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¿Oposición o disidencia?

Foto: Reuters

Hasler Iglesias


Hemos sido testigos del ocaso de nuestra democracia y la oscuridad de la dictadura. Nuestros partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil se fundaron, en su gran mayoría, cuando todavía había vestigios de democracia. Por ello, es natural que aún hoy muchas organizaciones utilicen –o intenten utilizar– mecanismos propios de la democracia para enfrentar un sistema en el que no son eficaces. 

Los perennes debates sobre qué hacer y cómo hacerlo inundan los cada vez más reducidos espacios de debate político. El más recurrente es el que enfrenta la participación con la abstención electoral. Pero no es el único: incluso los métodos de comunicación de nuestras élites siguen siendo los de una democracia con libertad de prensa; hemos pasado de un país que transmitía en vivo por televisión abierta a los líderes de la oposición a uno donde solo aparecen los voceros que permiten desde el poder. Aun así la dirigencia pro-democracia insiste en realizar las mismas ruedas de prensa que ahora quedan reducidas a videos de segundos en redes sociales y resúmenes de 280 caracteres. 

No somos los únicos que hemos pasado por este debate. En la entonces Checoslovaquia sometida por el régimen soviético, Václav Havel –futuro primer presidente democráticamente electo de República Checa– iniciaba su libro “El poder de los sin poder” refiriéndose a este conflicto interno que viven los activistas pro-democracia que enfrentan regímenes con pretensiones totalitarias: ¿Oposición o disidencia? 

    «Un espectro acecha a Europa oriental: el fantasma de lo que en occidente se llama “disidencia”. Este espectro no ha aparecido de la nada. Es una consecuencia natural e inevitable de la fase histórica actual del sistema que enfrenta. Nació en un tiempo en el que este sistema, por miles de razones, ya no se podía sostener en el puro, brutal y arbitrario uso del poder, eliminando todas las expresiones de disconformidad. Más aún, el sistema se ha entumecido tanto políticamente que no hay prácticamente ningún espacio para que esta disconformidad se manifieste en las estructuras oficiales.» (Havel, 1978).

Estas líneas escritas hace 43 años, y por las que su autor estuvo preso durante cinco años, bien pueden ayudarnos a evaluar la estrategia democratizadora en Venezuela. 

Solo existe oposición en un sistema democrático. La oposición forma parte de las estructuras oficiales teniendo presencia en distintos niveles del poder público, cumple una función de control y también de búsqueda del poder por medio de la construcción de una mayoría capaz de ganar elecciones. Las oposiciones no buscan deponer regímenes: participan de la dinámica democrática para hacerse con el poder y desde allí impulsar las reformas que consideran apropiadas. 

Por otro lado, a la disidencia no se le permite participar en  ningún tipo de estructura oficial, o al menos no al punto en que represente una amenaza para el régimen. La disidencia no tiene como objetivo ganar espacios de poder: sabe que es imposible o que aún ganándolos no serán de utilidad. La disidencia no busca construir una mayoría electoral porque no tiene espacios donde hacerla sentir. El objetivo de una disidencia es mucho mayor que el de una oposición: busca lograr un cambio profundo en el sistema político. 

El rol de opositor o de disidente puede jugarlo la misma persona, pero en momentos históricos distintos. Ahora bien, es muy peligroso que en un entorno totalitario se juegue a ser oposición o que en un entorno democrático se juegue a ser disidencia. Lo primero sería ingenuo, lo segundo sería atentar contra la democracia misma. 

Hoy Venezuela tiene mucho de lo que Havel llamaba “régimen post-totalitario”. «Por el prefijo post no quiero decir que el sistema haya dejado de ser totalitario, al contrario, quiero decir que es totalitario de una forma fundamentalmente diferente a la de las dictaduras tradicionales, diferente del totalitarismo como normalmente lo conocemos.» (Havel, 1978).

En un sistema así carece de sentido jugar a ser oposición. Nos hemos percatado, además, de que en las condiciones actuales solo puede ser oposición (en el sentido que hemos trabajado en este artículo) quienes obtienen el aval del régimen, o en otras palabras, quienes no representan una amenaza para su estabilidad. Por otro lado, quienes aún identificándose como oposición han actuado como disidencia han sufrido la persecución y el uso «puro, brutal y arbitrario» de la fuerza. 

Para que una estrategia tenga éxito, requiere fundarse en el contexto en el que se desarrolla, y teniendo claro su alcance y sus limitaciones. Por ello es necesario que las fuerzas pro-democracia en Venezuela asuman que ya no pueden ser oposición: el sistema no se los permite; deben asumirse como una disidencia que busca el rescate de la democracia. Esto no implica en ningún momento que se deban usar mecanismos violentos, revolucionarios o subversivos. Pero sí que se debe promover la erosión de los sostenes del régimen y la puesta en marcha de una transición a la democracia.

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