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Guaidó: Los problemas de ser gobierno que no gobierna

Foto: CNN

Juan Manuel Trak

@juanchotrak

Olvidémonos de la democracia por mucho tiempo, la oportunidad de una transición por negociación o desplazamiento del bloque de poder, pasó. El gobierno interino de Juan Guaidó se ve fatigado y empieza a mostrar sus carencias. Al día de hoy, Guaidó tiene todos los problemas de un gobierno en funciones, mientras que no es capaz de ejercer el poder dentro del territorio nacional.

En primer lugar, el cuestionamiento del manejo de los fondos públicos en el exterior hace mella en la percepción de muchos. Si bien no hay evidencias concretas de corrupción o malversación (que yo haya visto), la falta de transparencia genera suspicacia en un país en el que la confianza hacia los políticos es nula desde hace más de treinta años. La esperanza de un nuevo tipo de gestión abierta al escrutinio público, que contrastara con la opacidad del gobierno del PSUV, no se concretó. Si bien cabe acotar que las circunstancias han sido excepcionales, lo cierto es que también era necesario inyectar un cambio en la forma de hacer política en el país.

En segundo lugar, el gobierno interino no ha sido capaz de mantener unida y mucho menos ampliar la coalición democratizadora. Una de las funciones del liderazgo es convencer y motivar a quienes lo apoyan de seguir un camino determinado, de dirigir los esfuerzos hacia un objetivo mancomunado. Otra de sus funciones es persuadir a miembros dentro de la coalición dominante de cambiarse de bando y coadyuvar a la transición democrática. Lamentablemente, errores como los del 23F y el 30A de 2019 llevaron a muchos a desconfiar de la autonomía de su liderazgo.

A esta situación se le suma, por un lado, la evidente campaña proveniente de los sectores más radicales de la oposición, cuya impotencia es tan grande que esperan que desde afuera les entreguen el poder. Por el otro, hay quienes han igualado la responsabilidad de nuestra tragedia, argumentando que es la falta de acuerdo entre gobierno y oposición lo que nos ha traído aquí; obviando que ha sido el gobierno de Maduro (y antes de este el de Chávez) el que sistemáticamente ha dinamitado cualquier posibilidad de normalización política. Hay quienes, incluso, se han prestado para ser parte de esa farsa que han denominado Mesa de Diálogo Nacional.

En este contexto, el gobierno de Maduro ha sabido aprovechar las fisuras de la oposición para crear abismos infranqueables cuya consecuencia es la fragmentación cada vez mayor de los grupos políticos que lo adversan. La sociedad venezolana se encuentra huérfana, Guaidó sigue siendo para muchos la esperanza del cambio, pero en la medida que el 2020 avanza su posición institucional se debilita a lo interno del país, al tiempo que la represión sigue in crescendo.  

En tercer lugar, ante una situación de crisis sanitaria y económica global, sus apoyos internacionales se van debilitando. Mientras algunos están tratando de adelantarse al estallido de la crisis política que se les avecina, otros se han mostrado evidentemente incapaces de comprender qué está sucediendo. En pocos meses muchos estarán en una situación tan apremiante que Venezuela dejará de ser un tema del cual preocuparse, salvo para retornar a los migrantes que quedarán en la calle por la crisis económica.

Lo anterior no desmerece el esfuerzo de muchas de las personas que han dado su vida, y arriesgado su libertad y seguridad. Hay que reconocer que muchos se están dejando la piel por Venezuela, pero la situación lejos de mejorar empeora y cuando creemos que la hora más oscura ha llegado, se atraviesa un agujero negro que se traga toda posibilidad de transición democrática a corto o mediano plazo.

De esta suerte, el gobierno interino tiene demasiados flancos abiertos mientras que su enemigo real aprovecha la situación de la pandemia para aumentar su control sobre la sociedad. Si algo ha demostrado el mes de marzo es que, por más mal que lo haga, quien gobierna es Maduro, toda vez que los mandatos que son obedecidos son los emanados de Miraflores.

Esto no significa que el gobierno autoritario esté en una situación cómoda, sino que tiene ventaja relativa frente al gobierno de Guaidó. En última instancia, la crisis de salud de combustible y económica tiene como responsable único al gobierno chavista. No obstante, y paradójicamente, la solución factible vendrá de su interior.  La posibilidad de un cambio político existe; pero no será democrática, ni tampoco tendrá como protagonistas a la gran mayoría de los miembros de la oposición. Las contradicciones internas del gobierno de Maduro han dejado desnuda la dificultad de sobrevivir sin el tutelaje internacional, y las señales emanadas de Estados Unidos apuntan a que estarían dispuestos a trabajar con un gobierno chavista pero pos-madurista, siempre y cuando se logre “normalizar” la situación política del país.

Así las cosas, mientras quienes adversan al gobierno siguen peleándose el monopolio de una representación política prácticamente inexistente, piden un acuerdo de escasa viabilidad política o esperan que lleguen los marines a “solucionar”; el verdadero riesgo del gobierno lo entrañan quienes desde dentro están seriamente considerando la propuesta hecha por los Estados Unidos en el documento “Marco para la transición democrática de Venezuela”.

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