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El alto costo de una derrota electoral

Tomada de HOLA! USA

Benigno Alarcón Deza

A menos de un mes de las elecciones regionales y municipales, el gobierno sigue apostando a la estrategia de dispersión opositora con la finalidad de mantener el mayor número de gobernaciones y alcaldías bajo su égida y así poder vociferar ante el mundo su supuesta legitimidad, argumentando que la gente salió a votar, pero no apoyó a los contrarios. Ante esa posibilidad, se impone el reto para los partidos de la Unidad de encontrar un posicionamiento distinto que evite la inminente dispersión del voto, permita incentivar la participación y polarizar la elección entre la Mesa de la Unidad Democrática y el partido de gobierno y, evitar así, un resultado, que es el más probable, y que puede significar el colapso de la oposición como la conocemos hoy en día

A unos días del arranque formal de la campaña, establecida entre el 28 de octubre y el 18 de noviembre, es poco lo que se ha visto en materia de “venta” de los candidatos y oferta electoral, más allá de los típicos recorridos por las barriadas, estrechando manos y abrazando gente –por cierto, sin importar la pandemia-, aparte de las típicas promesas de candidatos sobre temas, que exceden sus competencias y saben que no podrán cumplir, como mejorar el servicio de agua o restituir el servicio eléctrico.

No obstante, en las tertulias cotidianas en los mercados y en las redes sociales, la discusión sigue centrada en si se debe votar o no, más aún cuando pareciera reinar un ambiente de hastío y la gente sigue teniendo dudas sobre si valdrá la pena, si realmente su voto será contado y o si servirá para lograr el cambio político que tanto se espera.

La mayoría del país continúa reclamando un cambio político que no logra vislumbrar tras el derrumbe de las expectativas a finales de 2019, el afianzamiento del régimen y la profundización de su autocratización durante 2020, y que podría alejarse aún más con una derrota aplastante del gobierno sobre unas “oposiciones” divididas y enfrentadas, que luchan entre ellas por convertirse en el nuevo referente que lidera a “la oposición”, lo que no les ha permitido ponerse de acuerdo sobre participar o no, y mucho menos sobre candidaturas unitarias con oportunidades reales de triunfo que evitarían la estrategia de dispersión del voto que permitió al oficialismo apoderarse del 92% de la Asamblea Nacional en diciembre pasado.

Mientras, y por el contrario, la oposición tiende a su autodestrucción en medio de una dinámica de acusaciones mutuas, incluso entre quienes han formado parte del gobierno interino, como demuestra el caso de Monómeros, que siembra las dudas en la población sobre si estos son mejores que los otros.

Algunos analistas políticos advierten que es imprescindible el planteamiento de un boceto estratégico que la dirigencia no ha definido. Una de las premisas a tomar en cuenta es que en regímenes autoritarios como el venezolano no puede haber elecciones libres, justas y competitivas porque el deterioro de las instituciones es de tal magnitud que impide lograr esas condiciones.

Dado que no se podrían asegurar condiciones plenas de integridad electoral, solo podría aspirarse a elecciones semicompetitivas. En razón de ello no se puede seguir condicionando la participación en procesos comiciales a que existan condiciones competitivas, sino a cuán preparado se está para entrar en un campo electoral minado, mientras se presiona por mejorar sus condiciones a través de movilizaciones en la calle y lo que se pueda hacer desde la comunidad internacional democrática, al tiempo que se aprovecha esta escalada en la presión para negociar condiciones en procesos como el de México, si es que este se mantiene en el tiempo. Cosa que está en duda, al menos por lo que queda de este año, luego de la decisión del gobierno de no asistir a la reunión pautada para el sábado 17 de octubre, usando como excusa, ya desde el encuentro previo, el apresamiento y la extradición de Alex Saab a los Estados Unidos.

En cualquier caso, de retomarse el diálogo después de las elecciones regionales y municipales, es predecible que el régimen, tras haber demostrado con su retiro de la mesa y su triunfo electoral ser la parte fuerte, exigirá una recomposición de la mesa de negociación que refleje la nueva realidad política, con la intención de complejizar el proceso conducido por Noruega, alejándonos de un acuerdo integral, para obligar a la oposición a conformarse con acuerdos tímidos y, posiblemente, con algunos cargos irrelevantes para producir un cambio político.

Aunque siempre existe la probabilidad de escenarios impredecibles, como el del 23 de enero de 1958, resulta necesario enfatizar en que los escenarios predecibles caminan, hasta ahora, en sentido opuesto a un proceso de transición. El gobierno, en caso de retornar a la mesa de negociación tras la elección, como seguramente sucederá, no lo hará para facilitarle a “las oposiciones” una transición, sino para buscar el cese de las sanciones y condiciones de estabilización en el poder para avanzar y consolidar su autocratización, como lo demuestra el ímpetu por retomar la iniciativa del Estado Comunal a través de las ciudades comunales, sin lo cual, Chávez visionariamente sentenciaba, el proceso no sería sostenible.

El alto costo de la derrota

Desde el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello, hemos venido insistiendo en que el escenario que se presenta para estas elecciones es uno en el que el gobierno va a insistir en su estrategia de incentivar la participación para dar impresión de legitimidad, pero con una alta dispersión del voto gracias a la proliferación de candidaturas –más de 70.000 para 3.082 cargos- y la división de la oposición que ha impedido que se presenten candidatos unitarios, lo que le garantizaría al régimen la mayor cantidad de gobernaciones, alcaldías, asambleas legislativas y concejos municipales.

En este caso, la derrota de “las oposiciones”, como las llama Maduro para resaltar las divisiones y fraccionamientos entre partidos y actores, tendría un costo muy elevado para el G4+, que puede terminar muy debilitado y desaparecer como principal referente de la oposición, objetivo en el que coinciden tanto el gobierno como algunos “opositores”. Esto puede dejar a una mayoría del país que se opone a la continuidad del actual gobierno sin un referente creíble de liderazgo.

Desde una perspectiva distinta, otros analistas piensan que lo importante es determinar si la elección genera una oportunidad y cómo aprovecharla. Si la dispersión del voto es la que puede hacer perder a la oposición, entonces la campaña debe enfocarse en hacer un llamado a la participación en torno a una opción capaz de polarizar la votación. Más allá de cuántas gobernaciones o alcaldías se ganan, lo importante es lograr la percepción de que se avanzó; o, por lo menos, que se detuvo el retroceso. Una tarea que no luce nada fácil si el 22 de noviembre nos encontramos con un mapa de Venezuela teñido de rojo. 

Conclusiones y recomendaciones

A menos de un mes para las elecciones regionales y municipales, las luchas intestinas entre los distintos factores opositores, las condiciones de desconfianza institucional en el Consejo Nacional Electoral, así como la proliferación de candidatos y la consecuente dispersión del voto, le ponen en bandeja de plata al gobierno un triunfo en los próximos comicios.

Una derrota opositora significaría un nuevo fracaso que debilitaría a su dirigencia, más de lo que ya está, lo que traería como consecuencia una aguerrida lucha por el liderazgo después del 21 de noviembre, entre actores muy desgastados y con bajos niveles de credibilidad, lo que abre las puertas para un outsider, o podría dejar a la oposición huérfana y sin iniciativa por un largo período de tiempo, escenario ideal para el régimen de cara al período 2022-2024.

Resulta urgente un reencuadramiento de la narrativa y la estrategia opositora de manera que permita superar la prevalencia de las disputas internas para presentarse como UNIDAD y alternativa real de cambio, y al voto como medio de protesta y castigo al régimen.

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