Opinión y análisis

La fe arrinconada

Tomado de Revista de Abril

Hasler Iglesias

El agnosticismo, el ateísmo, la incredulidad y el escepticismo son corrientes que han ganado cada vez más espacio en los últimos años. El ser humano, habiendo llegado a la luna y capaz de intervenir la genética y diseñar formas de vida de acuerdo a sus designios, ha caído en una lógica de creerse Dios, y sentir que ya no le vale nada abrazar alguna fe. En el mundo de lo público se ha evidenciado una tendencia a deformar el postulado original del Estado laico y aconfesional, convirtiéndolo más bien en un Estado anticonfesional.

Se condena a las figuras públicas que manifiestan su fe. En redes sociales se critica a dirigentes políticos que publican en los días festivos, imágenes de las advocaciones marianas, de santos patronos y otras manifestaciones de la fe popular católica. Recientemente hasta las reinas de belleza han recibido chaparrones por elevar oraciones por sus redes sociales.

Pareciera que estamos convocados a vivir en una sociedad donde la fe debe condenarse a lo privado y hasta a lo íntimo. Creer es visto con malos ojos por una sociedad que se empeña en perder cada día un poco más de esperanza. El optimista, el soñador y el idealista, que hasta hace unos años eran bálsamo y aliento para muchos, ahora son foco de ataque y se busca silenciar cualquier mensaje que vislumbre que las cosas pueden estar mejor. Se prefiere escuchar lo negativo, que abunda, o no escuchar absolutamente nada, antes de creer en “cantos de sirena”, dirán algunos.

Sin embargo, la fe es una característica de la existencia humana. Querer anularla, convertirla en objeto de bullying y de ataque no hace otra cosa que convertirnos en una sociedad deshumanizada. Es cierto que se puede ser una buena persona sin creer, pero no se es buena persona atacando la creencia del otro. Quizás el concierto de intolerancia política que hemos presenciado durante más de dos décadas comienza a hacer metástasis y ya no solo la pluralidad política es brutalmente atacada, sino también la pluralidad espiritual.

Y es curioso que en este caso la mayoría afirme ser creyente, pero pareciera estar arrinconada por una rabiosa minoría que quiere espantar todo signo de trascendencia. Y es que nos han hecho creer que hasta defender la fe es peligroso. Quizás no se corre el riesgo de muerte y martirio, como en alguno países del Oriente Medio, pero sí el de la crítica descarnada, el ataque desmedido y la segregación social.

Es cierto que un Estado democrático moderno no debe regirse ciegamente por los postulados de religión alguna, en atención a su característica plural y de libertad religiosa, y en respeto a las minorías que no compartan la fe de la mayoría. Pero eso no implica que todos, mayorías y minorías, creyentes o ateos, dejen de tener y manifestar su opinión al respecto de los destinos del país. Toda persona tiene derecho a expresarse sobre los asuntos públicos, independientemente de que su motivación para hacerlo sea social, económica, política, cultural o religiosa.

Más aún, toda persona tiene derecho a expresar su fe, tanto en privado como en público. Las oraciones, las obras de misericordia, la caridad, el servicio, las prácticas piadosas y las manifestaciones de la religiosidad popular son, además de un derecho, un motivo de orgullo para quienes las practican. ¿Qué mal le hace a alguien que una reina de belleza ore por el bienestar de su país? En el caso de un ateo, esa oración debería ser tan inocua como la manera de respirar de la persona que la hace. ¿No se supone que niega su existencia? Y en el caso de un creyente de otra fe, debería al menos considerar que la espiritualidad y la relación con lo divino, aunque no bajo sus formas, es un método de elevación humana.

Como creyentes debemos tomar una postura de defensa de nuestras creencias. La lucha por la libertad y la pluralidad no puede ser solo para unos asuntos y para otros, no. Una mayoría creyente arrinconada por una minoría intolerante no es propio de un grupo humano que busca la libertad. Tampoco una mayoría creyente que silencie y sepulte las opiniones de la minoría. Identificarse como demócrata no implica solo una actitud frente a una urna electoral, sino una actitud frente a todos los aspectos de la vida.

Profundizando un poco más sobre la libertad religiosa de los funcionarios públicos: Algunos defienden que los funcionarios públicos deben abstenerse de manifestar públicamente su fe. Esto es, sin duda alguna, un exceso. Una cosa es que las decisiones públicas se tomen considerando exclusivamente argumentos doctrinales como si sus discusiones se dieran en espacios eclesiásticos, y otra completamente distinta es que los miembros de las instancias de decisión manifiesten públicamente sus creencias y convicciones. Así como ningún magallanero se ofende porque su gobernante sea caraquista, no debe ser ofensivo que el gobernante sea católico, protestante, musulmán o judío. Los funcionarios son, antes que figuras públicas, seres humanos -y es propicio recordar que la fe es una característica humana-.

El ejercicio al que nos obliga esta realidad es al de abrirle espacios a la fe y la esperanza. Vencer la situación de desasosiego al que bien ha sabido llevar a una parte importante de la población. Volver a poner al optimismo, el idealismo, la fe y la esperanza en el lugar que les corresponde: el de un faro que pone la mirada más allá del horizonte, para orientar el devenir de los pueblos. Eso, acompañado con una dosis de realidad y justo pragmatismo, es la receta para cualquier avance social. Una sociedad que se niega a creer en un futuro mejor, está condenada a vivir uno peor. La intolerancia y la polarización han hecho mucho daño. Pero no podremos sanar esas enfermedades sin el tratamiento adecuado: defender la fe, defender la esperanza, defender los ideales, defender el optimismo; y no permitir jamás que por la democracia nos quieran volver menos democráticos y menos libres.

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