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Vislumbrar un nuevo modelo para el desarrollo de los hidrocarburos

Foto: Archivo

Leonardo Vera

Economista de la Universidad Central de Venezuela (1987), Master en Economía en Roosevelt University (Chicago, 1991), y Ph.D. en Economía en University of East London (Inglaterra, 1997). Individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Profesor Titular de la Cátedra de Macroeconomía de la Escuela de Economía de la UCV y Profesor Invitado Internacional en FLACSO-Ecuador. Autor y editor de 6 libros sobre Macroeconomía y Desarrollo.

@LeonardoVera60


Desde la época colonial, la economía de Venezuela se ha configurado alrededor de un proceso de desarrollo dependiente, atado y apalancado por los proventos de un producto de exportación que termina mostrando nuestra fachada en los mercados internacionales.

El cultivo de cacao lideró la economía de la Venezuela del siglo XVIII, hasta el punto de convertir al territorio en el mayor exportador entre las colonias Hispanoamericanas. Pero las nuevas rutas de comercio y los competidores internacionales, la destrucción de las haciendas a raíz de la guerra de independencia, la aparición de enfermedades sobre el cultivo (como la llamada “escoba de bruja”), la reducción de la mano de obra esclava, y la mejora en los precios relativos del café, fueron dejando a un lado la economía del cacao para darle paso a una nueva hegemonía. La hegemonía del café en la economía venezolana comenzaría a vislumbrarse en 1830, cuando sustituye al cacao como el principal rubro de exportación nacional, hasta 1925, cuando se produce visiblemente su decadencia, con la actividad petrolera imponiendo su signo dominante.    

Venezuela se consolidó entonces por casi un siglo como líder productor y exportador de crudo a nivel global. Apenas veinte años después desde la instalación del primer taladro perforador de pozos, ya el país se había convertido en el mayor exportador de petróleo del mundo y el segundo mayor productor de petróleo, después de Estados Unidos. Las consecuencias socio-culturales, económicas e institucionales que habrán de venir con el auge de la actividad petrolera, no cabe duda, fraguaron el síndrome de la modernidad en Venezuela. Esta dinámica de cambios fue auscultada y resaltada por eminentes observadores, analistas e historiadores. Lo que quizás muchos no advirtieron fue el formato y el momento que daría lugar al declive de la industria de los hidrocarburos que hoy presenciamos con ojos de asombro.

La verdad es que el sector de los hidrocarburos en Venezuela atraviesa su momento histórico más difícil sin que se pueda evitar su interpelación. La producción y las exportaciones vienen declinando sin interrupción desde hace 6 años atrás y lo que hoy produce la industria es escasamente una sexta parte de lo que fue hace dos décadas atrás. El modelo de monopolio estatal, un marco institucional difuso e incierto y una regulación diseñada para el ciclo de altos precios, han dejado al sector sin inversiones. Por otro lado, la empresa petrolera estatal, PDVSA S.A., se encuentra en situación de insolvencia, cesación de pagos e impedida de reestructurar con los acreedores, por no hablar de otras carencias y calamidades. Sobre estos tres factores: un severo ocaso productivo, ausencia de inversiones y asfixia financiera, se han posado más recientemente las sanciones financieras y comerciales de los EE.UU. profundizando los daños.

Todo esto, que parece muy idiosincrático o específico del contexto “Venezuela”, en realidad se mueve en un contexto internacional donde la industria de los hidrocarburos enfrenta muy serios desafíos. Reducir costos y mantener las inversiones en tecnologías para mantenerse competitivos, enfrentar escenarios de precios cada vez más volátiles por la flexibilidad que ha adquirido la producción, lidiar con las crecientes presiones ambientales y con la competencia que se avecina de las energías “limpias”, son los más inminentes.

Y en consecuencia este tormentoso clima y escenario nos lleva a preguntarnos si estamos en presencia del final de un gran super ciclo, como se materializó con el cacao y el café. Posiblemente no, pues incluso la muerte de los combustibles fósiles no es la sentencia final al valor de las cadenas de hidrocarburos a nivel mundial y Venezuela aún tiene reservas. Pero lo que parece más definitivo y firme es la necesidad de reconstruir la industria de los hidrocarburos en el país sobre una base muy diferente a la que vio su desarrollo y eclipse.

En primer lugar, ni el Estado venezolano, ni PDVSA tienen la musculatura financiera y tecnológica para emplazar las inversiones que se necesitan para devolverle la rentabilidad y sostenibilidad al negocio petrolero. Esta es una mala noticia para los “nacionalistas” a ultranza, que cuando huelen la presencia de actores privados recuerdan las espuelas y el apetito insaciable de las multinacionales. Pero esto no es algo que no pueda resolverse con buenas leyes y contratos, así como con un sistema de justicia sólido e independiente. Por otro, difícilmente Venezuela volverá a disfrutar de una renta extraordinaria en manos del Estado que permita soñar con aquellos proyectos inflados de la “Gran Venezuela” o de la “gran chequera internacional”. La renta petrolera, de hecho, ha desaparecido en manos de Maduro y las posibilidades de extracción de crudo hoy a nivel global se han multiplicado como para prever con cierto grado de certeza que escenarios prolongados de altísimos precios son cosa del pasado. Por último, y no menos importante, el modelo de monopolio estatal, donde una empresa nacional integrada verticalmente lo hacía todo en el complejo negocio de los hidrocarburos, ya no es posible, lo que no significa necesariamente la muerte de PDVSA, pero si su descongestionamiento y convivencia con otros actores, en un ambiente sustancialmente más competitivo y organizacionalmente más exigente.

En perspectiva, y ante esta realidad, aquel antiguo debate entre “nacionalistas” y “reformistas”, es por decir lo menos intrascendente. La única opción que nos ha dejado el eclipse es orientar los mejores esfuerzos en una reforma. Es justamente en la orientación y el alcance de la reforma donde es pertinente el debate.

En sus rasgos más importantes la reforma debe plasmar los dispositivos institucionales y legales que permitan abrir amplios espacios de participación al capital nacional e internacional, donde el Estado tribute, pero además evalúe y oriente los cambios que deben producirse en la matriz energética nacional, con un alto componente por el cuidado del medio ambiente, a través de un regulador competente y con una visión de desarrollo diferente, donde los hidrocarburos puedan ir configurando un gran cluster industrial que arrastre multitud de productos y servicios conexos internos, todo en franco contraste con el modelo de monopolio estatal, pesado, excluyente y tóxico ambientalmente.

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