Espacio plural

Barquisimeto, ciudad ideal

José Ignacio Guédez

27 de septiembre 2017

Cuando Alfredo Ramos me pidió que coordinara la comisión de su programa de Gobierno en la campaña a la alcaldía de Barquisimeto, en 2013, al principio dudé de la conveniencia de enfocarme en el aspecto programático en vez de asumir la jefatura política de campaña que había ejercido en los procesos anteriores que nos habían llevado a los predios de esa victoria que estaba por concretarse. Sin embargo el argumento del candidato era irrebatible: “Tenemos que prepararnos desde ya para gobernar”.

En este caso, el programa de gobierno no se trataba de un requisito más, sino de un plan concreto con una estrategia clara para asumir la alcaldía en las peores circunstancias y levantar una gestión en el menor tiempo posible. La elección municipal previa había dejado ya a Ramos a las puertas de esa alcaldía cuando obtuvo más del 40% de la votación a pesar de haberse enfrentado al partido oficial en su mejor momento histórico, además del factor divisionista que representó la candidatura de la exprimera dama de la República, Marisabel Rodríguez, apoyada por varios partidos de oposición. Es por eso que los más de 140.000 votos obtenidos en 2008 sin unidad y contra un verdadero monstruo electoral, auguraban el triunfo que cinco años después estaba por materializarse.

Inmediatamente convoqué una primera reunión con técnicos y expertos en las materias municipales. No teníamos que comenzar de cero, al contrario, la elección pasada había dejado al respecto un trabajo extraordinario coordinado por un buen amigo y excelente profesional expresidente de Fudeco (Fundación para el Desarrollo de la Región Centro Occidental) , Gustavo Machado, quien además continuó  brindándonos apoyo. Era un lujo contar con ese punto de partida. Pero el programa, aunque técnicamente impecable, seguía siendo eso, un programa. El reto, a partir de ese momento, era convertirlo en una visión estratégica, luego en una marca de gestión capaz de seducir electoralmente, y después proporcionarle al alcalde en su gestión una identidad y narrativa propias.

Quizá por mi formación jurídica lo primero que hice fue cruzar cada una de las propuestas con las competencias constitucionales de una alcaldía, lo que no resultó nada ocioso y sirvió para contextualizar la oferta electoral desde la perspectiva municipal. En un país polarizado, centralizado y politizado, las promesas terminan siendo las mismas, se trate de un candidato presidencial o de un alcalde. Descubrir la ciudad y su dinámica propia fue el primer reto. Rápidamente nos dimos cuenta de que la clave estaba en empaquetar tantas propuestas técnicamente adecuadas y pertinentes, en ideas-fuerza que las agruparan, organizaran y presentaran. El documento de más de 50 páginas debía resumirse en apenas tres o cuatro palabras, debía tener personalidad. Así nació el Municipio Seguro, Productivo y Solidario.

Ya las comisiones se habían creado en torno a esos tres grupos cuando el candidato decidió hacer un “Tuit Cam” organizado por el movimiento juvenil de su comando. Fue en este contexto cuando un asesor propuso, en una reunión preparatoria, que canalizáramos la interacción a través de una pregunta: “¿Cómo es  tu ciudad ideal?”. La jornada viral fue exitosa, pero la pregunta trascendió la actividad para la cual fue creada y se quedó entre nosotros. Pronto, el Programa de Gobierno consiguió su título: La ciudad ideal.

A partir de ese momento todo cambió y comenzamos a hablar “ciudad” como si se tratara de un nuevo lenguaje. El tema ambiental se llamó Ciudad Verde, el tema de espacios públicos Ciudad Abierta; el tema de la prevención del delito Ciudad Tranquila, el tema cultural Ciudad Creativa, el deporte Ciudad Activa, la planificación urbana Ciudad Ordenada, la salud Ciudad Sana, la asistencia Ciudad Solidaria, el turismo Ciudad Atractiva, y así sucesivamente, hasta encajar todas las piezas del rompecabezas. Había nacido una marca.
Finalmente, Alfredo Ramos ganó cómodamente las elecciones como se esperaba, pero las circunstancias de la toma de posesión no podían ser peores. Sin fecha cierta y demoras injustificadas, la Alcaldía de Barquisimeto estaba acéfala y abandonada por la alcaldesa saliente, quien había renunciado meses antes. El poder central intervenía instituciones municipales sin pudor mientras la ciudad estaba en completo abandono en plena festividades navideñas. La presión popular y la determinación política consiguieron que juramentaran al alcalde electo, quien me designó como Director General con un solo propósito: cumplir con el  Plan de la Ciudad Ideal.

Imposible olvidar el primer día en el cargo, cuando un militante del partido llegó a mi oficina cargado de retratos del alcalde para ser colocadas en las dependencias de la alcaldía. “Imposible que Alfredo haya estado de acuerdo con eso”, le dije, para luego comprobarlo con el propio alcalde quien me autorizó mi primera resolución oficial para prohibir en todas las oficinas municipales cualquier alusión partidista o personalista. El episodio sirvió también para que el equipo de comunicaciones tomara la inédita decisión de no colocar el rostro de Alfredo Ramos en ninguna valla expuesta en el espacio público.  Había llegado un gobierno local democrático.

Tomar control de la institución fue una tarea difícil. El terreno estaba minado y los entes disminuidos y sin capacidades operativas. Sabíamos que no podíamos comenzar a soñar antes de controlar la situación. Para eso, el plan de 100 días planteaba 100 acciones concretas e inmediatas para abonar el terreno para frutos a mediano plazo. Pero había algo urgente e  impostergable: la procesión de la Divina Pastora el 14 de enero. En menos de veinte días se organizó todo con éxito y la ocasión fue propicia para estrenar la nueva imagen. Por primera vez en mucho tiempo la procesión no fue confiscada por el mandatario de turno ni mucho menos politizada. Desde la salida hasta su llegada, los devotos de la patrona larense sólo vieron una imagen institucional bajo el lema “Ciudad Espiritual”.
Los comentarios no se hicieron esperar. El impacto había sido mayor al esperado, y como consecuencia también lo fueron los ataques de los adversarios. La cara del alcalde no estaba en ningún lado, y eso había sido noticia. Increíble. En un famoso portal web de la capital alguien escribió un artículo sobre el tema, específicamente sobre la sorpresa de haberse encontrado en la entrada de Barquisimeto un letrero de bienvenida de la alcaldía de Iribarren tan solo con la siguiente frase: “Barquisimeto, Ciudad Ideal… Segura, Productiva y Solidaria”. La reinstitucionalización democrática era posible.

Al poco tiempo el país entró en un conflicto político y las protestas estudiantiles se acrecentaron en varias ciudades, incluyendo Barquisimeto. Los abusos por parte de los cuerpos del Estado estaban dejando un saldo aterrador de heridos, torturados, detenidos y muertos. Por esa razón, el alcalde decidió suspender la celebración de los carnavales por parte de la municipalidad, dejando solo las actividades infantiles. No había nada que celebrar y el pueblo lo entendió. Pero las cosas no mejoraban y se avecinaban nada menos que las ferias internacionales de Barquisimeto. El escenario inflacionario producto de las devaluaciones constantes de la moneda hizo inviable la contratación de artistas internacionales como era costumbre. La ciudad reclamaba inversión en materia de servicios públicos luego de cinco años de rezago. Reuniones con todos los directores y con gremios representativos de la sociedad dieron como resultado una decisión inesperada, la sustitución de las ferias internacionales por un formato llamado La Semana de Barquisimeto, con conciertos gratuitos de artistas nacionales y regionales en las plazas y parques de distintos puntos de la ciudad. Una carrera con concierto de rock, un festival de danzas debajo de un elevado vial, una gala sinfónica en pleno casco histórico, una noche de humor en la plaza más emblemática, fiestas en las parroquias más alejadas y un día de conciertos para cantarle cumpleaños a la ciudad. Todo eso pasó en una semana aniversaria que había usado a la crisis para justificar un nuevo modo de vivir el espacio público. Se habían democratizado las ferias. Esta innovadora decisión del alcalde vino, además, acompañada con otro anuncio: el comienzo de la Feria del Asfalto con el dinero ahorrado por la no contratación de artistas extranjeros.

En este punto ya la Ciudad Ideal comenzaba a vislumbrase con obras  emblemáticas y actividades recreativas permanentes en materia de cultura, deporte y turismo. Los Domingos Activos, el Proyecto Crepúsculo, la CulturActiva y los Juegos Interparroquiales, eran programas ya consolidados. El espacio público se iba recuperando progresivamente bajo la visión integral de las Vitrinas Urbanas y sus parques caninos, gimnasios a cielo abiertos, esculturas, señalización y mobiliario.  Por el lado social ya eran realidad programas como el FarmaTicket, El Médico Va a Tu Casa, las Becas Convit  y Aprende Un Oficio. Cada “ciudad” pensada en el marco del programa de gobierno ya se había convertido en un objetivo permanente con productos estratégicos de gestión concretos. La planificación estratégica, poco a poco, se iba profundizado con gabinetes sectoriales basados en los cuatro nuevos ejes generales que la práctica de gobierno había ayudado a escoger: La Ciudad Abierta (Infraestructura), La Ciudad Activa (Recreación), La Ciudad Humana (Programas Sociales) y La Ciudad Atendida (Servicios).

De esta manera llegamos a la Navidad en la que ratificamos el estilo de la Semana Aniversario. Bajo el paraguas de la “Naguaravidad” se organizaron parrandones en distintos puntos de la ciudad, a partir del encendido de un gigantesco árbol iluminado y la decoración del obelisco, los cuales se convirtieron en puntos emblemáticos de la época decembrina en la ciudad. Además, se creó un aguinaldo oficial para la ciudad a través de un concurso de talento que generó un disco compacto de distribución gratuita con versiones originales de aguinaldos clásicos venezolanos y con el tema central de la “naguaravidad” que se convirtió rápidamente en el himno de las fiestas. Y luego, al poco tiempo en el marco de la nueva visita de la Divina Pastora, realizamos el primer “mapping” de la región en la basílica de Santa Rosa con la tradicional serenata a la virgen. En este punto ya la gente se había acostumbrado a ocupar los espacios públicos periódicamente asistiendo a los eventos  gratuitos de la alcaldía bajo un ambiente seguro y controlado. Barquisimeto era ya una ciudad más abierta y activa.

Mientras tanto, la participación popular se organizaba a través de las estructuras de lo que llamamos “Gobiernos Parroquiales”, instancias creadas para descentralizar la gestión, brindándole a las comunidades un rol protagónico. Ante el secuestro partidista de organizaciones como comunas y consejos comunales, se hacía necesario canalizar el poder popular bajo una nueva concepción democrática, y nada mejor para ello que reivindicar la parroquia que había sido eliminada por el Gobierno, a pesar de ser la instancia político territorial primaria del Estado. La parroquia era lo verdaderamente comunitario, vecinal y constitucional, y bien merecía ese reconocimiento de parte de la gestión local. La idea era crear en cada parroquia una sede municipal con servicios públicos descentralizados y espacios para el esparcimiento y desarrollo humano. La Ciudad Ideal debía concretarse en cada parroquia de forma autónoma y descompensada.

Lamentablemente, la crisis en el país se agudizaba de forma insólita tras el colapso del modelo económico. La moneda sufría la más aguda devaluación de su historia, afectando los mermados presupuestos públicos de las alcaldías. Servicios con costos en dólares e ingresos en bolívares, como el del aseo urbano, eran cada vez más insostenibles. La crisis política, social y económica atentaban contra el sueño de la Ciudad Ideal. Pero no podíamos dejar de insistir. Sabíamos que más temprano que tarde vendrían tiempos mejores para el país y debíamos dejar sentadas las bases de ese proyecto de ciudad incluyente y democrática. Para eso, a petición del alcalde Alfredo Ramos, ideamos una campaña de relanzamiento de nuestra visión que generara sentido de pertenencia en los ciudadanos y colocara a la ciudad en el centro del mensaje. Así nació la marca “#MeGustaBQTO” (Me Gusta Barquisimeto) que resumía esa visión estratégica de recuperar la convivencia pacífica y el sano esparcimiento en medio, quizá, de la peor crisis vivida en nuestro país. Era una frase representativa de ese esfuerzo compartido con las comunidades para ser usada como etiqueta en redes sociales, además de cobrar vida en forma de mobiliario urbano con corpóreos ubicados en sitios emblemáticos de la ciudad y convertirse en el souvenir oficial de Barquisimeto con gorras y franelas. Se trataba de un sentimiento que nos unía a todos, convertido en una marca que pretendía viralidad e interacción a través de una comunicación lúdica y ciudadana.

Todas las grandes transformaciones urbanas en el mundo se han dado precedidas de cambios culturales y luego de consolidar una visión colectiva que genere sentido de pertenencia en la población. Lo primero era entender que la ciudad es de todos para intentar descontaminarla del debate político partidista e ideológico y  convertirla en el espacio común donde nos reencontramos como vecinos. De eso se trataba “Me Gusta BQTO”, semilla que dio grandes frutos inmediatamente en la población.

Las ciudades tienen vida propia más allá de los funcionarios que son pasajeros. El mejor alcalde es aquel que entienda esto y desarrolle una identidad común que una a los ciudadanos y los invite a construir la mejor ciudad posible. Una marca exitosa resulta de la convergencia entre imagen y políticas públicas donde vayan de la mano la comunicación y la gestión, al compás de una planificación estratégica clara y concreta. Tener identidad definida y narrativa propias es una necesidad en este mundo competitivo, para lograr un posicionamiento perdurable. Los líderes políticos deben trascenderse a sí mismos con ideas y proyectos seductores que sean capaces de convocar a las mayorías. De eso se trataba la “Ciudad Ideal” impulsada por Alfredo Ramos.

Pero en diciembre de 2015 todo cambió cuando la coalición opositora (MUD) logró la mayor votación de la historia para hacerse de las dos terceras partes de los diputados de la Asamblea Nacional. A partir de este momento el Gobierno comenzó a consolidar un sistema autocrático capaz de burlar la soberanía popular que clamaba por un cambio de rumbo. A partir de entonces se sucedieron una serie de eventos tales como la designación ilegal de varios magistrados, la suspensión judicial de la juramentación de algunos diputados opositores, la eliminación arbitraria del referéndum revocatorio previsto constitucionalmente y el aplazamiento indefinido de las elecciones regionales. Todo esto, sumado al desconocimiento permanente de la Asamblea Nacional electa, dio como resultado el comienzo de una nueva jornada de protestas a nivel nacional, pero esta vez masivas y contundentes.

En Barquisimeto las protestas fueron reprimidas brutalmente por parte de la Guardia Nacional y de paramilitares armados llamados “colectivos”. Esto hizo que el alcalde asumiera el liderazgo de la rebelión democrática no sólo en su municipio, sino también en todo el estado Lara, entidad que cuenta con la mayor cantidad de asesinados y presos de parte de lo que ya, sin duda, puede calificarse como dictadura. Ramos se negó a reprimir al pueblo y, por el contrario, lo acompañó en sus reclamos democráticos, a pesar de haber sido acusado ante la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, la cual ordenó finalmente su captura el 28 de julio de 2017.

Alfredo Ramos esperó la injusta sentencia en su despacho trabajando junto a su equipo, donde fue arrestado en una operación comando sin precedentes. Su última palabra fue “libertad”. Ya para ese entonces todos entendíamos que la “Ciudad Ideal” sólo era posible en democracia y que nada era más importante que concretar el cambio de Gobierno Nacional y la restitución del orden constitucional. Pero la sentencia también decretaba la ausencia absoluta en la Alcaldía permitiendo que el Concejo Municipal designara a una alcaldesa interina del partido de Gobierno para terminar el periodo. La dictadura había puesto preso a un alcalde en ejercicio colocando a dedo a su sustituta. Se interrumpía así el sueño de la Ciudad Ideal.

El gran reto histórico que tenemos como país es rescatar la democracia y para eso es fundamental reinstitucionalizar el Estado. Después de casi dos décadas del personalísimo más grotesco y hegemónico, la población pudiera haberse acostumbrado a referencias ideológicas en el nombre de las entidades territoriales o a ver los colores de un partido político en el patrimonio público. ¿Somos todavía capaces de identificar la democracia? No queda duda de que la reeducación ciudadana es una tarea impostergable para lo cual es fundamental que las ciudades, los estados, las instituciones y el país, comiencen a contar con una imagen y una comunicación institucional que trascienda a los gobernantes y convoque a todos los ciudadanos por igual, estimulando la convivencia democrática. Este es el legado de la gestión de Alfredo Ramos, la cual a pesar de no haber llegado a cuatro años, representa un anticipo de la Venezuela democrática que más temprano que tarde renacerá.


José Ignacio Guédez Yépez fue el Jefe de Campaña de Alfredo Ramos y el primer Director General en su gestión municipal al frente de la Alcaldía de Iribarren (Barquisimeto-Lara). Ha sido candidato electo en primarias a la Asamblea Nacional y diputado al Consejo Legislativo del estado Lara. Actualmente se desempeña como Secretario General Nacional de La Causa R y Primer Secretario de la Asamblea Nacional.

 

 

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