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Economía política aplicada a las vacunas contra COVID-19: ¿Bien público mundial?

Tomada de ConSalud.es

Hasler Iglesias

El 24 de febrero el Comité Internacional de Bioética de la UNESCO pidió que las vacunas contra COVID-19 sean considerados un bien público mundial. De entrada, parece una solicitud nada descabellada, considerando las profundas consecuencias que ha sufrido la humanidad producto de la pandemia. Ahora bien, ¿qué significa específicamente eso de “bien público mundial”?

La economía política clásica nos presenta una caracterización entre bienes públicos puros y bienes privados puros basados en dos características: 

Rivalidad: Si el consumo del bien por parte de alguien implica que otros no lo puedan consumir. Por ejemplo, los alimentos: cuando alguien se come una galleta hace imposible que cualquier otra persona consuma la misma galleta. Otro ejemplo son los asientos en el cine: si una persona lo está ocupando, más nadie puede ocupar el mismo asiento a la vez. 

Exclusividad: Se refiere a si se le puede impedir a alguien el consumo del bien. Por ejemplo, un parque de atracciones: solo quienes paguen la entrada pueden disfrutar el bien, y a los demás se les impide participar. 

Basados en esta definición, los bienes públicos puros se han definido como aquellos que simultáneamente son no-rivales y no-excluyentes. Esto quiere decir que los bienes públicos son aquellos cuyo consumo por unos no limita a otros a tener acceso a ellos, y que no hay manera de impedir que alguien los consuma. Los ejemplos típicos de bienes públicos puros son la justicia y la defensa nacional: la acción de la Fuerza Armada para defender la nación no protege a unos ciudadanos sí y a otros no, y no se le puede impedir a nadie que viva en un país que se vea beneficiado por la defensa del territorio; de igual forma, el hecho de que una persona acceda a la justicia, no reduce la “cantidad” de justicia disponible para los demás, y a nadie se le puede impedir que se vea beneficiado por la justicia. 

Estos bienes no son efectivamente provistos por los mecanismos de mercado, y por ello recae en los Estados la responsabilidad de su provisión. Esto añade una característica adicional a los bienes públicos puros: el costo asociado a que una persona adicional lo consuma es nulo. Volviendo al ejemplo de la defensa, al Estado le cuesta lo mismo defender un país de un millón de habitantes que a un país de un millón y un habitantes. Otro ejemplo es un faro: Si el faro ayuda a una embarcación, a diez o a mil, el costo de proveer el servicio sigue siendo el mismo. Esta es la razón por la cual no sea económicamente rentable proveer estos bienes: cualquiera podría beneficiarse de ellos sin pagar absolutamente nada (el llamado problema del polizón). 

Ahora bien, consideremos las vacunas contra COVID-19 bajo este esquema. En cuanto a rivalidad, las vacunas coinciden con los alimentos: una vez aplicada la dosis, esa dosis no se puede aplicar a nadie más. Sobre la exclusividad, en efecto es posible impedir que alguien acceda a la vacuna (que sea posible no quiere decir que sea ético). Y si evaluamos lo que los economistas llaman el costo marginal (el costo de producir una dosis adicional), sin duda no es cero, los precios por dosis de las distintas vacunas rondan entre los 2,70 y 44 dólares. 

En este punto es difícil entender cómo las vacunas contra COVID-19 pueden ser un bien público, si no cumplen con ninguna de las tres características que hemos visto. No es ninguna sorpresa que los principales productores de vacunas sean precisamente empresas privadas. Pero pongamos la mirada ahora ya no en las vacunas como un objeto, sino en la vacunación como una actividad: 

Sobre la rivalidad, las campañas de vacunación son no-rivales: el hecho de que una persona sea vacunada no impide que otra también pueda serlo. Sobre la exclusividad, el efecto que genera la vacunación (i.e. más personas inmunizadas, lo que hace que mientras más se vacunen, más difícil sea la propagación del virus, hasta que queda completamente vencido) tiene un efecto sobre todas las personas, no hay manera de excluir a alguien de los beneficios de la llamada inmunidad de rebaño. Y sobre el costo de atender a una persona adicional, podremos coincidir en que la logística requerida para vacunar a cien personas sigue siendo efectiva para vacunar a 101, sin costo adicional. 

Pudiéramos decir que estamos en presencia de un bien privado que tiene efectos de bien público. La pregunta es: ¿cómo proveer un bien privado de manera universal, para que los efectos de bien público puedan beneficiar a toda la humanidad? 

Sobre esto, Ferroni y Modi (2002) han planteado algunos mecanismos para facilitar la provisión de los llamados bienes públicos internacionales: 

  • Mejorar los incentivos para una respuesta activa: Las patentes, por ejemplo, son un enorme incentivo para que las farmacéuticas hayan hecho la ingente inversión de desarrollar vacunas, ya que les permite generar utilidad. Sin embargo, pasado ese punto ahora el mundo debate sobre la liberación de las patentes. Esto podría ampliar rápidamente la disponibilidad de vacunas, sin duda; pero podría reducir los incentivos para la inversión privada en la investigación y desarrollo a futuro (porque no debemos pensar que esta será la última pandemia que enfrente la humanidad). No hay respuestas perfectas ni soluciones fáciles, pero sin duda debemos generar suficientes incentivos para que existan suficientes vacunas para todos. 
  • Integrar programas globales y regionales con financiamiento específico por país: La iniciativa COVAX ha sido un gran ejemplo de esto, permitiéndole a países de bajos y medios ingresos obtener vacunas que de otra forma habría sido imposible tener. Sin embargo, vista la situación actual esto sigue siendo insuficiente, aún con la llamada “diplomacia de vacunas” que se ha llevado a cabo por medio de donaciones. 
  • Usar recursos públicos para nivelar el flujo de dinero con propósitos comerciales: Los recursos deben llegar al sector público para que este sea capaz de comprar las dosis y poder distribuirlas (recordemos que las campañas de vacunación son bienes públicos puros y por ende los mecanismos de mercado fallan para proveerlo), por ello la creación de fondos estratégicos es fundamental para garantizar la provisión de bienes públicos internacionales. 

En definitiva, la humanidad no está perdida y tiene herramientas para salir adelante de esta crisis. En materia de vacunación, nadie estará completamente protegido hasta que todos estemos protegidos. Si la vacunación se desarrolla lentamente, corremos el riesgo de que una nueva variante o mutación del virus sea resistente a los anticuerpos generados por las vacunas y estemos nuevamente en un punto muerto. Estamos en una carrera contra el tiempo, y con antecedentes de respuesta muy lenta por parte de la comunidad internacional (como el combate contra el cambio climático, por ejemplo). 

Debemos entender que las vacunas son bienes intensivos en tecnología, que han requerido una enorme inversión del sector privado esperando generar utilidades, ya que, como vimos, las dosis de las vacunas tienen características de bienes privados puros. Pero también es crucial caer en cuenta que ralentizar, impedir o posponer las campañas de vacunación (que sí son un bien público puro) nos perjudica a todos -incluso a los ya vacunados-. 

Referencias:

Ferroni, M., y Mody, A. (2002). Bienes públicos internacionales: Incentivos, medición y financiamiento. Banco Mundial: Washington. 

Davis, A. (2021). “It’s humanity, stupid!”: Values and the definition of public goods. Journal of Economics Issues, Vol. LV, No. 2, pp. 367-372.

Güler, H. (2021). Struggling the pandemic as a global public good. The economic implications of pandemics. Academic Review of Economics and Administrative Sciences, Vol. 13, No. 4, pp. 758-775.

Castro, D. (2012). Bienes sociales: ¿precios, primas o subsidios? Tres formas ineficientes de proveerlos y/o valorarlos. Criterio Libre, Vol. 10, No. 17, pp. 89-106.

Stiglitz, J. (2000). Economics of the public sector. (3ra Ed.). W. W. Norton & Company, Inc.: New York. 

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