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Venezuela: La clase media más pobre de Latinoamérica

Tomada de Diario Ahora

Trino Márquez

@trinomarquezc

La contracción de la economía, reflejada en la caída sostenida del PIB desde 2014 -hasta llegar a representar apenas la cuarta parte de lo que era hace una década-, ha reducido de forma drástica el tamaño de las clases medias. Este fenómeno se encuentra muy bien reflejado en el estudio del Banco Mundial “El lento ascenso y la súbita caída de la clase media en América Latina y el Caribe”. En el informe, la clase media venezolana aparece como la más pobre y pequeña de Latinoamérica. 

Para el organismo internacional pueden considerarse de los sectores medios las personas que obtienen un ingreso per cápita diario en el rango comprendido entre $13 y $70.  Como se ve, el  espectro resulta bastante amplio.  De acuerdo con este parámetro,  Chile es el país de la región con la clase media más extensa: 65.44% de sus habitantes se ubican en esta franja. México  muestra 42%. En Venezuela, solo 15.5% de sus habitantes pueden ser colocados en esas capas. Según las cifras de Encovi, el porcentaje sería menor. Solo alcanzaría 10%. Sin embargo, como el Banco Mundial lleva adelante un estudio comparativo entre todas las regiones del continente, hay que realizar el análisis a partir de las cifras proporcionadas por el organismo multilateral.

Según esa investigación, ese segmento de la población era el predominante de la región en 2018, pero la expansión de la pandemia de la covid-19 en 2020, determinó que la clase media en América Latina bajara a 37% del total de los pobladores. En términos absolutos, esto significa que 4,7 millones de personas que se clasificaban en este grupo pasaron a integrar el estrato en estado de vulnerabilidad o pobreza.

Hoy, resulta difícil hablar en Venezuela de clases medias. Aunque me parece que la medida propuesta por el BM es útil como referencia global, prefiero utilizar la expresión no pobre para referirme a esos estratos de la población que pueden cubrir el costo de la canasta básica, que no se hallan en condición de vulnerabilidad, pero que carecen de capacidad de ahorro para adquirir divisas, cambiar o remodelar su vivienda, tomar un seguro de salud privado, comprar un automóvil nuevo, tomarse unas vacaciones anuales dentro o fuera del país o ir con regularidad a un restaurante. Estos sectores no poseen las características de las clases medias de otras naciones, porque los ingresos que perciben solo les permiten traspasar el umbral de la sobrevivencia y los apremios cotidianos.

¿Qué pasó en Venezuela durante los últimos diez años?, que la nación se vio arrastrada a este nivel de miseria que refiere el BM, luego de haber exhibido una de las clases medias más extendidas y robustas de América Latina. No puedo señalar todas, y ni siquiera las razones fundamentales de ese proceso de empobrecimiento tan corrosivo. Muchas de esas causas han sido ampliamente descritas por los economistas, los sociólogos y otros especialistas. Sin embargo, debo insistir en que el socialismo del siglo XXI, el proyecto fundamental de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, se convirtió en una  máquina de destrucción de empleos de calidad, por un lado, y de generación de miseria, por el otro. En el país han cerrado sus puertas decenas de miles de establecimientos industriales y comerciales. Los reportes de Conindustria muestran cómo la planta industrial del país se redujo a la tercera parte de lo que era en 1998. Esos informes han suplido la falta de datos oficiales. La Encuesta Industrial, que debería realizar el Instituto  Nacional de Estadísticas (INE), al menos una vez cada año, hace mucho tiempo que no se levanta, o no se publican sus resultados. Seguramente, esa ausencia de datos se debe a que el gobierno no quiere dibujar la cartografía de ese cementerio en el cual se transformó el parque industrial nacional.

Entre las razones más señaladas por quienes emigran, se encuentra la ausencia de oportunidades para conseguir un empleo que proporcione ingresos adecuados al ritmo desbocado de la inflación. Esta causa resulta particularmente válida para los jóvenes y adultos con un alto grado de formación académica. En las primeras oleadas de la diáspora, la mayor cantidad de  emigrantes portaba algún título profesional o estudio de tercer nivel.  Especialistas  en computación,  médicos, ingenieros mecánicos o electricistas,  diseñadores industriales,  fueron algunos de los profesionales que huyeron en estampida. Eran integrantes de las clases medias depauperadas que salieron en busca de un futuro más prometedor.  Luego, el abanico fue abriéndose hasta incluir a técnicos, obreros calificados y, en general, a gente con alguna habilidad para vender su trabajo y mejorar su calidad de vida. Venezuela se descapitalizó en una medida importante.

La extinción de la clase media se encuentra asociada con la debacle económica, cuyas dos tenazas son el  derrumbe del PIB, acompañado de la clausura de cientos de miles de establecimientos industriales y comerciales;  y la hiperinflación, que trituró el ingreso de los venezolanos.

Si aspiramos a construir de nuevo una sociedad en la cual las clases medias sean otra vez el nervio de la nación, tendremos que recuperar el dinamismo de la economía, con tasas de inflación muy reducidas. Estas metas no pueden lograrse con el modelo socialista o comunitario dominante.

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