que ha fracturado a la sociedad, vencer los parámetro de igualación por lo bajo y mantener vivo el ánimo de aspirar, legítimamente, al ascenso social y económico, al reconocimiento y la excelencia intelectual con el estudio. En suma, no rendirse ni resignarse. Es dentro de cada uno donde el régimen debe tener la primera gran derrota para que, al final de la lucha, Venezuela pida como sociedad democrática vivir de nuevo.

@ElviaGomezR

18 de agosto de 2017

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