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Afganistán y nosotros. Tres lecciones preliminares

Tomada RTVE.es

Andrés Cañizález

@infocracia

No es este un texto para analizar en profundidad lo que ha ocurrido en Afganistán. Hemos dado seguimiento como cualquier ciudadano, a través de la prensa internacional, el Twitter con periodistas que están o que estuvieron allí. Es un tema complejo, con muy diversas aristas. Leyendo de forma crítica lo que ha acontecido, y que muy bien simboliza la caída de Kabul, la capital afgana, en manos de los Talibanes, me permito escribir estas líneas de carácter preliminar.

El arco temporal de dos décadas, entre el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, de septiembre de 2001, y la retirada militar de Estados Unidos, en este 2021, deja en evidencia el proceso complejo que conlleva una invasión militar a otro país, aun por parte de una potencia. Decidir intervenir, o retirarse, en un territorio extranjero es en primer lugar un tema de opinión pública.

Por otro lado, echar a andar la maquinaria de una invasión, o ahora lo que implicó la retirada, es un proceso complicado en el cual intervienen muy diversos actores de la institucionalidad estadounidense. Priva, por encima de otros factores, el riesgo que represente ese país o territorio para la seguridad de Estados Unidos.

Al detenerse en los diversos tópicos que acompañan la trama Talibán, por un lado está su persistente lucha (también se enfrentaron a los soviéticos) por tener el control de Afganistán. Junto a esto, la respuesta militar dada por Estados Unidos en distintos momentos que pasó desde el apoyo militar encubierto para que desafiaran a Moscú en plena guerra fría, hasta una persecución implacable al iniciarse este siglo XXI.

Cuando he revisado la historia reciente de Afganistán, como lector interesado en la geopolítica, me queda claro que en Washington nunca se estuvo preparando una invasión o acción armada para Venezuela, con el fin de desalojar a Nicolás Maduro del poder.

Hubo sí, sin duda, una narrativa de la inminente acción, pero que no implicó en la práctica toma de decisiones realmente en el estamento militar de ese país. Ocurrió una suerte de ficción pre-invasión que cocinaban en la Casa Blanca, el entonces consejero de seguridad nacional, John Bolton, con el presidente Donald Trump.

La estrategia perseguía generar temor entre el alto mando chavista para provocar su quiebre, pero generó un resultado adverso, inmovilizó a ciudadanos y dirigencia pro-democracia que creyeron que vendría una suerte de solución mágica desde el exterior.

En el caso de Afganistán, Estados Unidos quedó en una especie de atolladero, que le representó gastos mil millonarios, tanto Trump en su momento como ahora Joe Biden, apostaron por salir de ese país. Justamente porque existía un Afganistán, y era un papa caliente para la Casa Blanca, no era razonable pensar que ocurriera algo parecido a una invasión sobre Venezuela.

El reciente discurso de Biden, una vez que quedó en evidencia el fracaso estadounidense en el manejo de la salida de Kabul, dejó al desnudo otro elemento a tener en cuenta desde Venezuela. La imposición de un gobierno por parte de la comunidad internacional no garantiza ni gobernabilidad ni democracia.

La caída del gobierno puesto por Washington, la huida del presidente, la faltan de sostén ciudadano organizado para defender el sistema político plural, sin la presencia del gendarme, todo ello nos lleva a un asunto medular. La democracia es construida desde abajo y desde adentro, para que sea sostenible en el tiempo.

Quienes fantaseaban con una llegada tipo Hollywood de marines para desalojar a Nicolás Maduro de Miraflores perdían de vista un asunto no menor, el día después. Cómo y con quiénes formaría gobierno, y además democrático, una fuerza internacional, en el caso que eso hubiese ocurrido.

En cualquier proceso de transición a la democracia es clave el rol de los actores internos. La ayuda internacional puede ser determinate, sin duda alguna, pero ésta debe estar supeditada a la estrategia definida por los referentes políticos locales. La ausencia de una hoja de ruta consensuada, construida también de forma democrática, en ningún caso podría ser exitosa para “imponer” un modelo democrático.

El discurso de Biden, además, tiene un arrebato de sinceridad. El fin de Estados Unidos con la invasión de Afganistán no era hacer de éste un país democrático, esto es un asunto de los afganos. La finalidad de Washington estaba en neutralizar la amenaza que existía allí para la seguridad estadounidense.

Finalmente, otro tema que retumba en Venezuela, y que la crisis en Afganistán ha dejado al desnudo: la ayuda internacional, civil o militar, puede ser objeto de corrupción.

Las cifras infladas de fuerzas armadas leales y bien equipadas que en teoría iban a defender Kabul por largo tiempo, para justificar recursos de corruptos locales o foráneos (los innombrables contratistas), y lo que en realidad ocurrió, no es otra cosa que un claro ejemplo de cómo la entrega de dinero por sí solo no es la solución a largo plazo.

La llegada de fondos internacionales, como bien lo demuestra Afganistán, no se traduce automáticamente en generación o consolidación de capacidades internas. También de esto debemos aprender en Venezuela.

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