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El objetivo político de los ejercicios militares

Miembro de la milicia bolivariana sostiene un rifle durante un ejercicio militar en Caracas, Venezuela, 15 de febrero. Foto: Reuters

Juan Manuel Trak

El sábado 15 de febrero de 2020 las redes sociales venezolanas estuvieron inundadas de fotos y vídeos de milicianos haciendo supuestos ejercicios bélicos para defender la soberanía nacional ante una supuesta invasión. Muchas de las imágenes han causado la burla por parte de líderes, comunicadores y ciudadanos que adversan al gobierno de Nicolás Maduro. Más allá de la efectividad o no de ese ejercicio ante un supuesto escenario bélico, existen objetivos políticos más importantes que vale la pena no pasar por alto.

En primer lugar, el despliegue de equipos militares de alto calibre no tiene como propósito disuadir a los norteamericanos, colombianos o cualquier país del Grupo de Lima de una invasión. Todos ellos han dicho claramente, por diferentes medios, de diversas formas y con distintos voceros que una invasión militar no va a ocurrir. Solo quien ha perdido toda esperanza en el liderazgo interno o espera, una vez más, salidas fáciles a una situación altamente compleja, creería que es inminente una invasión. Razonamiento que, por demás, beneficia al gobierno.

Entonces, el despliegue de equipos militares, miembros de las FANB y milicias – es decir, civiles armados – tiene como finalidad amedrentar a la población. Una vez más, el gobierno echa mano de la guerra psicológica con el fin de producir miedo en la mente y corazones de quienes están pensando en retomar las calles.

En segundo lugar, el despliegue militar a lo largo y ancho de diversas ciudades tiene como finalidad profundizar el fatalismo. Es decir, la idea de que no es posible vencer al gobierno, que el control de las armas y la fidelidad de los miembros de las fuerzas armadas impiden cualquier salida política sean estas elecciones con condiciones mínimas o negociaciones políticas. Lo anterior se refuerza con el aumento de la represión selectiva hacia el entorno de la oposición, tal como ocurrió con la detención arbitraria del tío de Juan Guaidó, y el atropello que sufrieron los periodistas cuando el diputado y Presidente interino llegó a Venezuela por el Aeropuerto Internacional de Maiquetía.

En tercer lugar, este ejercicio militar también tiene como objetivo aumentar la cohesión interna de sus seguidores. Ante el regreso de Guaidó de su gira internacional, la que le ha permitido retomar la iniciativa política en el país, así como incremento de la presión externa; estos ejercicios buscan subirle “la moral” a quienes están con el gobierno, haciéndoles creer, aunque sea de manera simbólica, que tienen poder.

En este contexto, el ejercicio bélico es parte de  una estrategia más amplia del gobierno, que no es otra que generar desesperanza en la población. En psicología y ciencia política se usa el término eficacia interna para referirse a la creencia que tienen los ciudadanos de que no entienden la complejidad de la política y que, por ende, no tienen capacidad para influir en el proceso político y sus resultados. En un sistema democrático, el nivel de rechazo del gobierno sería suficiente como para que éste perdiera cualquier elección, los ciudadanos estarían convencidos que con su voto tienen la capacidad de castigar al gobierno y nombrar uno que represente mejor sus intereses y preferencias. No obstante, en un sistema no democrático como el venezolano, el gobierno ha utilizado tácticas de guerra psicológicas para sembrar profundamente la falta de eficacia interna, es decir, la creencia de que independientemente de lo que se haga es imposible influir en el proceso político.

Este el caso de las elecciones, entre 2004 y 2015 el gobierno construyó un sistema electoral que fomentaba la desconfianza tanto de los actores políticos como de los ciudadanos, mediante la difusión de supuestas manipulaciones del sistema de votación. La lógica detrás de esta campaña fue la de crear la idea de invencibilidad electoral, fomentando teorías en las que incluso, el satélite Simón Bolívar o el cable submarino a Cuba tergiversaban el resultado electoral. En 2015, la oposición logró superar esta percepción y movilizó masivamente a sus seguidores para ganar más de los 2/3 partes de la Asamblea Nacional; demostrando que el problema no eran las máquinas o los satélites sino la coordinación interna de la oposición, la organización electoral y el resguardo masivo de los votos. Ese día el gobierno aprendió su lección en lo electoral: que ya no era suficiente la generación sistemática de desconfianza para ganar las elecciones, por lo que entre 2016-2019 eliminó toda posibilidad legal de que los partidos y líderes más importantes de la oposición pudieran participar en elecciones.

En este contexto, el reto de la oposición es articular un movimiento capaz de enfrentar esta nueva etapa de lucha, superando el inmovilismo y desesperanza que el gobierno ha logrado imponer. Con independencia de la estrategia asumida por la oposición, reconstruir la confianza en el propio poder de los ciudadanos, reconstruir la creencia en la capacidad de influir sobre la distribución y ejercicio del poder político es un primer paso – entre muchos otros – para iniciar el cambio deseado.

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