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Política, poder y democracia

Foto: Archivo

Juan Manuel Trak

@juanchotrak

Doctor en Procesos Políticos Contemporáneos (Universidad de Salamanca, España), Máster en Ciencia Política, Sociólogo (UCAB), Articulista.

En estos días de tantos desatinos políticos muchos dicen que hay que volver a la política. Lamento decirles que la política nunca se detiene y que, si bien a usted puede no gustarle la política en general, o la manera como se ejerce en el país, ella seguirá existiendo con independencia de sus opiniones.

Quizás, para muchos, el problema es que confunden la política con los medios a través de los cuales es posible su ejercicio, o tal vez confunden política con el sistema político de su preferencia. Peor aún, hay quienes tienen un concepto equivocado de política, pero es su arrogante ignorancia no se dan cuenta que no saben de lo que están hablando. Así que toca, de vez en cuando, hacer un ejercicio pedagógico para aclarar conceptos y así poder hablar el mismo idioma.

La definición básica de política la podemos tomar de Max Weber, sociólogo y economista alemán del principios del siglo XX, quien la definió como: “La política es la aspiración a participar en el poder o participar en parte del poder entre los distintos Estados o dentro de un mismo Estado, entre distintos grupos que lo componen”. Pero la política no es, de ninguna manera, un asunto lineal. De hecho, Maurice Duverger señalaba que la política tiene una naturaleza ambivalente, es al mismo tiempo conflicto y conciliación, de allí que sea compleja su comprensión.

Desde la perspectiva del conflicto, la política puede entenderse como una lucha incesante  por el poder, así como los beneficios y privilegios que derivan una vez se alcanza el poder. Por otro lado, y al mismo tiempo, la política es acuerdos y la búsqueda de consensos a los fines de garantizar la paz y el orden.

En este orden de ideas, existe una tensión constante entre conflicto y consenso de cuyo equilibrio dependerá la naturaleza del régimen político. Para que quede claro como el agua, el régimen político se refiere a las normas que rigen la competencia y el ejercicio del poder. De esta suerte, puede haber regímenes democráticos y no democráticos.

Los regímenes democrático-liberales fundamentan su poder en el origen electoral de quienes gobiernan, y en el ejercicio limitado de ese poder a través de la división de poderes, el Estado de derecho y el ejercicio de las libertades políticas por la gran mayoría de los ciudadanos. En los regímenes autoritarios, la legitimidad electoral es escasa o nula, y el ejercicio unificado del poder se justifica por los resultados. En cualquier caso, siempre habrá gente que cuestiona la legitimidad del sistema. En los sistemas democráticos dicho cuestionamiento se puede hacer libremente, mientras que en los autoritarios se usa la fuerza y represión para someter a los grupos que se oponen.

Es allí cuando es necesario no confundir medios y fines. Quienes buscan un cambio de un sistema no democrático a uno democrático han de tener claro que el objetivo no es tanto desplazar al grupo que detenta el poder, como el cambiar las reglas y prácticas del ejercicio del poder. Así, si bien el desplazamiento del grupo es una tarea importante, no necesariamente es el punto de partida de una transición sino su llegada. La liberalización de la política, la reinstitucionalización de la competencia es un objetivo previo a cualquier cambio político. De nada sirve cambiar a las personas si no hay cambio en el régimen político.

La forma como se cambia ese régimen es otra historia. Los golpes de Estado, la movilización social no violenta, las revueltas populares, las elecciones, las negociaciones y la violencia política son solo recursos posibles según se tengan los medios disponibles. De hecho, se pueden utilizar unos para provocar otros. A esa combinación de formas de incidir en el poder la podríamos definir como estrategia.  Así, la movilización social puede servir para forzar la negociación, la violencia política para producir un golpe de Estado, o la negociación para acordar una sucesión de elecciones que deriven en el cambio de la élite autoritaria. La lucha por el poder es, en ocasiones, la lucha por las normas que regulan su acceso y que permite la construcción del orden político legítimo, es decir, aceptado por la comunidad política.

En cualquier caso, no hay camino lineal a la democratización, ni tampoco política impoluta. Lo que si no es posible, es política sin estrategia, o estrategia eficaz sin adecuación de los medios disponibles a los objetivos deseados. Finalmente, y con independencia de los medios utilizados, solo es posible llegar al poder o mantenerlo sin la construcción de una base de apoyo social. De nada sirve entrar a un palacio si afuera del mismo nadie te obedece. Sobre ese particular le pueden preguntar a Carmona Estanga.

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