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La organización social más allá de las tácticas políticas (II)

Foto: Archivo

Danny Toro


En el artículo anterior traté de mostrar cómo la organización social no solo tiene que ser objetivo de las fuerzas democráticas venezolanas, sino también punto de encuentro para la planificación y desarrollo de las acciones que posibiliten una transición a la democracia en el país. Esto es, que ante la divergencia de planteamientos de la oposición hoy frente al 6D y la continuidad de la lucha democrática -divergencias hasta cierto punto legítimas según cada cálculo político-, el respaldo popular y la consecuente organización social vienen a ser elemento para la construcción de criterios tácticos y agendas estratégicas que superen la división actual.

Aunque es más fácil establecer los objetivos finales que los medios para alcanzarlos, sobre todo en circunstancias tan difíciles, trataré de plantear algunas líneas maestras sobre las cuales emerjan posibilidades reales para concretar agendas compartidas de lucha democrática.

La agenda social

Cualquier intento de organización social pasa necesariamente por la articulación de problemas e intereses comunes de los distintos grupos de la sociedad. Ningún discurso político conecta si está alejado de la realidad que viven las personas, más allá de las diatribas de la dinámica política nacional. Los problemas cotidianos son los que articulan preocupaciones y esfuerzos dentro de las comunidades y si se quiere obtener respaldo y credibilidad duraderas – ya no transitorias provocadas por eventos fortuitos- es imprescindible conectarse con esas problemáticas y esos intereses. Porque una cosa es tener a una mayoría social en contra de alguien o algo, y otra muy distinta es tener esa mayoría social a favor de un proyecto de cambio o alguna alternativa política, y otra aún más distinta es que esa mayoría tenga posibilidad real –tejido social- para optar por alguna alternativa. De la concientización de esta distinción depende buena parte del éxito de una estrategia política, especialmente en contextos autoritarios como el nuestro.

A pesar de que en los últimos años Venezuela ha vivido un retraso en todos los sentidos respecto al desarrollo social del hemisferio occidental, no tenemos que dejar de pensar en formas de innovación política. Ante la crisis de representatividad que viven muchas democracias modernas en el mundo y sus partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil OSC- antes organizaciones no gubernamentales u ONGs- han venido ocupando un papel importante, incluso en la discusión de problemas nacionales. Ya los partidos políticos no son las únicas estructuras que inciden y que pueden intentar llegar al poder; el panorama de incidencia es mayor.

En el caso venezolano, en los últimos años a la par de la autocratización del régimen, han surgido múltiples organizaciones de la sociedad civil en distintas áreas de acción, que comenzaron a incidir en realidades concretas en la medida en la que el Estado venezolano y sus instituciones fueron perdiendo capacidad y su preocupación giró hacia el mantenimiento del poder por medio de la fuerza.  Es decir, las políticas públicas dejaron de ser prioridad para el gobierno y las demás instituciones estatales, y las organizaciones de la sociedad civil fueron ocupando ciertos espacios de acción. El levantamiento de datos sobre las realidades sociales del país  han sido recogidos por diversas OSCs frente a la opacidad de las cifras oficiales y en muchos lugares quien inciden en la construcción de tejido social son precisamente las organizaciones sociales y no las instituciones gubernamentales. Esto presenta un cambió en el paradigma del entendimiento de lo político.  La lucha democrática debe ser entonces más amplia, e ir más allá de las propias rivalidades partidistas.

Por lo tanto los partidos políticos venezolanos, que luchan frente a un Estado que no garantiza un mínimo de bienestar a sus habitantes, deben articularse con los trabajos de las OSCs en el país. Y esta articulación no debe ser  para nada una cooptación o la utilización de los medios y las acciones de las organizaciones sociales para fines partidistas, sino una contribución genuina, creando puentes entra las  percepciones políticas dominantes y las realidades sociales existentes. El discurso político y sus consecuentes acciones tienen que abarcar la dinámica política – la consulta popular, las elecciones, las rivalidades partidistas-  pero también lo social, no como argumento retórico típico de los populismos, sino como creencia y praxis constante. Hay que hablar de la salida de Nicolás Maduro y su régimen, pero también hay que brindar espacios de discusión y generación de capacidades a la población, para que sienta que desde ya estamos generando las acciones por el país posible. Mesas de diálogo y debate en comunidades, intercambio de experiencias entre diversos sectores, promoción de formación sobre elementos de cultura política como la democracia, solidaridad, participación ciudadanía; espectros lejanos de las concepciones clientelares de un petroestado.

No olvidemos que esta crisis no solo es una oportunidad para salir de un régimen autocrático sino también un camino para dejar el rentismo y conceptualizar un país verdaderamente productivo, diversificado e ingeniosamente innovador. En fin, como diría Amartya Sen, hay que generar capacidades en la población, para junto a ella impulsar los cambios. La lucha democrática también tiene que considerar esto.

Narrativas particulares

Es importante también que esa creación de puentes entre el ámbito político y social, pase por la construcción de narrativas inclusivas de manera bidireccional. No solo discursos políticos desde las élites hacia el resto de la población, sino desde la población hacia quienes toman las decisiones políticas fundamentales. El discurso por la libertad y los derechos humanos tiene que ser traducido para todos aquellos que enfrentan y viven otras realidades: el trabajo arduo, el hambre constante, la frustración de no ver oportunidades futuras en el país. Por lo tanto las narrativas tienen que tener un ámbito general como la libertad y la democracia del país, pero también componentes particulares para que la lucha democrática sea entendida y asumida, como diría Hannah Arendt, por toda la pluralidad de la vida social.

La narrativa tiene que empoderar y emocionar a los líderes ciudadanos y a la gente de a pie, a continuar la lucha democrática hasta alcanzar el objetivo, pero también dicha narrativa debe convencer a aquellos que por filiaciones partidistas, ideológicas, falsas creencias, miedos y desconocimiento, no apoya una cambio de régimen. El discurso tiene que mostrar a aquellos que no comparten estas ansias,  que la mejor opción es un nuevo gobierno. Y esta labor no la pueden hacer Juan Guaidó, María Corina Machado, Henrique Capriles ni Leopoldo López, etc., pues sería inoperativa y no siempre creíble; la tienen que hacer justamente los líderes ciudadanos y comunitarios, desde sus espacios y con sus medios. El convencimiento no solo es tarea de los políticos de oficio. Con lo anterior buscó trasladar la lógica política desde arriba hacia abajo, desde las élites políticas hacia la ciudadanía, para engranar puentes e iniciativas y que sea ese un paso a una verdadera unidad que encuentre posibilidades para una transición política hacia un régimen democrático. Aunque en la historia los cambios trascendentales son  direccionados por las élites que toman decisiones, solo aquellas que logran entender  y articular las fuerzas sociales tienen éxito. Como bien apuntó Nicolás Maquiavelo en sus Discursos sobre Tito Livio: “los historiadores elogian más a Hierón de Siracusa cuando era simple ciudadano que a Perseo de Macedonia cuando era rey, porque para ser príncipe solo le faltaba a Hierón el principado, y Perseo no tenía de rey más que el reino”. Para el cambio es imprescindible el respaldo y la organización de la sociedad, sin ella no se logrará nada que sea verdaderamente duradero.

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