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Estado fallido y conflicto en pleno desarrollo en Venezuela

Tomada de Caraota Digital

Hasler Iglesias

Mucho ha costado poner de acuerdo a los políticos, académicos y a la población en general sobre la caracterización del fenómeno sociopolítico que atravesamos en Venezuela. No me refiero a la dicotomía de si estamos en democracia o en dictadura, o si deben aplicarse herramientas acordes a cada una -cosa que, aunque a primera vista pareciera que sí es un acuerdo, en ocasiones se vislumbra a actores desviándose de ese planteamiento estratégico-. Más complejo ha sido el debate sobre si vivimos un autoritarismo competitivo o hegemónico, o si se trata de una tiranía. Más recientemente han surgido argumentos muy bien sustentados que afirman que la caracterización correcta en Venezuela es la de guerra híbrida.

En esta ocasión quiero poner sobre la mesa los rasgos que en la investigación de procesos de reconstrucción posconflicto se han identificado como elementales para comprenderlos. Y apunto a procesos de reconstrucción posconflicto porque si existiese la voluntad política para ello, eso sería lo que debería atravesar el país para recuperar las capacidades de su población y sus instituciones. Aun cuando en Venezuela no estamos en presencia de un conflicto armado tradicional, hay sobrada evidencia para afirmar que sí es un conflicto con graves consecuencias para su población, del mismo nivel o incluso mayor que las causadas por aquellos.

Yosef Jabareen, profesor e investigador de planeación urbana en el Instituto de Tecnología de Israel (Technion), escribió en el 2012 un trabajo cuyo objetivo era conceptualizar los procesos de reconstrucción posconflicto y de reconstrucción durante conflictos en curso en Estados fallidos. En este artículo quiero compartir los conceptos desarrollados por el profesor Jabareen, aplicados a la realidad venezolana.

El primer elemento que señaló como característica de los procesos de reconstrucción posconflicto era la condición de Estado fallido. Una característica es la pérdida del monopolio de la violencia, lo cual es uno de los atributos de los Estados modernos, pero que en circunstancias de conflicto desaparece, generándose grupos con capacidad de ejercer violencia en el territorio sin que el Estado sea capaz de detenerlos. Han sido evidentes los casos de los círculos bolivarianos y colectivos, posteriormente la cesión del control territorial a grupos delictivos en las llamadas “zonas de paz”, y más recientemente las bandas armadas que se han adueñado de amplios sectores de la capital del país, así como la violencia ejercida por grupos irregulares colombianos que durante años recibieron el cobijo del Estado venezolano y ahora se enfrentan a él.

Para Jabareen, un Estado que perdió la capacidad de ejercer su monopolio sobre la violencia, la recaudación fiscal, y la función reguladora, se puede considerar ya un Estado fallido o colapsado.

Pero no solo se toman en consideración esos elementos. La lista continúa: Estados peligrosos, inseguros, divididos y fragmentados; sin legitimidad política, que tienen limitaciones en la provisión de bienes y servicios públicos, con fallas en sus instituciones democráticas y sistema judicial; que representan una amenaza para la seguridad global y son un refugio seguro para terroristas y sus organizaciones; que ofrecen resistencia a la globalización, son corruptos y ofrecen refugio y apoyo a traficantes de armas y drogas, al lavado de dinero y al contrabando; con profundas desigualdades sociales y con una caída sostenida de su PIB; donde las lealtades, seguridad y confianza no se basan en instituciones modernas sino en sistemas tribales o sectarios.

Venezuela -lo digo con absoluta tristeza y pesar- cumple con el 100% de las características que el profesor israelí postuló en el año 2012. La inseguridad llegó a niveles inauditos y causó la primera gran ola de migrantes venezolanos. La legitimidad política la perdió el régimen al finalizar el período 2013-2019 y no convocar elecciones presidenciales libres, competitivas, justas y verificables. El sistema judicial tiene varios años siguiendo fielmente las órdenes del Ejecutivo. El país ha sido señalado por varios Estados de la región como una amenaza para su estabilidad y seguridad, y se han demostrado sus escandalosos vínculos con el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado internacional. La corrupción se ha contabilizado en cifras astronómicas, la pobreza y la desigualdad han sobrepasado niveles nunca imaginados y el PIB tiene varios años contrayéndose. Finalmente, es bien conocida por todos, la manera, absolutamente discrecional, para asignar responsabilidades que en nada tienen que ver con la capacidad o las habilidades, sino con las lealtades y cuotas de poder.

Para Jabareen, estos elementos son el punto de partida para que se desencadene una reconstrucción posconflicto que, en todos los casos que estudió, incorpora en mayor o menor medida la intervención de actores exógenos y, solo después, avanza en la recuperación en primera instancia de la seguridad, seguida por la estabilización económica y, solo después, la estabilización democrática.

No necesariamente el modelo desarrollado por Yosef Jabareen sea el que Venezuela esté destinada a seguir a futuro, pero es innegable que cumple con todas las características postuladas por el profesor para considerarlo un Estado fallido. Quizás esta óptica permita nutrir mejor el debate, aunque ojalá las fuerzas democratizadoras dentro y fuera de Venezuela no nos quedemos solo en el debate.

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