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Resistir o colaborar (reflexiones en medio del desierto)

Tomada de Cultura

Alonso Moleiro

La polarización no es un mal que se atiende fomentando la cordialidad complaciente, los regalos retóricos, la complicidad y el silencio. No es cierto que la democracia se concretará si nos hacemos amigos de quienes nos la están negando

Las dictaduras van rutinizando su presencia, consolidando su vocación inevitable. Apropiándose de la voluntad de las personas al forjar un contrato ilegítimo con la población. A veces lo hacen de forma terminante y despótica; en otras ocasiones, como en nuestro caso, de manera progresiva y sofisticada.

Las dictaduras aprenden a depurar su discurso, a alimentar sus mitos y a desmentir cotidianamente lo que diga la realidad. Toda dictadura convive en esa dualidad.

Es relativamente sencillo apreciar, a distancia, la conducta condicionada y vergonzante de cualquier actor social en el marco de una dictadura.  Es mucho más complejo identificarla estando inmersos en el bosque de la dominación política, dentro de los imperativos de un estado de necesidad.

En los marcos autoritarios, y lo vamos aprendiendo con la experiencia, muchas personas terminan ejecutando con total convicción aquello que, en principio, jamás habrían tolerado en una circunstancia no condicionada: cumplir y hacer cumplir las disposiciones sin virtud que prescribe un régimen de fuerza, o atenerse entusiasmado a sus designios para sobrevivir.

Imponerse a la realidad, a la voluntad de las personas y a los factores que contradicen sus objetivos totalizadores, es parte de uno de los objetivos centrales de cualquier dictadura. Desde Jorge Rafael Videla hasta Kim Jong Un.

Colocar a la población dominada dentro de la técnica escapista de tapar el sol con un dedo. Procurar reconciliarla con su realidad. Controlar la comunicación política para minimizar el impacto social de sus excesos y construir una narrativa que justifique su existencia.  Penalizar la reflexión, la contraloría, el debate de ideas, las denuncias,  la actividad económica. Los insumos de la democracia que tanto defendían antes de llegar al poder. Penalizar la verdad.

El objetivo de la dominación es consolidar un ambiente de armonía fundamentado en la mentira y la coacción. Inhibir por completo cualquier idea o aspiración de alternabilidad en el mando.  Las dictaduras consolidadas son, por eso mismo, espacios sin conflictos, zonas donde se impone el discurso unidimensional. Como no hay forma de procesarlos civilizadamente, los conflictos sencillamente se penalizan y se proscriben.

La polarización, una causa, no una consecuencia

Como otros modelos de dominación política del tiempo lejano y reciente, el objetivo ulterior de la hegemonía chavista consiste en apropiarse de la voluntad de sus ciudadanos. En escamotear la memoria y en bastardear, para sus propios fines, ese espacio colectivo donde está inscrita la identidad, el devenir, las aspiraciones del proyecto nacional venezolano.

Al quedar roto el pacto constitucional democrático, y en consecuencia vetado el principio republicano de la rendición de cuentas, Nicolás Maduro ha dado continuidad a un perverso mecanismo para ir castrando por agotamiento las demandas de la sociedad venezolana a través del escamoteo del voto, del fraude institucional y de la represión política.

Mientras tanto, trabaja para ofrecer ante las cámaras, de manera campechana y serena, la sensación de inevitabilidad de su presencia en el poder, por muy  inaceptable que esto le parezca a la mayoría del país.

Puede resultar comprensible que la sociedad disidente y los espacios democráticos que sobreviven en Venezuela estén obligados a hacer concesiones a la imposición chavista si con ellas salvan sus cabezas y el empleo de muchos ciudadanos inocentes.

La presencia de Maduro en el poder es una realidad concreta, que es obligatorio tomarse muy en serio. Será necesario aprovechar los resquicios que ofrezca su legalidad para intentar persuadir nuevamente al país, como otras veces en el pasado, con métodos participativos, movilizadores y pacíficos.

Los brotes de violencia que han tenido lugar en estos años no han sido ni deseados ni escogidos por nadie, mucho menos por personas desarmadas: constituyeron la inevitable desembocadura de un deslave social desproporcionado y masivo, que el chavismo jamás ha querido asumir, producto de la quiebra y el fracaso de un modelo económico, y esta circunstancia fue advertida en incontables ocasiones como un posibilidad al chavismo por economistas, sociólogos y expertos.

Medios de comunicación, gerentes, periodistas, políticos, empresarios y activistas civiles deben saber, sin embargo, que, al omitir hechos políticos graves, al desnaturalizar el diagnóstico de la crisis, al guardar silencio invocando motivos profesionales, al ofrecerle a la autocracia argumentos falaces, equilibristas, para procurar agradarle, al fortalecer la narrativa oficial, no se está obrando a favor de la convivencia civilizada: se colabora para ayudar al poder de turno a concretar el sórdido objetivo de borrarnos la memoria. De impedirnos comprender. De provocar la confusión. De consolidar el engaño.  De secuestrar nuestra voluntad y apoderarse de nuestra soberanía.

No es necesario ultrajarse para fomentar la cohabitación. No es justo distanciarse convenientemente de aquellos que están sacrificando tranquilidad personal y familiar con el objeto de recuperar las libertades públicas para  columpiarse en argumentos salomónicos y engañosos.

Porque, finalmente, contrariamente a lo que algunos  políticos piensan, la polarización política no es un desorden molecular de carácter casual que se ha apoderado del ánimo de unos activistas ociosos: es la consecuencia de una premeditada decisión de estado diseñada desde el poder para cercar el pensamiento disidente, y apoderarse, no ya de las zonas de gobierno, sino de la identidad de la sociedad entera.

La polarización no es un mal que se atiende fomentando la cordialidad complaciente, los regalos retóricos, la complicidad y el silencio. Esto ha quedado demostrado una y otra vez en la interminable historia de nuestra crisis nacional.  No es cierto que la democracia se concretará si nos hacemos amigos de quienes nos la están negando. Es inconducente proponer un pacto entre torturadores y torturados en los términos del torturador.  La polarización, que más que una consecuencia es una causa, es  un mal que quedará conjurado únicamente cuando quede restaurado el pacto constitucional en el país. El planteamiento de juego limpio tiene que traerle planteada una propuesta al chavismo, y  puede formularse con claridad y respeto, sin faltarle a la verdad y sin escamotear los hechos.

Manteniendo viva la llama ciudadana inconforme, trabajando para fomentar la comprensión de la tragedia nacional, habitando las zonas en las cuales las circunstancias permitan que sea colocada la luz en las zonas de oscuridad, mientras esperamos por mejores tiempos, sin traicionarse: en eso consiste seguir resistiendo en Venezuela.

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