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Verse en el espejo de Nicaragua 

Tomada de Artículo 66

José  Ignacio Guédez Yépez

Presidente de la Asociación Causa Democrática Iberoamericana

@chatoguedez

Daniel Ortega se reeligió en Nicaragua por cuarto período consecutivo con el que complementará dos décadas continuas mandando de forma absoluta y tiránica. Pero lo que sorprende no es esto, sino que todavía parte de la comunidad internacional reduce el tema a las condiciones electorales como si la fraudulenta elección fuera la causa y no la consecuencia del problema. En Nicaragua, al igual que en Venezuela, los fraudes a la soberanía popular no se cometen un día específico sino que son continuados, producto de la represión sistemática, el secuestro institucional, el control social, las violaciones constantes de los derechos humanos y la ausencia absoluta de un Estado de derecho. Hablar de elecciones en un contexto así es simplemente ocioso y lo único que logra es minimizar el problema.

La dinámica es realmente cínica, se apacigua la resistencia democrática con la esperanza de una nueva oportunidad electoral para luego denunciar un fraude y volver a comenzar el ciclo como un bucle. Mientras tanto las cárceles siguen llenas de disidentes y el éxodo se mantiene. Tampoco hay recuperación económica porque esta no se puede dar sin libertades, a pesar de la propaganda sobre el paradigma chino. Pero la comunidad internacional esta vez tiene poco que decir, porque varios colaboraron con el mito de que participando en las elecciones locales de 2019 se podía organizar a la población y crear un músculo para derrotar este año a Ortega. Aquellas elecciones que ganó Ortega, como era previsible, solo sirvieron para engrosar la lista de presos políticos y exiliados, dejando al pueblo a total merced del tirano y su consorte, que ahora extienden un periodo más su régimen criminal ante la indiferencia del mundo.

El problema en estos países no es electoral, sino legal y constitucional, toda vez que son Estados fallidos secuestrados por gobiernos de facto que solo responden a la fuerza. En esos países las poblaciones están diezmadas después de décadas de resistencia democrática. Daniel Ortega no ganó este domingo, su victoria la forjó el día que logró apaciguar la disidencia interna y la comunidad internacional a cambio de un puñito de alcaldías. Pero lo triste es que no se volverá a oír hablar de Nicaragua hasta la próxima elección, que también será fraudulenta, abandonada ya por una élite occidental que todavía se debate sobre si en Cuba hay democracia o no. Es la retirada de Occidente, no ya de Afganistán, sino de sí misma, de América Latina. ¿Quién defiende la democracia y los derechos humanos de los pueblos latinoamericanos? ¿Vamos a esperar pasivos a que ocurra lo mismo en Venezuela en 2024?

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