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Participar o no participar: Un dilema reeditado

Foto: Reuters.

Pedro González Caro

02 de noviembre de 2017

Las realidades acuciosas y aceleradas nos conducen a tomar decisiones peligrosas y amenazantes. Sin embargo, tomar decisiones sin reflexionar es aún más peligroso. Los últimos meses en Venezuela hemos sido testigos de una de las más cruentas luchas por la libertad, han surgido múltiples protagonistas, unos más apasionados que otros, pero todos con una sola aspiración subyacente. “Los Libertadores”, “Los Escuderos”, “Desde el Asfalto”, “La Resistencia”, destacan entre los vanguardistas, así como otros más conservadores y menos osados pero que también han dejado huella en la lucha por la llevar la carga que supone el peso de la libertad.

Así como no es posible llegar a un lugar sin antes haber transitado un recorrido, tampoco se pueden tomar decisiones sin reflexionar. El valor de la libertad es demasiado alto para que dependa de reacciones viscerales o instintivas que se toman a primera impresión sin mediar un proceso de análisis. Tampoco podemos fundamentar las decisiones en procesos puramente  lógicos, porque entonces será necesario un análisis muy profundo para alcanzar un nivel de conocimiento sobre el asunto, que esta realidad acuciosa no está dispuesta a esperar. Menos aún puede basarse la decisión, en “obediencias” normativas que si no cumples entonces te “autoexcluyes”.

Viktor Frankl, prisionero de un campo de concentración nazi, nos dice que si un prisionero pierde la fe en el futuro –especialmente en su futuro– termina condenado al deterioro físico, mental y espiritual. Nietzsche, por su parte, nos señala que “aquel que tiene un porqué vivir, puede soportar cualquier cómo”.

Responder visceralmente a una situación es negarse a sí mismo el más sublime de los derechos, que es poder decidir con libertad entre una situación que reclama una respuesta y una decisión fundamentada en pleno ejercicio del derecho al libre albedrío. Es más fácil vivir sin libertad porque no se tiene que asumir la responsabilidad de elegir. Con  la libertad viene la necesidad obligante de ver más allá de la propia realidad y mirar el contexto estratégico de la visión compartida y colectiva, en el entendido de que cada decisión individual será el alimento para el país que queremos y por el que luchamos. Sartre, por su parte, nos decía: “Estamos condenados a la libertad” en el entendido de que el ejercicio de la libertad conlleva una gran responsabilidad que no puede ser delegada, así como nuestra propia libertad no puede ser ejercida por nadie en nuestro nombre.

Foto: EFE

La sociedad democrática venezolana en estos días está atravesando el gran dilema: participar o no participar. Ya en 2005 tuvimos este dilema y el costo de aquella visceral decisión se ha pagado con creces. Las circunstancias que atraviesa Venezuela exigen respuestas casi inmediatas frente a los abusos y arbitrariedades del régimen. Sin embargo generar respuestas irreflexivas o impulsivas nos empuja al riesgo de perder la brújula, el Norte,  y caer en la trampa de la anarquía otra vez. ¡Ya esta bueno! ¡Ya!

El fundamento ético de la libertad está en el hecho mismo de la responsabilidad de su ejercicio. Responsabilidad implica que cuando alguien pregunta, otro responda y asuma el peso de la determinación de haberla ejercido, como consecuencia inseparable del compromiso del ser humano con el ser humano, de cada quien consigo mismo.

El sentido de la responsabilidad se origina en la conciencia de que no todo lo que ocurre depende de mí, pero sí depende de mí todo lo que hago frente a lo que ocurre. No es cuestión aquí de establecer quién inició la situación en la que estamos, sino cuál es mi responsabilidad para resolverla. Tampoco se trata de determinar la culpabilidad de alguien, sino de qué es lo que debo hacer en mi rol de ciudadano para resolverlo. La libertad es un bien colectivo que solo puede ser pagado con la acción intransferible e individual de la responsabilidad ética de su ejercicio. No es posible que en esta hora menguada de la vida nacional se privilegien los intereses personales y mezquindades frente al irrenunciable derecho del ciudadano a ser irrevocablemente libre.

 

 

 

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