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Mitología revolucionaria y alternancia

Foto cortesía de: Clímax

 Luis Manuel Esculpi | 14 de mayo de 2020

Parlamentario, ex presidente de la Comisión Permanente de Defensa del extinto Congreso de la República, Analista Político, Articulista

@lmesculpi


La mitología revolucionaria pretende justificar sus actuaciones con una épica que toda revolución, que se precie como tal, está antecedida de un proceso de luchas heroicas que le hizo posible alcanzar el poder. En su discurso suelen apelar a una determinada interpretación de la historia para explicar su comportamiento, diseñando una especie de leyenda atribuyéndose hazañas o cualidades no exhibidas suficientemente por la dirección durante su conformación como grupo dominante.

El intento de asociarse con un pasado glorioso va acompañado con imágenes de conquistas y gestas permanentes en su gestión como gobierno con la intención de cubrir los desastrosos errores, fracasos y crímenes característicos de las revoluciones que se identifican con el pensamiento decimonónico, cuyo colapso lo marcó en Europa la caída del muro de Berlín. En el curso de los dos años posteriores se disolvió la Unión Soviética y cayeron prácticamente sin violencia (con la excepción de Rumanía) todos los regímenes del denominado “socialismo real” en Europa del este.

En nuestro continente la Revolución Cubana y la experiencia nicaragüense, independientemente de los nefastos gobiernos en que luego se convirtieron, llegaron a gobernar como consecuencia de una dura, cruenta y heroica lucha contra las dictaduras de Batista y Somoza. Eso forma parte de sus discursos.

En Venezuela los precursores del régimen se valieron inicialmente del culto a la figura de Bolívar, tal como hicieron los caudillos y dictadores en el siglo pasado, para elaborar un relato pretendiéndose darle fundamento a su proyecto político, mientras que con el paso del tiempo le asignarían además una significación épica al fallido golpe de Estado del 4 de febrero, denominándola “insurrección de la juventud militar” e inventándole como antecedente los acontecimientos de febrero del año 89, para comenzar la narración de pregonada alianza cívico-militar.

Al grupo militar precursor, progresivamente se le sumaron los restos de organizaciones de la izquierda tradicional, de la Liga Socialista y el movimiento 80 de la Universidad Central de Venezuela (UCV). En la Liga Socialista militaron Nicolás Maduro, el actual ministro del Trabajo, Eduardo Piñate y  el padre de Jorge y Delcy  Rodríguez. Se agregaron antiguos dirigentes de Bandera Roja, como Elías Jaua y Blanca Eekhout y  otros, como Adán Chávez y Tarek William Saab, que militaron en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), solo por mencionar algunas de los más destacadas figuras provenientes de ese mundillo de la izquierda stalinista que Teodoro Petkoff calificó como borbónica, por aquello de  “que no aprende ni olvida”.

Hábilmente varios de los antes mencionados borraron las diferencias manifestadas en contra del 4-F que los condujo a renunciar a las organizaciones donde militaban y a no apoyar el  golpe, tal es el caso de Elías Jaua y Blanca Eekhout, que junto a Daniel Hernández se separaron de Bandera Roja por considerar que los promotores de la acción eran “militares de derecha”.

El propio Nicolás Maduro y varios dirigentes de la Liga Socialista expresaron su rechazo a participar del movimiento argumentando: “todo militar es gorila”. El dirigente magisterial, en ese tiempo, Carlos Texeira, según relata, casualmente encuentra a Maduro manejando una unidad del Metro Bus al siguiente día de la asonada militar, “como si nada”. Indudablemente en su trayectoria los que hoy conforman parte fundamental del grupo que dirige el país, han demostrado una gran capacidad de adaptación,  de acuerdo a las circunstancias. Los interesados en conocer estos y otros detalles de esos días, pueden ingresar a la página web de la organización Bandera Roja y buscar un trabajo titulado: “4F la historia no contada del golpe”.

Luego se fusionó parte del grupo militar con los civiles provenientes de las organizaciones señaladas y de esta manera se afianzó el concepto de las acciones militares como una gesta, por una parte, y por la otra se asumió como himnos las canciones de Alí Primera. No obstante, las nominaciones de Alberto Lovera, Argimiro Gabaldón, Alfredo Maneiro y Argelia Laya como figuras o emblemas importantes para algunas puestas en escena o eventos, resultaron propicias para el momento. No dudamos que muchos de ellos, de estar vivos, hubiesen rechazado de plano la utilización de sus nombres y trayectorias para fines propagandísticos.

Lo más importante como acervo de esa cultura trasnochada fue que asimilaron la negación de la alternancia fundamentada en la idea de que las revoluciones llegan para quedarse, por lo tanto “se vale todo” en función del objetivo supremo, conservar el poder a como dé lugar. Esa asimilación de los valores tradicionales de la “izquierda borbónica” se hace cada vez más que evidente frente a la repuesta del régimen a la gravísima crisis, en todos los órdenes que confrontamos los venezolanos, donde el objetivo de mantenerse en el gobierno  constituye por encima de todo su razón de ser.

Insisten en darle connotación de gesta y heroicidad a un modelo político fracasado, lo consideran un aspecto fundamental para moralizar y unificar a sus partidarios, difunden la leyenda de conspiraciones, golpes de Estados y atentados, en ese sentido la enseñanza cubana les ha sido sumamente útil. Asimismo exponen versiones novelescas de esos presuntos sucesos, los inventan o exageran, le asignan un rol de primer orden en su discurso a la Fuerza Armada, para fortalecer a los mandos que son de los principales pilares, sino el fundamental, en el cual se sostienen.

En los controvertidos acontecimientos de Macuto y Chuao, más allá de las distintas ópticas  sobre sus características, está claro el interés del régimen de magnificarlos, al hablar de una invasión apoyada por la primera potencia militar del planeta, para darle así un carácter épico a los resultados y continuar con el propósito permanente de dotarse de una gesta heroica.

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