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Transición a la democracia

Tomada de Librería Kalathos Twitter

Trino Márquez

Acabo de finalizar la lectura del libro Transición a la democracia. España-Checoslovaquia-Chile-Venezuela. Análisis comparado. (Khalatos ediciones. Madrid, 2021), escrito por Alejandro Arratia, sociólogo y profesor jubilado de la UCV, quien desde hace algunos años reside en España.

Se trata de un texto que deslumbra por la manera en la cual Arratia, se aproxima al tema. Pudo haberlo hecho dentro de los estrictos cánones académicos. Como el médico docente que va diseccionando con un bisturí el objeto de estudio, pero sin comprometerse afectivamente con el cuerpo analizado. El autor eludió ese procedimiento. Con una erudición que no deja dudas acerca del rigor de su método de investigación, optó por recorrer las transiciones a la democracia en la España postfranquista, en la Checoslovaquia comunista, en la Chile pinochetista y en la Venezuela abandonada por Marcos Pérez Jiménez, con la expresa finalidad de que los líderes democráticos y los analistas políticos en los países sometidos a regímenes autoritarios, extraigan lecciones de cada uno de esos procesos que sirvan para iluminar la vía hacia la reconquista de las libertades.

En el libro de Arratia queda claro que la transición no se decreta. Solo a posteriori, cuando se reconstruye la cadena de acontecimientos, resulta posible establecer los momentos clave, que pueden ser una homilía, la participación en un plebiscito concebido para asegurar la victoria del dictador, la carta firmada por un grupo de intelectuales comprometidos o el apoyo a una constitución convertida en acuerdo de convivencia con los antiguos enemigos encarnizados. Cada uno de esos largos, y en oportunidades lentos movimientos, se ejecutan cargados de matices y complejidades.

Al comparar las transformaciones que se produjeron en los países estudiados por Arratia, encuentro una diferencia esencial que destaco por sus consecuencias sobre la situación venezolana actual.

En España, Checoslovaquia y Chile, las organizaciones y líderes que impulsaron los cambios democratizadores se vieron obligados a pactar con los factores del régimen dominante para evitar que las tensiones sociales se desbordaran y la violencia terminara imponiéndose.

En España, donde el Generalísimo solía decir con orgullo que «todo estaba amarrado y bien amarrado», al referirse a lo que ocurriría en esa nación luego de su muerte para que no hubiese ningún sobresalto, los partidos de la izquierda moderada y el Partido Comunista tuvieron que convenir con el franquismo más civilizado, representado por Adolfo Suárez, el paso hacia la monarquía constitucional. Felipe González y Santiago Carrillo, las dos figuras opositoras más importantes, entendieron que había que apoyar los esfuerzos de Suárez y, a través de los Pactos de la Moncloa, consolidar la democracia naciente, más parecida a la inglesa que a la norteamericana o a la francesa, pues de no hacerlo podrían aparecer los demonios de ese franquismo montaraz que todavía existía en las Fuerzas Armadas, que sobrevivió hasta el golpe de 1981.

En Checoslovaquia, el Foro Cívico, liderado por Václav Havel, tuvo que dialogar y alcanzar acuerdos de gobernabilidad con los dirigentes del Partido Comunista para que la Revolución de Terciopelo transcurriese en un clima de paz. A pesar de que en 1989 la Unión Soviética se encontraba muy debilitada, los tanques del Ejército Rojo aún representaban un peligro letal. Ya Checoslovaquia en 1968 había padecido la furia de ese ejército durante la Primavera de Praga. No convenía provocarlo. La transición fue conducida con tanta destreza, que el país terminó dividido en dos repúblicas, Chequia y Eslovaquia, sin que se desataran traumas desgarradores.

En Chile es ampliamente conocido el complicado proceso que llevó a Augusto Pinochet, amo y señor del poder, a aceptar los resultados del plebiscito de 1989, con el cual pretendía asentarse indefinidamente en La Moneda. La Concertación constituye un modelo planetario de amplitud, sabiduría y paciencia, que mostró cómo lidiar, acorralar y doblegar a un adversario poderoso.

El caso de Venezuela es distinto a los anteriores. Aunque el 23 de enero de 1958 y los días posteriores los sectores democráticos reunidos en la Junta Patriótica tuvieron que hacer concesiones menores a grupos vinculados con el perezjimenismo -por ejemplo, no desatar a escala nacional una cacería de brujas contra quienes habían respaldado al autócrata-, no fue necesario negociar con ellos el tránsito hacia el nuevo orden. El bloque dominante se había fracturado y desintegrado en pedazos. No hubo ningún partido o segmento de la nación que asumiera su representación y la defensa de sus intereses. El régimen presidido por Pérez Jiménez colapsó. El malestar del país y la organización y fuerza de los grupos clandestinos desbordaron la capacidad represiva de la dictadura.

 En el libro de Alejandro Arratia que comento, y del cual elaboro un resumen muy apretado, podrán conseguir con lujo de detalles los giros copernicanos que se dieron en cada uno de los países estudiados. Nuestros dirigentes democráticos deberían leerlo, especialmente ahora que va a comenzar en México otro ciclo de conversaciones entre el gobierno y la oposición. Es mucho lo que pueden aprender.

    

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