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La estocada se hace esperar

Foto: EFE

Alejandro Benzecry Mancin

16 de junio de 2018

“La reconstrucción económica de Venezuela podría tardar alrededor de 15 meses”, dijo el vicepresidente de Fedecámaras, Ricardo Cusanno, en el marco de una entrevista el lunes 4 de junio de 2018 en la sede de la organización. Entre otras cosas, explicó que las medidas económicas que han estudiado, ya diseñadas y estructuradas para una futura transición, deberán aplicarse como “terapia de shock”.

Al escuchar “terapia de shock” mi mente registró tres cosas: un supuesto estallido social y dos golpes de Estado. Y, en efecto, le planteé esas duras consecuencias de aquella trágica epopeya. Cusanno de inmediato pasó a explicar que, a diferencia de hoy, Venezuela no vivía una hiperinflación. Luego, hizo una especie de paréntesis y dijo: “La terapia de shock solo es posible si se tiene piso político, por eso en Fedecámaras  nos alineamos con el Frente Amplio”.

No es un rumor de pasillo o un comentario aislado: la rápida reconstrucción o estabilización del aparato productivo es posible, palpable, ya estudiada y argumentada en las esferas con mayor conocimiento en materia económica. Es un respiro dentro de este mar de iniquidades, pero que requiere necesariamente de algo hoy en día tan desvirtuado como la unidad.

Después de explicar algunas medidas como la liberación del control cambiario y la apertura económica, Cusanno señaló que ningún gobierno en la historia ha sorteado por más de diez meses una hiperinflación tan acelerada como la que hoy abruma a Venezuela. Pero no recurrió a este antecedente para sustentar y asegurar el poco tiempo que le pudiese quedar a la dictadura, sino para sumar otra adversidad que debe superar el socialismo del siglo XXI.

Este dato histórico, esta estadística, pareciera producir una certeza muy particular en el ciudadano común. Pareciera producir una especie de calma porque de cierta forma resulta esperanzador saber que en la historia de la humanidad ningún régimen, por más autoritario que fuese, ha podido superar lo que hoy pulveriza el bolsillo y desnaturaliza la vida del venezolano. Como consecuencia, tenemos una sociedad segura de que la hiperinflación es una contundente garantía de libertad.

Sin embargo, esta engañosa tranquilidad se traduce, paradójicamente, en un colérico letargo a la expectativa de un milagro. Se depositan las esperanzas en la acción de un agente externo y se neutraliza la energía del accionar interno porque “tiene que venir una explosión social”; porque “todos los políticos son corruptos” y porque “la única salida es una intervención”. Son estas algunas muestras de lo que afirma una masa dotada de ética y moralidad. No hemos entendido que los autoritarismos conviven con la hambruna y las epidemias, con la pobreza y la devastación de un país. Sin embargo, sí es cierto que el margen de movimiento cada vez se le achica un poco más al Gobierno y que ahora no está para nada cómodo.

Cusanno aseguró que el cese de préstamos por parte de China es una señal clara de que los asiáticos ya no respaldan ciegamente al Gobierno venezolano, a pesar de haber sido sus principales mecenas en años anteriores. Y reforzó la idea con una analogía: “Para China, Venezuela es una novia que no da nada bueno a cambio”.

Esto pudiera indicarnos el aislamiento de Venezuela. Aislamiento porque ya sus principales benefactores, entre ellos Rusia y China, ven cada vez más difícil la manutención de un modelo cuyo único resultado ha sido la destrucción de un país. Asimismo, esta persecución, este acorralamiento al Gobierno de Venezuela nos revela que prácticamente el mundo entero los contraría y que es puertas adentro donde se tienen que calmar las aguas.

La mencionada masa dotada de ética y moralidad pareciera adueñarse de todos los espacios de debate para promover las diferencias y camuflar las similitudes, para postergar un acuerdo que desemboque en acciones determinantes. Naturalmente, hoy son los reyes del universo digital, donde las ideas viscerales se propagan en segundos y luego trascienden al mundo real para transformar el espacio público en algo de todo, menos político. Literalmente, cualquier idea, por lo general infundada, pero que de alguna manera subsane la desinformación, sirve de estandarte contra la presunta corrupción y complicidad de todos los líderes de oposición. Pruebas a las acusaciones no se exigen, porque cualquier afirmación es válida para explicar este momento.

Cada vez la incertidumbre pesa un poco más, cada vez abarca más espacio para purgarnos del optimismo y la sensatez. Es un huésped que torna la convivencia en una condena, pues pareciera que no somos más que espectadores de la ruina y el desmoronamiento, amarrados a las cadenas del radicalismo.

Estupefactos ante la devastación, la incertidumbre abre las puertas a las frustraciones latentes y al pesimismo natural, para blindar esa cadena que al parecer solo el tiempo puede oxidar. Uno imaginaría que el antídoto contra el radicalismo podría ser la mesura. O que las pruebas de su vacío estratégico son suficientes. Pues no, la racionalidad es su némesis.

Foto: DW

La seguridad que brindan los extremos, más que algo confortante, es un consuelo muy necesitado. Porque un presente tan confuso, y por momentos absurdo, deja un vacío muy profundo al que el radicalismo tapa para dar esa ansiada sensación de confianza. Solo después de remover esa tapa nos damos cuenta de que el vacío sigue igual, y que el radicalismo fue una especie de placer momentáneo del que no es fácil desprenderse, puesto que es una forma de obviar tanto la estrategia como el análisis exhaustivo en medio del caos.

Muchos aseguran que su radicalismo es la consecuencia de un previo análisis, pero sus conclusiones no van más allá de una meticulosa descripción de lo que hoy vive todo venezolano. La estrategia pasa de rol protagónico a rol de reparto. Pasa de ser esencial, a una vana decoración o un simple capricho, porque los ciudadanos “no podemos hacer nada contra una dictadura militar”. Que de afuera resuelvan lo que adentro nos supera y no por la astucia del Gobierno, que ni más ni menos está respaldado por las armas, sino porque el botín de guerra seduce tanto que la articulación de fuerzas se vuelve inadmisible.

La espera inequívoca de una intervención militar cuando Estados Unidos la ha descartado públicamente y en Europa apuestan por elecciones libres, no es otra cosa que necedad. Ahora, esperar que una dictadura te brinde las garantías para sacarla del poder no es otra cosa que ingenuidad.

Ciertamente, la situación es de todo menos simple. Esfuerzos y discursos que no apunten a un mismo camino solo entorpecen el andar  y refrescan al Gobierno. El problema no está en la agónica espera por la intervención, porque sí puede ser ese el golpe final. El problema radica en el ocio y la discordia rutinarios, en las acusaciones caprichosas que a la hora de la verdad sí hacen mella en una población ansiosa por conseguir la verdad y la salida de la dictadura.

Cómo algo tan sencillo y a la vez trivial puede convertirse en una petición inhumana. Cómo la unidad para combatir a una dictadura genocida puede transformarse en una quimera. Cómo una gran parte de la clase política pareciera percibir como un burdo espejismo la miseria y la desgracia. Y cómo no entender este momento histórico para dejar de lado los intereses y priorizar lo verdaderamente apremiante.

@Alebenzecry

El autor es estudiante en la Escuela de Comunicación Social de la UCAB

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