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Estados Unidos y los espejos rotos

Foto: Getty Images

Danny Toro


Luego de los acontecimientos del 6 de enero en el Capitolio de Estados Unidos – que ya anuncian un año igualmente retador al anterior- cuando los partidarios del presidente Trump ingresaban violentamente a la sesión del Parlamento y el mundo veía perplejo lo que ocurría en la democracia moderna más antigua del mundo, estábamos sin duda alguna frente al reflejo más puro de una crisis política de gran envergadura y que movió los cimientos de las instituciones de ese país como no había sucedido en más de un siglo. Del reflejo ejemplar y democrático que conocemos, brotaba una nación sacudida por enormes problemas, presentes y latentes, que golpean, trastocan y rompen las representaciones que el mundo tiene de ella, como las visiones que los propios estadounidenses – o por lo menos sus élites tradicionales – tienen de sí. Nos encontramos entonces, frente a los espejos rotos, los dilemas no resueltos y las dificultades no superadas de una entidad que intenta comprenderse y que en su camino nos influye, nos inspira, o nos afecta a todos.

            Las crisis de los espejos rotos no es única de los Estados Unidos. Otras naciones, que se mostraban sólidas e imputables ante fenómenos sociales y políticos convulsos o que afectaban generalmente a países menos desarrollados – dígase golpes de Estados, revueltas, desintegraciones democráticas –, también han vivido, sino un descreimiento de los acontecimientos, por lo menos una confusión e incertidumbre de lo que estaba pasando. En perspectiva, la dictadura de Pinochet rompía los espejos de la impecable institucionalidad chilena – algo atípica dentro del contexto latinoamericano-, o la aparición de los movimientos totalitarios, especialmente el nazismo, en una Alemania que durante el siglo XIX había tenido mucho prestigio y hasta su propia revolución industrial. O, sin ir más lejos, las revueltas sociales de 1989 y los intentos de golpes de Estado de 1992, que destruyeron los espejos – la vitrina según los términos de la época – de una de las democracias más inspiradoras de América Latina, como era Venezuela.

            Así que estas crisis donde se cuestiona lo que determinada nación es o puede ser  – tantos quienes observan desde afuera con intenciones geopolíticas como sus propios nacionales – pueden entrañar enormes peligros. Porque el tema no está en percibir o tratar de palpar las consecuencias inmediatas de estas crisis – la restauración del orden a las afueras del Parlamento en el caso de Estados Unidos, por ejemplo –,  sino en estar conscientes de las implicaciones a futuro que eso desfases, pueden traer. Para estos asuntos hay que tener presente lo que el filosofo Roman Krznaric llama el pensamiento catedral. Es decir, el largo plazo.

            Y es que el largo plazo es importante para poder diagnosticar y solventar los problemas que aquejan a nuestras naciones. Las crisis generalmente hunden sus raíces en un tiempo más largo. La polarización de EEUU viene en aumento, incluso antes de la presidencia de Trump – aunque él la ha exacerbado como arma política –, las redes sociales como masificación de las opiniones y exigencias de la sociedades – sin nombrar los dilemas que abren entorno a la monopolización por parte de agentes privados –,  el viejo problema del racismo- que la izquierda norteamericana ha sabido explotar- y el conflicto perenne de las identidades en contextos diversos. El fenómeno Trump es una reacción conservadora de esa sociedad que busca mantener una determinada identidad. Ya Samuel P. Huntington, en su libro ” Who Are We: The Challenges to America’s National Identity” tocaba este tema. No por nada, la Ciencia Política actual se ha abocado al estudio de las identidades.

            El tema es complejo y se vincula incluso con los movimientos extremos, especialmente los ultranacionalistas, en Alemania – donde grupos como Alternativa para Alemania están dinamizando la realidad política –, Francia y países de Europa del Este – Polonia con su reacción conservadora o Hungría con su creciente autocratización -.  No digamos los innumerables conflictos de identidades en países africanos y asiáticos. Pero es que cada proyecto y fenómeno político crea una concepción particular de sociedad, y no en todos los casos son pluralistas; sino veamos el chavismo y su entendimiento de lo que es el pueblo venezolano. Populismo e identidad es un binomio que se debe estudiar

            Así pues estos temas ponen – y pondrán- de relieve la institucionalidad de Estados Unidos. Esta crisis política no tiene parangón desde la Guerra Civil, a mediados del siglo XIX, cuando vivía una época de innumerables conflictos. El consenso bipartidista que sostiene la institucionalidad en ese país – justamente resultante de los conflictos del siglo XIX-  parece comenzar a agrietarse más allá de las propias rivalidades políticas. No olvidemos el ala creciente de la izquierda dentro del partido demócrata – donde Bernie Sanders es un claro ejemplo- o el cisma que puede generar Trump dentro del partido republicano.  Ni el Watergate que llevó a la renuncia del presidente Richard Nixon en 1974 fue tan grave como esto.

            En comparación con otras crisis, el punto neurálgico de ésta, es el cuestionamiento de la legitimidad. A diferencia de las reñidas elecciones de 2000, Trump no pone en evidencia irregularidades del proceso – cosa que encontraría cauces institucionales – sino que deslegitima todo el proceso electoral del 3 de noviembre y con él, la institucionalidad. Una parte considerable de la población piensa entonces que el próximo gobierno de Joe Biden  es ilegítimo. Ello, destruye la confianza en las instituciones y eso, como apuntaría Giovanni Sartori, puede poder en peligro la democracia, ya que augura nuevos conflictos. Es una crisis que, por ahora,  no se detiene.

            Ciertamente en la crisis no todo es malo. Estos momentos pueden ser decisivos y hasta necesarios para la evolución institucional, porque a decir verdad, sabemos que contamos con instituciones en aquellos momentos que cuando pensando que se van a romper,  no se rompen. El propio Maquiavelo – a quien intelectualmente le tengo mucha estima- en sus Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, apunta que fue el continuo conflicto entre el pueblo y el senado, lo que dotó a Roma de instituciones verdaderamente fuertes. La postura del vicepresidente Mike Pence se orienta en ese sentido. Solo queda esperar – para quienes somos espectadores – para ver si la democracia inspiradora de Estados Unidos es hoy capaz de superar esta importante prueba, o si el fenómeno Trump acarreará más problemas. 

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