Mesa de Análisis

Apuntes en torno al extremismo político (y III): Chavismo, poscomunismo y amenazas a la democracia liberal

Foto: AVN

Miguel Ángel Martínez Meucci

12 de diciembre de 2017

En el artículo anterior comentábamos cómo el chavismo ha sido un fenómeno político cambiante a lo largo del tiempo, asumiendo rasgos distintos en el transcurso de varias etapas. Afirmábamos también que, a pesar de lo anterior, siempre se han mantenido constantes algunos de sus rasgos más característicos: su raigambre vinculada a la doctrina marxista-leninista (y por ende a la actitud de los “revolucionarios profesionales”) y su carácter antiliberal y antirrepublicano. Ahora bien, en la etapa actual parece estarse haciendo evidente, tanto dentro como fuera del país, la vinculación del régimen con actividades de corte esencialmente delictivo. ¿Cómo afecta esta tendencia la naturaleza más profunda del régimen? ¿Constituye una desviación de la misma o, por el contrario, revela su verdadera índole?

Luego de haber repasado en una primera entrega el significado de la revolución dentro del extremismo político moderno, y de haber comentado en un segundo artículo el carácter particular de lo que el chavismo ha sido hasta ahora, nos interesa en esta tercera entrega explorar la siguiente idea: los actuales vínculos entre el chavismo y el crimen organizado no constituyen un fenómeno aislado con respecto a la evolución que el extremismo político ha experimentado durante las últimas décadas.

Lo primero que cabría señalar en este sentido es que el extremismo político siempre ha existido, aunque no siempre se haya manifestado del mismo modo. Las diversas formas de expresión y materialización del extremismo político dependen tanto de a) las ideas y creencias de sus partidarios como de b) sus capacidades para la acción.

Con respecto a las ideas y creencias sobre las cuales se sustenta el extremismo político es preciso señalar que éste, durante los albores de la Modernidad y en tiempos de la Reforma y la Contrarreforma, conllevaba un matiz claramente religioso. Particularmente los calvinistas se configuraron como grupos políticos expresamente orientados a la reforma completa y radical de las sociedades de su tiempo. Ya para el siglo XVIII esta actitud daría paso a un extremismo cada vez más laico, vinculado con la idea de revolución y a esos esquemas de pensamiento que pasaríamos a conocer como ideologías.

Ya a partir del siglo XIX, y sobre todo en el siglo XX, las ideologías se constituirían en el eje del extremismo político a nivel mundial. En un momento dado cierta tradición liberal, pero sobre todo más adelante el comunismo, el nacionalismo y el fascismo, entendidos como conjunto de ideas y creencias preordenadas acerca de la realidad política y social, se constituyeron como los verdaderos articuladores de diversos programas de acción política que llegaron a destacar por su particular propensión a la violencia. Las ideologías, entendidas como esquemas rígidos de razonamiento e interpretación de la política, finalmente facilitarían la irrupción de diversos movimientos populistas, el auge de los totalitarismos, dos guerras mundiales y una multiplicidad de conflictos bélicos que hicieron del siglo XX una centuria particularmente sangrienta.

Con el paso del tiempo y tras millones de muertos, las democracias proliferaron paulatinamente en todo el planeta, mientras las ideologías parecieron ir perdiendo su fuerza privilegiada como articuladoras de la comprensión del mundo. Desde la década de los años 60, diversos autores comenzaron a hablar del “fin de las ideologías”, y más adelante los postmodernos acuñarían la tesis del “final de los metarrelatos”, esas grandes interpretaciones racionales y extremadamente coherentes acerca de la complejidad de la realidad social y política. La caída de la Unión Soviética, a finales del siglo XX, contribuyó a reforzar estas interpretaciones, las cuales parecen contar con un buen asidero: ciertamente, todo pareciera indicar que vivimos una época en la cual las motivaciones y narrativas que caracterizan a las diversas formas de extremismo político lucen más fragmentarias y menos organizadas. Lo que predomina hoy es una mezcla de ideologías, creencias religiosas y pulsiones identitarias locales.

Esto no quiere decir que las ideologías hayan desaparecido por completo. Éstas continúan siendo vehículos relevantes para la movilización de determinados grupos minoritarios pero políticamente muy motivados. No obstante, lo característico de nuestro tiempo es la presencia de discursos e idearios “híbridos”, por así llamarlos. El marxismo-leninismo, por su parte, funge en cierta medida como una suerte de lingua franca que facilita algún grado de identificación entre grupos heterogéneos, a menudo extremistas, que a lo largo del mundo desafían al statu quo demoliberal en los planos nacionales y en el internacional. Este carácter cultural e ideológicamente híbrido con el que parecen contar las nuevas formas de extremismo político está propiciado, entre otras cosas, por un acceso cada vez más extenso a una cantidad cada vez mayor de datos, informaciones e ideas.

Pero el extremismo también ha variado en lo que respecta a sus capacidades, las cuales se han visto incrementadas con los avances de la técnica y la organización social, todo ello en un contexto general donde los modos burocráticos y profundamente jerarquizados que predominaron durante el siglo XX van dando paso a formas de organización mucho más reticulares y flexibles. Estas nuevas estructuras o plataformas para la acción colectiva, que se arman y desarman con cierta facilidad, no sólo operan en los nuevos patrones de funcionamiento de empresas, agrupaciones ciudadanas y organizaciones políticas, sino también, por ejemplo, en los carteles del narcotráfico, las asociaciones mafiosas y los grupos terroristas. Tales estructuras amenazan la organización burocrática tradicional del Estado moderno y son capaces de permearlo, pudiendo fusionarse con él, e incluso, llegar al extremo de manejarlo.

Todo sumado, esta variación en las diversas formas de extremismo político (tanto en la naturaleza de sus ideas y creencias como en sus capacidades) no obedece a un único patrón. De hecho, tiene cursos de acción distintos, dependiendo de si se desarrolla en el seno de democracias liberales o si lo hace en regímenes no democráticos (sean éstos autoritarios competitivos, autoritarios hegemónicos y/o post-autoritarios). Igualmente, su funcionamiento variará dependiendo de si tiene lugar en estados bien constituidos o si acontece más bien en estados fallidos o frágiles. El resultado es un mundo mucho más fragmentado que el del siglo XX, sometido a lógicas y procesos más rápidos y menos claros, y la proliferación de amenazas no convencionales para las democracias liberales y la estabilidad global.

Foto: EFE

En función de todo lo anterior, es posible señalar algunos aspectos importantes con respecto a las mutaciones que ha venido sufriendo el chavismo, como movimiento y régimen político extremista. Si bien sus raíces están en la fusión de cuadros militares con actores políticos de la vieja izquierda revolucionaria, entroncando, por lo tanto, con esos fenómenos políticos típicos del siglo XX, su naturaleza antiliberal y extremista se ha manifestado de diversos modos con el paso del tiempo, en estrecha relación con las nuevas tendencias y procesos globales. En el extremismo político del cual hace gala el régimen chavista confluyen hoy los sofisticados mecanismos de control político empleados por los autoritarismos competitivos, un sistema de alianzas y nexos de cooperación con toda clase de actores antiliberales en el mundo entero y la inserción (con fines que oscilan entre lo político y lo puramente lucrativo) en múltiples tramas del crimen organizado transnacional, las cuales van desde el contrabando y el lavado de dinero, hasta el narcotráfico y el ciberterrorismo. En otras palabras, lejos de constituir un fenómeno político puramente “endógeno”, el chavismo ha demostrado, a lo largo de sus más de dos décadas de existencia, estar profundamente vinculado con tramas y lógicas de carácter transnacional.

Esta profunda imbricación criminal con densas ramificaciones y nexos transnacionales sólo es posible en un Estado outlaw, forajido y/o fallido, progresivamente desconectado de las normativas internacionales e indiferente ante las presiones y demandas democráticas. Esto es particularmente factible en sociedades desarticuladas y postotalitarias, donde las instituciones no existen o fueron puestas al servicio de la dominación absoluta. El territorio bajo su control se convierte así en una plataforma ideal para todo tipo de actividades ilícitas, la meca de la delincuencia organizada, y como tal tenderá a ser protegido por actores estatales que también se encuentren implicados en este tipo de actividades. Al reorientarse progresivamente la maquinaria estatal hacia fines y actividades delincuenciales con multimillonarias tasas de retorno, la población se convierte en mero sujeto de explotación, conglomerado superfluo o amenaza, razón por la cual sólo se procura someterla o expulsarla. Se trata de una lógica pura de explotación de los recursos que prescinde absolutamente de los seres humanos, al punto de propiciar incluso su muerte por inanición. No comprender esto implica arar en el mar a la hora de intentar plantarle cara a semejante amenaza.

Los extremistas políticos del mundo, unidos por su común aversión a los modos e instituciones de la democracia liberal, encuentran así razones para cooperar, a pesar de manejarse desde ideas y creencias que resultan a menudo totalmente heterogéneas. Las fronteras entre lo político y lo puramente criminal, entre lo ideológico y lo pragmático, entre lo nacional y lo extranjero, se hacen cada vez más difusas. Y dadas tanto la velocidad como la opacidad con que estos mecanismos funcionan, así como la cooperación tácita o explícita, voluntaria o involuntaria que actores no extremistas establecen con tales dinámicas, las sociedades y gobiernos democráticos no suelen saber cómo ni cuándo reaccionar ante lo que a menudo ni siquiera llegan a considerar como una severa amenaza a su integridad y estabilidad. Frente al carácter moderado del régimen demoliberal y a la falta de reflejos de quienes lo dan por sentado, la lógica de la fuerza usada sin remordimientos se va desplegando con una naturalidad cada vez mayor por parte de los extremistas políticos.

Parece entonces casi un ciclo natural, un hecho consustancial a la naturaleza de las cosas: cada cierto tiempo una nueva generación de defensores del orden político democrático y liberal ha de aprender a lidiar con una o varias formas de amenaza existencial. Responder a tales amenazas sin perder la virtud de la moderación ameritará, invariablemente, una equilibrada combinación de atención, conocimiento, firmeza, rapidez y precisión a la hora de actuar; en el peor de los casos se requerirá, al decir de Maquiavelo, “saber cómo no ser bueno”. El costo de no reaccionar a tiempo suele resultar extremadamente alto, tal como todos deberían saber hoy en día en Venezuela.

@martinezmeucci

 

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