Opinión y análisis

De las transiciones democráticas a la erosión de las democracias

Tomada del Blog Rosy Ramales

José Castrillo

En el artículo anterior, hicimos un recorrido por algunos procesos de transiciones políticas de autocracias/dictaduras a democracias, que se desarrollaron a finales de la década de los ochenta e inicios de los noventa. Estos cambios estaban enmarcados dentro del contexto del fin de la Guerra Fría, confrontación entre dos modelos políticos y económicos, representados por Estados Unidos y la Unión Soviética.

La democratización de muchos regímenes políticos en todos los continentes, generó expectativas positivas  sobre el futuro de la democracia como paradigma de régimen político que se impondría y se mantendría, en la mayor parte de los estados-naciones que forman el sistema u orden político internacional de Post-Guerra Fría. Estos regímenes se consolidaron en un marco situacional sustentado en proyecciones optimistas sobre el futuro de las clases medias y populares, crecimiento económico y relativa homogeneidad étnica y de identidad nacional. La legitimidad (apoyo popular) era creciente y se sostuvo por mucho tiempo.

Las elites políticas protagonistas de la democratización a finales de los ochenta, dadas sus experiencias autoritarias o dictatoriales, entendieron que era necesario  aislar a los extremos, y procurar el juego democrático basado en el diálogo, la negociación y consenso para el diseño de las políticas públicas y así enfrentar los problemas de sus sociedades, con máximos consensos. Los partidos políticos tenían diferencias programáticas, pero no eran enemigos existenciales. Los líderes políticos que manejaban al gobierno tenían canales formales e informales de comunicación con las fuerzas de oposición, por lo que las consultas entre gobierno y oposición formaban parte inherente del juego político democrático. Se buscaba el consenso para enfrentar los problemas colectivos.

Hoy, el contexto en el que se consolidó la democratización cambió: vemos una caída del nivel de vida, en forma general, y un aumento de la desigualdad, en un marco de creciente riqueza material acumulada; las sociedades se han hecho más diversas y plurales en términos de nacionalidad, etnia y credo religioso, y la revolución de las comunicaciones ha permitido un flujo de información sin filtros institucionales, lo que ha generado la exposición de ideas extremistas y radicales que llegan a la gente, mediante las redes sociales.

Se ha venido consolidando desde la década del 2000, una especie de desapego a la democracia y de sus reglas de decisión, que en un entorno de desigualdad económica y de  creciente polarización política, ha sido caldo de cultivo para la emergencia de líderes populistas de todos los signos-izquierda y derecha-que con discursos simplificadores de las realidades sociopolíticas y económicas contemporáneas, ofrecen recetas fáciles a problemas complejos,  aupando el miedo y la división de la sociedad para ganar votos y acceder al poder político. Esta emergencia de líderes con rasgos populistas, se aprecia en países subdesarrollados y desarrollados, con tradición democrática.

Una vez en el poder, estos líderes populistas (Trump, Bolsonaro, Orban, López Obrador, Bukele, entre otros) procuran destruir la cultura política de la negociación y el acuerdo político, elementos fundamentales de las reglas de decisión en todo régimen democrático. También buscan cambiar las reglas de decisión y colonizar los órganos independientes de control y supervisión del poder ejecutivo, menoscabando la división del poder público (base de los contrapesos institucionales del poder).

Muchos partidos políticos, en parte, también han sucumbido ante líderes populistas y por cálculos electorales les dan su apoyo, a sabiendas del daño que en el ascenso al poder puede infringir  a la democracia. Ejemplo de ello es Donald Trump y el Partido Republicano.

Los líderes  populistas  terminan siempre erosionando la democracia, entendiendo por tal, el proceso sistemático por medio del cual los rasgos y atributos de los regímenes democráticos se van perdiendo o deteriorando. Esta erosión indica un proceso que debilita, restringe o elimina condiciones políticas e institucionales, sin las cuales la DEMOCRACIA difícilmente puede tener lugar o preservarse.

Hoy el reto para  los demócratas de todo el espectro político, tanto de izquierda, centro o derecha,  es luchar por conservar la democracia y sus reglas formales e informales: división de poder, consenso, negociación, reconocimiento del adversario político, el respeto a las minorías, la responsabilidad del gobierno y el principio de legalidad de los actos derivados del poder político.

Sin estos atributos, normas, valores o principios, las democracias están amenazadas como la forma o régimen político ideal para la convivencia en sociedades complejas y plurales, y si agregamos la emergencia de líderes populistas que, generalmente desprecian  los límites que la democracia y sus instituciones  imponen a su poder, el reto es mucho mayor.

Parafraseando a Sir Winston Churchill, “la democracia es sin duda la peor forma de gobierno, exceptuando todas las demás formas de gobierno que se hayan ensayado en uno u otro momento de la historia.”

José Castrillo: Politólogo /Magíster en Planificación del Desarrollo.

Categorías:Opinión y análisis

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