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Tres buenas noticias y tres grandes temas

Tomada de Reuters

Editorial

Benigno Alarcón Deza

Desde que el gobierno decretó el Estado de Alarma el 13 de marzo de 2020, o sea, hace ya algo más de un año, no porque hubiese una pandemia en el país, como sí la tenemos ahora, sino para acabar con las protestas a las que Guaidó convocaba todas las semanas, además de las que podrían generarse por el inminente colapso en la distribución de gasolina, los venezolanos hemos asumido el uso del tapabocas como protección, aunque también ha funcionado como mordaza colectiva.

Pero el tapabocas como mordaza no pareciera funcionar solo para la población, sino también para los partidos de oposición, de los que oímos poco desde antes de las elecciones parlamentarias, y nada desde la consulta aquella. Silencio que supera ya los cuatro meses, mientras el gobierno continúa avanzando en su estrategia de dividir e imperar, negociando discretamente con algunos actores políticos y sociales, mientras afina los instrumentos de represión contra otros, como es el caso de las ONGs sobre las que ahora se pretende imponer mecanismos de vigilancia anti-terrorismo, como hace China contra los movimientos pro-democráticos de Hong Kong.

Entre los temas que se negocian, con aquellos con los que el gobierno ha decidido negociar mientras la pandemia ocupa la atención de todos, está lo relacionado con la renovación de las autoridades del Consejo Nacional Electoral (CNE), que tendrán la responsabilidad de organizar los próximos comicios regionales y municipales; así como la entrega de algunas empresas expropiadas para su reactivación, bajo condiciones que aún no conocemos.

Ante tal escenario, los ciudadanos estamos obligados a definir nuestro rol en una sociedad que es cualquier cosa menos organizada, y cuyo silencio, dispersión, divisiones y fraccionamiento no es menor que el que tanto se le critica a los partidos políticos. Si bien es cierto que el país cuenta, afortunadamente, con muchas organizaciones civiles que sacan adelante un trabajo encomiable en distintas áreas como las de derechos humanos, salud, asistencia a los más pobres, educación, alimentación, libertad de expresión, entre muchas otras, también es cierto que la inmensa mayoría de estas organizaciones, altamente especializadas y profesionales, no son organizaciones de base.

Las organizaciones de base, como los partidos, sindicatos, movimientos estudiantiles, asociaciones vecinales, entre otras, están prácticamente extinguidas, gracias a la acción perseverante del régimen que ha puesto todo su esfuerzo en que así sea. Esto deja a las grandes mayorías sin espacios de encuentro y articulación, lo que origina una mayor dispersión de las fuerzas democráticas, exacerbando el miedo, la desesperanza y la tendencia a que los ciudadanos de a pie tiendan a aislarse, mimetizarse y adaptarse para sobrevivir en una realidad que, aunque no comparten, sienten que no son capaces de transformar.

La realidad es que las sociedad no solo pueden transformar la realidad en la que viven, sino que son los ciudadanos, por acción o inacción, los únicos que definen el tipo de sociedad en la que viven. Una sociedad desarticulada, dispersa, desmotivada y apática, deja la puerta abierta para que una minoría organizada tome las riendas del país y lo maneje autocráticamente y a su conveniencia, por tanto tiempo como esa sociedad tarde en hacerse consciente, en reaccionar, en organizarse y en activarse para cambiar esa realidad. En sentido contrario, las sociedades articuladas, organizadas y motivadas, que comparten identidad, terminan siendo las mejores garantes de un ejercicio democrático del poder y el contrapeso más importante de quienes gobiernan, sobre todo cuando los intereses de estos últimos no están alineados con los de la mayoría.

La organización y articulación de una sociedad que comparte principios y valores termina convirtiéndose en un poderoso instrumento de movilización y activación política capaz de lograr profundos cambios en el curso de la vida de las naciones, como hemos visto en muchos casos a través de la historia de la humanidad. Sin la participación de una sociedad civil consciente, organizada y articulada, que asuma el protagonismo y la responsabilidad de transformar a su país, los cambios sociales, económicos y políticos son improbables, aún cuando fuerzas externas hayan tratado de implementarlos por la fuerza, como dejan constancia los fracasos en Afganistán, Iraq o Libia.

Tres buenas noticias y tres grandes temas

En la actualidad existe una tendencia creciente, que no es accidental, a que la gente se aísle y se mimetice en una especie de proceso de adaptación para sobrevivir, que se refuerza a sí mismo en la medida que más gente adopta tal actitud, y a quienes quieren continuar luchando les cuesta más encontrar a otros que, como ellos, no se han rendido. Hoy en día, aproximadamente 3 de cada 10 personas no se han rendido y están dispuestas a organizarse y articularse para seguir luchando por sus derechos políticos, económicos y sociales.

Pese a ello, hay buenas noticias. La primera es que 30% o 3 de cada 10 personas es muchísimo más de lo que se necesita para conformar un poderoso movimiento social. Por lo general los movimientos que han tenido éxito se conforman con menos del 5% de la población. El reto, en un país que se ha desmovilizado progresivamente y en el que la mayoría de la gente tiende a mimetizarse por temor a las represalias del régimen, es que 3 de cada 10 personas se encuentren, sean capaces de hacer a un lado sus diferencias y se organicen para hacer algo. Pero si en otros países menos de 5 personas de cada 100 lo lograron, no hay razón para pensar que nosotros no podemos.

La segunda buena noticia es que en la medida que un porcentaje mínimo de la población comienza a organizarse y articularse pare emprender iniciativas, se produce una inercia positiva que tiende a sumar, convirtiéndose en polo de atracción para muchas otras personas, incluso una parte de los desesperanzados e incrédulos que se habían aislado por no encontrar aliados o espacios desde donde luchar.

La otra buena noticia es que este año, pese a todas las dificultades, exiten al menos tres grandes temas que pueden constituirse, cada uno de ellos, en un centro de gravedad para atraer e iniciar un proceso de organización y articulación de ese 30% de la población que aún no se ha rendido. Estos tres temas son la vacunación masiva contra el COVID-19, el intento del régimen por imponer el Estado comunal, y las elecciones regionales y muncipales que deben tener lugar a finales de este año, si la pandemia no sale de control y lo impide.

Considerando que la sociedad civil está conformada por sectores muy diversos, con intereses muy distintos, resulta vital aprovechar temas que, como estos, tocan intereses comunes y sensibles para la gran mayoría del país, sobre los cuales es posible construir consensos que permitan frenar la actual dispersión de las fuerzas democráticas, que el régimen incentiva y aprovecha a través de su estrategia de dividir para mantenerse en el poder, para así reconstruir, fortalecer y crear nuevas organizaciones de base, abiertas a la participación activa del ciudadano de a pie, que sirvan para articular a una gran mayoría del país que continuamos creyendo que la democracia es posible para, a partir de allí, lograr el reencuento de las fuerzas sociales y políticas para conformar una gran alianza nacional por la democracia.

Categorías:Destacado, Editorial

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