Opinión y análisis

La decisión que deberá tomar Blinken

Joe Biden y Antony Blinken / Extraído de: Financial Times

Andrés Cañizález

@infocracia

Una de las interrogantes que deberá responder Antony Blinken en sus primeros días al frente del Departamento de Estado de Estados Unidos estará relacionada con Venezuela.

De ninguna manera esto debe entenderse que con la llegada de Joe Biden al poder, cuya juramentación está prevista para el 20 de enero, la crisis venezolana pasará a ser un asunto central en su administración. Como lo señalamos en un texto anterior, Venezuela podría terminar ocupando un lugar importante más bien por carambola.

Volvamos al asunto que deberá resolver la administración Biden en sus primeros días. La pregunta es si les dará continuidad a las decisiones del actual gobierno o si tempranamente tomará una decisión diferente, que termine señalando, aunque sea de forma preliminar, una nueva estrategia.

El actual secretario de Estado, Mike Pompeo, ha ratificado que la administración de Donald Trump seguirá reconociendo a Guaidó como presidente interino más allá del 5 de enero de 2021, fecha en la que asumirá la nueva Asamblea Nacional, en cuya elección no participará ni Guaidó ni las fuerzas políticas que le respaldan.

Europa o Canadá, en tanto, han guardado silencio sobre qué ocurrirá con el apoyo que le habían dado a Guaidó, en tanto es presidente del hasta ahora único poder legítimo.

Ya sabemos que las votaciones del 6 de diciembre no serán reconocidas ni por Estados Unidos ni por la Unión Europea. Pero si bien esto está definido con claridad, no hay tal determinación sobre lo que vendrá después.

Estados Unidos tendrá que dar una respuesta, me parece, sobre qué ocurrirá  después del 5 de enero, en relación con Guaidó y el papel que venía cumpliendo el Parlamento. Pompeo ha sido enfático y una voz solitaria, en el concierto de la comunidad internacional, en decir, que su país seguirá reconociendo a Juan Guaidó como presidente interino.

El poder de Pompeo, sin embargo, concluirá el 20 de enero. O al menos hacia eso apuntan todas las proyecciones, en espera de la decisión formal de los Colegios Electorales que deberá conocerse oficialmente el 14 de diciembre. Ese día debería ser declarado Biden como ganador de las elecciones presidenciales.

Aún se desconoce, al menos públicamente, quiénes serán los colaboradores más cercanos de Blinken en el Departamento de Estado. Pero en atención a su  perfil, seguramente será personal de carrera diplomática y el énfasis no estará en América Latina.

Por tal razón no debemos esperar que Venezuela o América Latina pase a ser un asunto central en la política exterior de Biden. La propia designación de Blinken apunta a que la prioridad será reconstruir la relación con Europa Occidental y reinsertar a Estados Unidos en las instancias multilaterales. Tal vez desde allí, desde la dinámica del multilateralismo, se le dé un giro importante a la política de Washington en relación con Venezuela.

Estados Unidos deberá abordar el tema venezolano de forma necesaria, ya que el régimen de Nicolás Maduro insertó al país como problema geopolítico global por sus alianzas con China, Irán y Rusia. Necesario no es sinónimo de urgente.

Si bien, aunque no ocurra un cambio de envergadura, lo que sí puede preverse es que se bajará el tono amenazante que le había dado la administración Trump a sus mensajes en torno a Venezuela y el régimen de Nicolás Maduro.

Pensando en el tablero global, el establecimiento de una mesa de negociación entre Estados Unidos y China, que sería una ganancia para Beijing,  dado que el régimen chino quiere bajarle tensión a sus relaciones con Washington, podría también tener algún impacto sobre Venezuela.

Para no pocos analistas un giro de Blinken sería promover una negociación, eso está a tono con su estilo. Si se termina abriendo un espacio de negociación en Venezuela, asumiendo que Biden tiene la carta de las sanciones como mecanismo de presión (y el gobierno de Maduro está interesado en que sean eliminadas o aliviadas), tal escenario encontrará a la oposición democrática en su peor momento.

Ante este escenario un problema de fondo es la fractura que exhibe hoy el mundo opositor venezolano, y la excesiva dependencia que Juan Guaidó, como presidente de la Asamblea Nacional, ha tenido con la administración de Donald Trump.

Una estrategia del chavismo, en esta posibilidad de una negociación, sería incluir al Parlamento que emerja de las votaciones previstas para el 6 de diciembre. La oposición reconocida por la Comunidad Internacional no participará de estos comicios legislativos, pero el chavismo logró con diversas estrategias que haya presencia opositora, lo que hemos calificado con antelación de “oposición leal” al régimen.

No sería improbable que estos diputados no chavistas encabecen las acciones para presionar por una negociación y para insistir en que se levanten las sanciones, más allá del carácter no legítimo que se dan a las votaciones del 6 de diciembre.

Con el cambio que se viene en Estados Unidos, junto al desmembramiento de la oposición democrática, unido a la propia incertidumbre que rodea al liderazgo de Guaidó, no es descabellado sostener que tal situación deja un espacio para que otros actores de la oposición, no conocidos aún, puedan emerger públicamente con una nueva estrategia. Pero todo esto, hasta ahora, es una simple hipótesis.

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