Zona Estudiantil

Desobediencia civil vs el poder

FOTO: Reuters

Felipe Toro

21 de noviembre de 2018

 

Muchas son las maneras que se han propuesto para luchar contra el totalitarismo, una de ellas es la desobediencia civil. Pero, ¿cómo funciona la desobediencia?, ¿es simplemente no hacer lo que el régimen diga? Y, si solo es eso, ¿por qué es tan difícil de aplicar?

Cualquier poder político (democracia, monarquía, dictadura) descansa en encontrar obediencia entre sus miembros. Este comportamiento se da cuando esta obediencia se repite en el tiempo, convirtiéndose en costumbre.

La mayoría de las personas cumple la ley todos los días de forma voluntaria y pacífica, no porque conozca el texto legal y haya estudiado su régimen sancionador, sino por mera costumbre. El edificio del Estado moderno pende enteramente de una gran rutina de observación de las leyes o la observación de su incumplimiento.

Este consentimiento de obedecer al poder político es tácito, se normaliza, se convierte en natural nuestro rol. Por lo cual la sublevación contra ese orden no forma parte de las posibilidades efectivas con las que cuentan los súbditos.

Para que la sublevación entre en nuestras posibilidades es necesario deconstruir la manera en la que las relaciones de poder están establecidas. Se debe afrontar la idea de desobediencia en el modo en el que se deberían modificar las dinámicas entre las actuales relaciones de poder. No existe “un” poder: en la sociedad se dan múltiples relaciones de autoridad situadas en distintos niveles, apoyándose mutuamente y manifestándose de manera sutil.

Para ello hay que entender el poder como una trama de poder microscópico, que no es el poder político ni los aparatos de Estado, ni el de una clase privilegiada, sino el conjunto de pequeños poderes e instituciones situadas en un nivel más bajo. Entre hombre y mujer, alumno y maestro, y al interior de una familia, existen relaciones de autoridad que no son proyección directa del poder soberano, sino más bien condicionantes que posibilitan el funcionamiento de ese poder.

Las instituciones como la familia, la escuela o el lenguaje, son las que producen la realidad cotidiana. Las relaciones de poder se encuentran estrechamente ligadas a las familiares, sexuales, productivas. Íntimamente enlazadas y desempeñando un papel de condicionante y condicionado. El poder es más eficiente cuando no se ve.

“El poder no está nunca localizado aquí o allá, no está nunca en manos de algunos. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes circulan los individuos, quienes están siempre en situaciones de sufrir o ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consistente del poder ni son siempre los elementos de conexión. El poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos”, dijo Michel Foucault.

El poder que sea triunfa cuando normaliza una situación, incluso en la situación en la que se cree que se está ejerciendo una resistencia. Y, como resistente, no hace otra cosa que confirmar un estado de cosas donde el poder sigue siendo el poder, y uno se vanagloria de su acción, pero que nunca termina de resquebrajar la situación en la que vivimos.

Aceptar las reglas de juego en las que se basa el régimen no solamente es aceptar al gobierno y sus mandatos, sino también la legítima expectativa para la oposición de transformarse en gobierno. El hecho de votar en elecciones libres equivale a consentir a la autoridad de quien salga elegido: las elecciones son un proceso que confiere autoridad legítima al ganador, y con ella el derecho del más votado a exigir obediencia a todos los ciudadanos.

Actores legitimadores no son solo aquellos que apoyan al gobierno y sus políticas, sino también los que se le oponen, siempre que “no tengan el propósito de cambiar también el régimen”.

Si bien la situación de desobediencia surge cuando disminuye el poder que sustenta a los gobiernos, para que se lleve a cabo es necesario el surgimiento de un nuevo poder que nazca con la irrupción de una acción concertada entre los hombres.

Pero antes de saber el cómo hacer la resistencia, es importante identificar los primeros enemigos y la amenaza para combatirlos. Pero el más importante está en vencer a ese enemigo que todos tenemos adentro, que regula nuestros comportamientos cotidianos y nos lleva a desear aquello que nos oprime.

Se trata de ese policía interno, propio del régimen disciplinario que sustituye al régimen del soberano como una forma más avanzada de poder. Cuando se nos ha impuesto la disciplina a manera de autodisciplina, cada uno personifica en sí al verdugo y al súbdito y ya no es posible separar la institución disciplinaria del sujeto.

En este poder disciplinario, en el que cada uno es su propio policía, su propio verdugo, encarnamos la mirada constante del amo que vigila con un sentimiento de culpabilidad generalizada. Es decir, ahora la amenaza del poder no está afuera, en un soberano, sino que está instalada en nuestro interior. Así, nuestro mayor peligro somos nosotros mismos y, por eso, Foucault advierte que debemos protegernos de nosotros mismos, del fascista que llevamos dentro

Si la cuestión del poder se encuentra relacionada con la conducción de la vida de los sujetos gobernados, aquello que escapa a ese control –o gobierno– constituye una resistencia a ser conducidos por determinadas personas.

¿Cómo no ser gobernado? Esto no debe comprenderse como una voluntad de no ser gobernado de ninguna manera, o en absoluto, sino, más bien, cómo no ser gobernado de esta forma, en el nombre de estos principios, en vista de tales objetivos y por medio de tales procedimientos, no de esa forma, no para eso, no por ellos. Es no querer aceptar las leyes porque son injustas o porque esconden en la figura del soberano una ilegitimidad esencial.

@felipetsanz

El autor es estudiante de Comunicación Social en la UCAB

 

 

 

 

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