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Hablando de esferas de influencia

FILE PHOTO:U.S. and European Union flags are pictured during the visit of Vice President Mike Pence to the European Commission headquarters in Brussels, Belgium February 20, 2017. REUTERS/Francois Lenoir/File Photo

Elsa Cardozo | 21 de febrero de 2020

El regreso de la expresión “esferas de influencia” en los discursos de las grandes potencias se produce en circunstancias que obligan a refinar el examen de sus propósitos y modalidades.  Manifiesta el interés en poner orden definiendo los ámbitos de seguridad de cada potencia, pero también refleja y refuerza tensiones geopolíticas. En efecto, se expresa en anuncios e iniciativas en los que es diverso el peso de lo que contribuye al orden institucionalizado y lo que lo desafía y debilita. Lo primero y lo segundo quedan ilustrados en estos días en el contraste entre los propósitos y medios de la Unión Europea cuando reactiva su papel ante la crisis en Libia, de un lado, y los de Rusia en su aparente  interés en la anexión de Bielorrusia, del otro.

En los años de la post Guerra Fría -como en los de otras postguerras- no dejaron de intentarse visiones y acciones estratégicas que tradujeran la conclusión de la confrontación en el final de la división del mundo en campos enfrentados, buscando establecer  nuevos, mejores y permanentes arreglos de seguridad, económicos y políticos. No intentemos siquiera idealizar este y otros intentos similares. Basta pasearse por apenas algunos hitos muy visibles de la historia menos lejana. Recordemos el breve y tenso intermedio entre las dos guerras mundiales o, hacia el final de la segunda, la imposición soviética de su control sobre Europa Oriental desde 1945 y el rápido inicio de la Guerra Fría con su división de buena parte del mundo en dos mal llamados “bloques”; ya en la última década del siglo XX, durante y después del derrumbe de la Unión Soviética, se cuentan las iniciativas trasatlánticas para incorporar a Rusia (también a varias exrepúblicas soviéticas) a foros, organizaciones y acuerdos económicos y de seguridad internacional, mientras que China en su “ascenso silencioso”, evitaba confrontaciones políticas internacionales, acumulaba crecimiento de su economía aun en medio de la crisis financiera asiática de finales de los noventa y negociaba sus condiciones para ingresar a la Organización Mundial de Comercio. Cerrando el siglo XX, tras la breve fantasía del mundo unipolar se produjo la reconfiguración y afirmación de esferas de influencia: en la medida en que la Organización del Atlántico Norte se proponía crecer y crecía hacia el este de Europa, Rusia manifestaba su voluntad de dominio sobre Chechenia, Georgia y Ucrania, en tanto que China evitaba dar señales de vocación hegemónica o de confrontación internacional con otros poderes, pero sin descuidar sus intereses políticos en el vecindario inmediato (especialmente respecto a Taiwan, Corea del Norte y, en general, el este de Asia), y se articulaba a su manera a la globalización económica para construir incrementalmente su influencia mundial. Europa, mientras tanto, fortalecía su unidad geográfica, económica, política y normativa, e impulsaba la institucionalización de una política externa y de seguridad común.

Precisamente en Europa la cuestión de las esferas de influencia se ha hecho muy presente en la recién concluida convocatoria de la Conferencia de Munich, ese periódico encuentro trasatlántico de larga data que reúne a líderes políticos, expertos, pensadores, actores de organizaciones internacionales, la sociedad civil y los negocios en torno a temas de seguridad internacional.   El tema se hizo manifiesto de modos más y menos explícitos en los discursos y en análisis sobre acuerdos y desacuerdos entre Europa, Estados Unidos, China y Rusia. En las más diversas evaluaciones son reconocibles los problemas del reparto de esferas de influencia y las limitaciones que impone a las áreas y temas en los que es necesaria la negociación y la cooperación internacional para el manejo y resolución de situaciones críticas, para comenzar, entre Europa y Estados Unidos.

El caso es que -con una breve y comprometedora referencia inicial al título de los dos volúmenes de Oswald Spengler (La decadencia de occidente, 1918,1924)- elInforme 2020 (Westlessness) que precedió e inspiró el temario de la conferencia, definió así su punto de partida: occidente -entendido como “amalgama de tradiciones” cuyos denominadores comunes son el compromiso con la democracia liberal y los derechos humanos, con la economía de mercado y con la cooperación en instituciones internacionales- está en serios problemas, reiterados y agravados respecto al diagnóstico del Informe de 2019 (El Gran rompecabezas: ¿quién recoge las piezas?) , para no ir más atrás. Problemas que en buena medida se resumen en la multiplicación de ideas y prácticas liberales o francamente autoritarias, mientras  crece el peso y la influencia de potencias autocráticas. La sola mirada al índice del Informe de este año revela, por una parte, las brechas no solo respecto a China y Rusia, sino entre Europa y Estados Unidos. Por otra parte, evidencia una agenda de problemas de seguridad internacional y transnacional que incluye asuntos tan diversos como los nacionalismos que dificultan la atención a problemas de seguridad, necesitados de tratamiento concertado; la necesidad de defender las reglas y procedimientos que contribuyen al orden internacional y al robustecimiento de las instituciones multilaterales; la prioridad de sostener políticas que  tengan como norte la protección de los derechos humanos;  la seguridad en salud; la atención a los desafíos de las migraciones, el cambio climático y la contaminación, la ciberseguridad y la seguridad del espacio.

Retomar, sin más, la estrategia de definición de esferas de influencia y considerar deseable el retorno a los equilibrios de poder de la multipolaridad deja de lado, aparte de la memoria de sus consustanciales tensiones y conflictos, otras consideraciones fundamentales.  Valga introducir dos de ellas, para proponer finalmente otro modo de relacionarse entre y con las potencias.

En primer lugar, una cosa es hablar de áreas de influencia y asumir el lenguaje del poder desde Europa -como ha reiterado el Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad en Munich-, cuando lo hace para asumir responsabilidades regionales desde un marco multilateral con el propósito de contribuir a resolver situaciones de crisis evitando que la intervención de actores ajenos a ellas  contribuyan a agudizarlas y a generar mayor inseguridad. Semejante va siendo el caso de la insistencia del  gobierno de Estados Unidos en concertar con los países latinoamericanos -en la OEA, con la invocación del TIAR y en acercamientos bilaterales-  para combinar las medidas de presión, persuasión y asistencia que contribuyan a la solución de la crisis venezolana. Otro caso muy distinto es el de la invasión y anexión de territorios o el del aprovechamiento de conflictos y ámbitos de ingobernabilidad en beneficio político y material fundamentalmente propio, como lo ilustran diversas iniciativas rusas y chinas cerca y lejos de sus fronteras. En todo caso, sin olvidar la importancia de las motivaciones y justificaciones declaradas, es clave considerar el cuidado -o el descuido- por la institucionalidad internacional en la conformación y preservación de la influencia.

En segundo lugar, hay problemas de seguridad -territoralmente circunscribibles o no- que solo pueden enfrentarse, manejarse o resolverse combinando los esfuerzos de múltiples actores, y esto no solo vale recordarlo en relación con Rusia y China en casos menos y más recientes, como Chernobyl o el Coronavirus, sino en referencia al debilitamiento de la cooperación entre Estados Unidos y Europa.

En suma y finalmente: considerado el tema de las esferas de influencia desde los motivos, medios y conjunción de esfuerzos legítimos -por los principios y sentido de responsabilidad que los alientan- el reto es doble: evitar que las regiones en disputa o las crisis nacionales se conviertan en plataforma de poder de la racionalidad geopolítica ajena, que prioriza la defensa y la estabilidad de los intereses propios a todo trance, y favorecer la influencia internacional que, aunque nunca es ajena a la protección de sus propios intereses, contribuya a la recuperación del orden desde principios compartidos  de fortalecimiento del estado de derecho, protección de derechos humanos, democracia y prosperidad. En ello Europa y Estados Unidos tienen mucho que recordar y evaluar, recuperar y proteger en la memoria propia y compartida. Lo que, pensado y escrito desde Venezuela, obliga también a reconocer la importancia crucial de cultivar, con creatividad e iniciativa, las relaciones cuya influencia favorece nuestra recuperación humana, material e institucional.

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