Mesa de Análisis

¡Ya está bueno, ya!

Foto: Reuters

Pedro González Caro

12 de octubre de 2017

Los venezolanos contemplamos con dolor y frustración cómo hemos transitado erráticamente, una vez más, el camino para salir de esta situación que nos consume y que carcome desde las entrañas a nuestra sociedad.

Los ciudadanos caemos en trampas cazabobos puestas por el Gobierno con la única intención de socavar la voluntad de lucha del pueblo y su aspiración a lograr lo que ha llamado “un país normal”, con alimentos, medicinas y tranquilidad, ¡vida pues! La democracia es un concepto mucho más amplio que una simple forma de gobierno “del pueblo para el pueblo”. La democracia es una forma de vida. En democracia los ciudadanos tienen la oportunidad de aprender y ayudarse unos a otros a formar los valores y establecer las prioridades que servirán de guía para vivir en libertad y ejercer plenamente su ciudadanía. Pero para lograrlo es imperativo desarrollar cultura cívica, para construir comunitariamente los valores y principios que determinarán esa forma de vida y nuestra relación con el resto de los ciudadanos, con nuestra historia y nuestro gentilicio.

Los valores democráticos reconocen la igualdad de derechos, libertades, dignidad y obligaciones, sin diferencias originadas por su pertenencia étnica, política o social; respetan los derechos y la dignidad de las personas y reconocen a la democracia como un bien común para toda la sociedad. En la medida que estos valores se fortalecen, crece la Democracia como forma de vida.

El 15 de octubre se ha convocado a una elección que sin lugar a dudas está plagada de irregularidades, pero negarse a participar es ir en contra de los más sagrados valores democráticos. No es cierto que con la participación se validarán las irregularidades. Al contrario, con la participación masiva es que se pondrá en evidencia la voluntad de un pueblo que ha decidido transitar el camino del cambio y su determinación a ejercer plenamente todos su derechos ciudadanos, aun en contra de las más depravadas acciones del Gobierno por mantenerse en el poder.

Ciertamente, la elección del 15 de octubre no conducirá al cambio inmediato, pero sí será un gran paso en esta dirección. ¡Ya está bueno, ya!, del inmediatismo que nos ha caracterizado. Si los ciudadanos renuncian a conducir y se dejan conducir, si renuncian a cambiar la velocidad y dirección de la realidad, y por el contrario, son arrastrados por ella, entonces se estará renunciando al principal derecho humano, que es decidir con libertad hacia dónde se quiere ir y cómo luchar para alcanzar esos objetivos, elegir su camino, las formas de transitarlo y cómo llegar al final.

Hoy recordamos con dolor e indignación a los 115 asesinados durante las protestas ciudadanas a manos del régimen. A los miles de heridos, a los cientos de detenidos y los muchos torturados. Titanes anónimos que armados de ideales libertarios y con escudos de cartón se inmolaron ante una maquinaria militar adoctrinada para cumplir órdenes y para sostener por la fuerza a un régimen que ya no tiene respaldo popular. Pero, al mismo tiempo, vemos cómo estos presos convertidos en baluartes de la libertad y de la democracia, estoicamente resisten. Nos recuerdan nuestro compromiso con la democracia: “¿Quiénes Somos? ¿Qué queremos? ¡Libertad!

Foto: Reuters/Carlos Garcia Rawlins

En política nada es irreversible, ni nada es indetenible. No es cierto que las elecciones de 2018 son “inevitables”. Lo serán, sí y sólo sí, la sociedad entera decide transitar el camino que conduce a las elecciones presidenciales de 2018. Ese camino tiene estaciones y la próxima es el compromiso del 15 de octubre de 2017. Es la hora de pensar y ver más allá de lo evidente. Es la hora de claridad en los objetivos, y fundamentalmente, es la hora del orden y la disciplina, de organizar nuestras ideas. Ha llegado la hora de trabajar por el logro del país normal que queremos para nosotros y para nuestros hijos. Es la hora de buscar la inspiración en el más valioso de los venezolanos, para dar pasos firmes hacia la libertad y la consolidación de la democracia, y hacer valer el sacrificio de los caídos, los heridos y los presos políticos.

“…Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma hasta que no haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español…”. Este juramento de Simón Bolívar reúne un cúmulo de valores, principios éticos y de liderazgo que se mantienen vigentes, aún cuando en este momento histórico nuestro enemigo no sea España ni su voluntad de oprimirnos. La situación que se nos presenta en esta alborada de siglo exige que el ciudadano de hoy retome el profundo y trascendental significado de palabras como “virtud” y “honor”, que con orgullo, sin precedentes en la historia de Venezuela, entonaban nuestros antepasados en la canción patriótica que más tarde sería el Himno Nacional. Palabras ante las que ese enemigo de entonces temblaba de pavor.

 

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